Al día siguiente. Mayte se negaba a comer, pero Marianela estaba ahí, dispuesta a alimentarla como a un bebé. No dejaba de preocuparse por ella, le dolía verla tan triste. La mujer se desesperó, tomó el plato y la cuchara, llevó un bocado a la boca de su hija. Mayte la mirò incrédula, sonriò, y comió ese trozo de comida. —¿Me alimentarás como un bebé? —exclamó confusa. —Si es necesario, lo haré, porque si algo malo te pasa, moriré. Te tengo de vuelta, ¿entiendes lo maravilloso que es? Eres mi milagro, Mayte —dijo con los ojos llorosos. Mayte se apuró a detener una lágrima con sus dedos, sonriò, pero incluso esa sonrisa era triste. —Mamá, tú también eres mi milagro. Marianela, sonriò, observó a Mayte tomar la cuchara y seguir comiendo por su cuenta. Observaron llegar a Elio con el

