Capitulo Cuatro

1205 Words
Odiarte es la única vía posible entre los dos Calíope Me mantengo erguida mientras le sostengo la mirada con una fortaleza que se esfuma a cada segundo. Su presencia es asfixiante, demasiado pesada como para simplemente mantenerme en pie sin sentir que cada hueso de mi cuerpo cruje. Mi ritmo cardiaco se acelera cuando sus labios se curvan en una sonrisa diabólica que me hace reconsiderar mi existencia en este mundo. —Veo que ya estás más calmada. —Se acerca a mí; lento, como un depredador, provocando que la habitación se quede sin oxígeno. Su voz es una caricia velada que me calienta la piel y me corta la respiración. —Tal vez. —Su mano se cierra con suavidad en mi cintura—. Pero eso no significa que haya accedido a ser su juguete, señor Finnick. —Mi tono es bajo, tímido. Retrocedo saliendo de su agarre—. Lo que mi esposo y usted hayan acordado no tiene nada que ver conmigo, pese a las circunstancias que me mantienen cautiva como su rehén. En su rostro se refleja una expresión que no sé cómo definir: ¿arrogancia? ¿Ofensa? —Supongo que tienes algo de razón en lo que dices; sin embargo, debes permanecer a mi lado y de ti depende que los próximos treinta días los vivas encerrada en esta habitación o disfrutes de todos los privilegios de ser mía. De nuevo se acerca y esta vez me sujeta con mayor firmeza. Mi cuerpo choca con el suyo, pero a diferencia de anoche, esta vez todo en mi interior disfruta del contacto; es como si, al haber entendido lo poco que le importo a Santiago, mi mente se hubiera abierto a más posibilidades, sobre todo cuando esa posibilidad puede ayudarme a destruir al hombre que por años me ha estado destruyendo día a día. Hunde la cabeza en la base de mi cuello y aspira con fuerza, llenándose los pulmones con mi aroma. —Dulce… —susurra apenas audible antes de pasar la lengua por mi piel, causando escalofríos por todo mi cuerpo. Sin darme cuenta, me estremezco y un jadeo entrecortado se escapa de entre mis labios. Mi respiración se vuelve forzosa y, aunque siento un palpitar placentero muy dentro de mí, el miedo a ser violentada por este hombre me embarga. —Quiero tomarte. Quiero escucharte gemir mi nombre. Quiero ver la expresión de tu rostro cuando te corras. —Sus palabras me llenan de terror al tiempo que la excitación me humedece las bragas—. Pero no quiero tomarlo solo porque puedo y tengo derecho. —Hace una pausa a la vez que sus manos ascienden por cada lado de mi cuerpo—. No… quiero que seas tú quien me ofrezca tu cuerpo, quien me suplique placer. —Una de sus manos se cierra en mi barbilla con fuerza, haciendo que mis labios se separen levemente—. Quiero que seas tú quien me implore que te folle hasta que no quede nada dentro de ti y no seas mía solo porque yo lo he decidido, sino porque tú lo deseas. Sus palabras son una ofensa, una muestra de su ego y arrogancia y, sin embargo, puedo sentir cómo la humedad me escurre entre las piernas y mi intimidad palpita ansiosa. No se trata de que Ares me guste o de que esté complacida con este juego enfermo en donde yo soy la ficha de pago, sino de que en toda mi vida solo he sido de un solo hombre y ese hombre jamás me ha dejado realmente satisfecha. Ignoro cómo se siente un orgasmo real y hasta hoy estaba convencida de que la culpa era mía, por no sentir, por no excitarme lo suficiente… y la verdad es que Santiago jamás hizo un esfuerzo real por hacerme sentir deseada. Solo han pasado unas cuantas horas y ha sido suficiente para entender que todo el amor que algún día sentí por Santiago no fue más que una mentira a la que me aferré con todas mis fuerzas. —Jamás oirá esas palabras de mi boca. —La convicción de mis palabras se tambalea ante el hormigueo que me recorre la piel y se adueña de mi sistema nervioso. Sus labios se curvan sobre la piel de mi cuello. Alza la mirada y clava sus ojos amenazantes en los míos. —Soy un jugador experto, Calíope, y nunca me arriesgo en una jugada si no estoy seguro de mi victoria. —Trago saliva, aunque tengo la boca seca. Su seguridad me aterra. —Tienes hasta esta noche para decidir cómo quieres vivir estos treinta días —anuncia apartándose de mí. Me libera y mi piel se queja por la ausencia de su toque. Sin mostrar el más mínimo interés en mi reacción, gira sobre sus talones y vuelve a la puerta. La abre y enseguida diez mujeres entran cargando vestidos dentro de bolsas, estuches de joyas, perfumes y asumo que todo lo que una mujer necesita para verse bien. —Te estaré esperando afuera de esta habitación a las ocho de la noche. Si no sales, sabré cuál ha sido tu decisión. —Sale sin darme tiempo a responder, mientras las mujeres acomodan las cosas que trajeron con suma delicadeza en cualquier superficie disponible. Pese al sonido de las pisadas y el movimiento de un lado al otro, mis tímpanos parecen haberse sumido en un silencio absoluto. Quería decirle que acepto los privilegios que me ofrece a cambio de ser suya, pero a cambio me ayude a vengarme de mi esposo. Pero no me dio oportunidad de hablar… —Al señor le gustó este modelo, pero dijo que usted debía decidir qué vestido usaría esta noche. —Frente a mis ojos, un hermoso vestido de satín color n***o y tirantes muy finos con pedrería. Jamás en mi vida podría pensar en ponerme algo como eso, pero supongo que es momento de que sea otra mujer. La mujer que siempre tuve que ser y que Santiago se ocupó de pavimentar bajo toneladas de humillaciones. —Usaré este —afirmo, aunque mi voz no es muy convincente. La verdad es que ni siquiera yo misma sé qué es lo que estoy haciendo. —De acuerdo, señora. —Se lo entrega a una de las chicas—. ¿Desea cambiarse antes de desayunar o prefiere pasar antes al comedor? Mi estómago gruñe ante la mención de la comida, pero no quiero sentarme a la mesa vestida así. —Quiero asearme antes y ponerme algo más decente… presentable. —Asiente con una sonrisa en los labios y me dice que ella se ocupará de todo mientras yo tomo un relajante baño. Estoy en manos del demonio, soy su prisionera. Debería estar buscando la manera de escapar, de volver a casa, de ir con mi padre; estoy segura de que él no me va a negar su ayuda. Sin embargo, algo me dice que Ares puede ayudarme a causarle mil veces mucho más daño. —Espero no quemarme —musito al tiempo que el agua empieza a caer en forma de lluvia sobre mi cabeza. No voy a rogarle que me haga suya, pero voy a pertenecerle por un propósito.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD