El Orden Antes del Caos
El tiempo pasa demasiado rápido cuando una decide no mirar atrás.
Ha pasado un año desde que todo ocurrió. Un año entero sin saber nada de él. Del innombrable. Y no, no es falta de recuerdos; es disciplina. Hay nombres que, si se pronuncian, desordenan todo lo que tanto costó construir.
En este año hice lo único que sabía hacer sin romperme: trabajar.
Dravell, mi empresa de diseño, ya no es una apuesta ni un capricho elegante. Está posicionada. Respetada. Buscada. Hoy somos una de las mejores, y no porque el mercado sea amable, sino porque aprendí a ser implacable con cada detalle, empezando por mí.
Artemisa, mi hermana mayor, siempre fue otra historia.
Imponente. Fuerte. Dominante.
Mientras yo levantaba Diseños Dravell desde el silencio, ella sostenía el mundo sin pedir permiso. Vive con Dante desde hace un año y pronto se casa. Artemisa no duda, decide. No espera, avanza. Si alguien en esta familia nació para mandar, fue ella.
Mis padres, en cambio, eligieron el movimiento. Viajan. Viven entre aeropuertos y hoteles, como si el tiempo fuera algo que por fin pueden gastarse sin culpa. No los juzgo. Cada quien sobrevive como puede.
Y luego está Samuel.
Samuel es el asistente y mejor amigo de Artemisa. Siempre lo fue. Organizado, leal, brillante cuando hace falta y peligrosamente observador cuando no.
Con el tiempo —sin pedir permiso— se convirtió también en mi amigo. En mi aliado cotidiano. Vive con migo en el penthouse y tiene la extraña habilidad de leer el ambiente antes de que yo decida hablar. Más ocurrente que nunca, usa el humor como escudo y como bisturí.
Nuestro penthouse es una obra de arte. Líneas limpias, diseño pensado, luz medida. Cada espacio fue elegido, no decorado. Es más que un hogar: es una declaración. Desde aquí, la ciudad parece obediente. Controlable. Una mentira necesaria.
Todo está en su lugar.
Y cuando todo está demasiado en su lugar, siempre pasa algo.
Lo sé.
Siempre pasa.
Salgo de mis pensamientos cuando escucho la voz de Samuel antes de verlo.
—Mi princesa, ¿ya estás lista? —dice, entrando a mi habitación sin pedir permiso, como si el protocolo no aplicara cuando se trata de mí.
—Ya casi —le respondo, cerrando el broche de mi collar frente al espejo.
Samuel alza una ceja con dramatismo calculado.
—Ajá… ¿y en qué pensabas, pequeña Dravell?
Lo miro a través del reflejo. Está apoyado en el marco de la puerta, impecable como siempre, con esa sonrisa que anuncia sarcasmo en segundos.
—En cómo pasa el tiempo —le digo.
Él sonríe.
—Eso suena peligrosamente profundo para esta hora —responde—. ¿Estás segura de que no pensabas en drama, traumas no resueltos o en el innombrable que juraste archivar?
—Samuel.
—Ok, ok, archivo cerrado —dice, haciendo el gesto de sellarse la boca—. Pero conste que yo me preocupo por tu estabilidad emocional. Soy un asistente responsable… y fabuloso.
Tomo mi bolso y salimos juntos.
Samuel es el asistente y mejor amigo de Artemisa. Siempre lo ha sido. Alegre, ocurrente, sarcástico, con ese humor afilado que desarma tensiones sin esfuerzo. Con el tiempo —sin avisar— se convirtió también en mi amigo. En mi aliado.
Caminamos rumbo al penthouse de Artemisa y Dante.
—Vamos tarde —comenta—, lo cual es perfecto. Artemisa odia esperar y Dante finge que no… pero sí.
—¿Y tú?
—Yo disfruto el caos —dice sonriendo—. Especialmente cuando no es mío.
Lo observo de reojo. Hay personas que llegan a tu vida para iluminar la y
Samuel es una de ellas.
El penthouse de Artemisa y Dante nos recibe con una vista que impone silencio. Todo está en su lugar: diseño preciso, lujo sin exageraciones, control absoluto. Exactamente como ella.
—Llegan tarde —dice Artemisa apenas entramos.
Su voz es firme, sin alzarla. No lo necesita.
—No, reina —responde Samuel sin perder el paso—. Llegamos cuando el drama ya estaba perfectamente montado.
Dante aparece a su lado, tranquilo, observándolo todo con una sonrisa discreta.
—Bienvenidas —dice, acercándose para saludar—. Selene.
—Dante.
Artemisa me mira de arriba abajo, como si revisara que el mundo siga en orden.
—En una semana es la boda —anuncia, directa, como si estuviera cerrando un trato millonario.
La frase queda suspendida en el aire.
Samuel se lleva una mano al pecho, teatral.
—Una semana… —repite—. Perfecto. Justo el tiempo necesario para causar estragos controlados.
Artemisa entrecierra los ojos.
—No se te ocurra.
Samuel sonríe. Esa sonrisa peligrosa.
—Mi reina del caos —dice mirándome—, Selene y yo te haremos tu despedida de soltera.
—Samuel… —empieza Artemisa.
—No, no, no —la interrumpe—. No es negociable. Es un deber moral. Histórico. Legendario. Y absolutamente necesario para el equilibrio del universo.
