Mayte fue a su habitación, estaba tan triste, no dormía en la misma habitación que Saúl. En ese momento comprendió sus errores. «Nunca debí casarme, he dañado a un buen hombre por nada, pobre Saúl, no merecía a una esposa tan mala como yo», pensó. Mayte se quedó dormida, pero unas horas después, fue despertada por esas manos que se aferraban a abrazarla. Se asustó horrible, pero vio a Saúl en las penumbras. —No quiero perderte, perdóname —dijo sollozando. Mayte lo abrazó a su cuerpo. —Saúl… lo siento tanto, no quiero herirte, pero la verdad, sabes que estamos mal, sabes que no te merezco, tú mereces a alguien mejor que yo… —¡No! Yo te quiero a ti, solo a ti, Mayte, no me dejes. —Saúl, ¿por qué quieres a una esposa que no puede ser tuya? Que no te complace, ni te hace feliz, te am

