El muchacho de ojos verdes y cabello castaño no demoró mucho en llegar a su casa. Se excusó con sus amigos de forma descarada y se marchó del lugar antes de que la noche comenzara a caer. Solo, en la enorme casa de los Barrenechea, ignoró a su estómago que le reclamaba a gritos por comida, más tarde se encargaría de aquel asunto; ahora tenía algo más importante que hacer. Sin perder tiempo, sacó la carta del bolsillo trasero y la sostuvo en sus manos, al mismo tiempo que corría hacia su cuarto. Una vez dentro, cerró la puerta con su brazo y apoyando la espalda contra ella, no esperó ni un instante antes de abrirla. La emoción y euforia apoderándose nuevamente del temblor en la palma de sus manos, al mismo tiempo que comenzaba a leer. Agosto de 1992. Querido Mario; se que acordamos n