Dante ríe bajo.
—Yo no me meto —dice—. He aprendido a elegir mis batallas.
Me cruzo de brazos, observando a mi hermana.
—Confía —le digo—. Prometemos no destruir nada… importante.
Artemisa me sostiene la mirada unos segundos. Luego sonríe apenas. Lo justo para ser peligrosa.
—Si algo se sale de control —advierte—, ustedes dos responden.
Samuel aplaude una vez.
—Aceptamos los términos. Con estilo.
Los miro y lo sé:
esa boda no va a ser tranquila.
Y la despedida… mucho menos.
Al dia siguiente.
La sala de juntas huele a café recién hecho y a ambición bien vestida.
Pantallas encendidas. Carpetas alineadas. Todo en orden. Exactamente como debe ser cuando se habla de negocios serios. Dravell no improvisa; Dravell dirige.
Entro con paso firme. No necesito anunciarme. Mi presencia lo hace sola.
—Señores —digo—, buenos días.
Algunos asienten. Otros se enderezan en sus asientos. Es un reflejo automático. Me gusta observarlo.
Entonces lo veo.
Mark Dumas.
CEO de Dumas, una de las casas de moda más influyentes del mercado europeo. Traje impecable, porte seguro, mirada entrenada para detectar talento… y poder. No sonríe de inmediato. Me analiza. Inteligente.
—Selene Dravell —dice finalmente, levantándose—. Un gusto, por fin.
—Mark Dumas —respondo, estrechando su mano—. Bienvenido.
El contacto es breve, profesional. Pero su mirada se detiene un segundo más de lo necesario. No es descaro. Es interés real.
Tomamos asiento. La reunión avanza entre cifras, proyecciones y conceptos creativos. Hablo cuando corresponde. No relleno. No adorno. Expongo visión. Estrategia. Dirección.
Mark no me quita los ojos de encima.
—Lo que propone Dravell —dice en un momento— no es solo diseño. Es identidad. Control del mensaje. Poder bien vestido.
Lo miro.
—Exacto —respondo—. La moda no vende ropa. Vende postura.
Una pausa.
—Y usted la tiene muy clara —añade, sin disimular la impresión.
No sonrío. No hace falta.
—La claridad ahorra tiempo —contesto—. Y el tiempo es lo único que no se recupera.
Mark se inclina levemente hacia adelante.
—Debo admitir algo —dice—. Esperaba una gran empresa. No esperaba una líder como usted.
Ahí está. El momento exacto.
—Entonces la reunión está siendo productiva —respondo—. Porque yo tampoco trabajo con expectativas pequeñas.
La junta termina con apretones de mano y promesas formales. Mark se queda atrás unos segundos.
—Espero que esto sea el inicio de algo importante —dice.
Lo miro directo a los ojos.
—Lo importante ya empezó —le digo—. Ahora veremos si está a la altura.
Su sonrisa es lenta. Sincera.
Sí.
Mark Dumas quedó impresionado.
Y yo…
yo tomé nota.
El día siguiente siempre trae consecuencias.
Algunas visibles. Otras… interesantes.
La luz entra por los ventanales del penthouse como si supiera exactamente dónde caer. Todo está en silencio. Demasiado ordenado para mi gusto. Me muevo descalza por el espacio, café en mano, revisando mentalmente la agenda del día.
Reuniones. Correos. Decisiones.
Trabajo.
Mi teléfono vibra sobre la isla de mármol.
Mark Dumas.
No me sorprende. Me intriga.
Buenos días, Selene.
Confío en que descansó bien.
Me preguntaba si tendría espacio hoy para continuar nuestra conversación… fuera de la sala de juntas.
Sonrío apenas. No por coquetería. Por precisión.
Los hombres como Mark no escriben sin calcular.
—Interesante… —murmuro.
—¿Qué cosa? —pregunta Samuel desde atrás, apareciendo con una bata de seda que claramente no es suya y una expresión peligrosamente despierta.
—Nada que no huela a negocio —respondo.
Samuel se asoma por encima de mi hombro sin pudor.
—¿Mark Dumas? —lee—. Oh. Oh.
Levanta la vista lentamente.
—Ese hombre no quiere hablar de proyecciones financieras, mi reina.
—Samuel.
—No me mires así —dice—. Tengo ojo clínico. Y ese mensaje viene con interés premium incluido.
Le doy un sorbo a mi café.
—Sabe reconocer talento.
—Y presencia —añade—. Y poder. Y… —me observa de arriba abajo— todo ese paquete Dravell que intimida y atrae al mismo tiempo.
Tecleo una respuesta breve. Medida.
Tengo una ventana a mediodía.
Treinta minutos.
Samuel aplaude una sola vez.
—Elegante. Letal. Justa.
—Es una reunión —le recuerdo.
—Claro —sonríe—. Y yo soy discreto.
Lo miro.
—No lo eres.
—Pero soy leal —responde—. Y muy divertido.
Camino hacia mi habitación para cambiarme. Mientras elijo el vestido adecuado —no el más llamativo, sino el correcto— una idea se instala con claridad incómoda:
Mark Dumas no apareció por casualidad.
Y yo…
no tengo intención de subestimarlo.
El día apenas empieza.
Y ya promete movimiento.