Prefacio.
La nostalgia inevitablemente me golpea, mientras espero por una nueva misión por parte de mis captores.
A no ha dicho ni una sola palabra en un largo período de tiempo y eso empieza a ser preocupante.
Sin embargo, lo único que puedo hacer es esperar.
Recuesto mi espalda en la pared, abrazando mis rodillas contra mi pecho, deseando ser lo suficientemente pequeña para escabullirme por las grietas del suelo y escapar de este lugar.
Cierro los ojos e imagino la luz del sol.
No como se siente. Sólo como se ve...
Casi cegándote cuando la miras directamente, pero al mismo tiempo tan revitalizante, alejando las tinieblas que amenazan con derrumbarte.
«Desearía escuchar la voz de otra persona», pienso. «Desearía dejar de sentirme al borde de la locura».
Como sí leyera mi mente, el sonido de crepiteo inunda la habitación, haciendo que me tense como ya es habitual, preparándome para escuchar la siguiente directriz.
—Está lloviendo —dice A. La voz distorcionada por el micrófono ya se siente demasiado familiar para mí.
Frunzo el ceño ante el pequeño deje de anhelo que se filtra en su voz y me pregunto sí también se encuentra hastiado de este lugar.
Casi se siente como un amigo.
Casi.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto cautelosa.
—Lo veo justo fuera de mi ventana, Dinna.
Un destello de envidia se instala en mí, ante esa nueva información.
Miro las paredes, deseando tener siquiera una pequeña ventana y ver la lluvia caer. En momentos como este, es muy difícil aferrarse a la esperanza de salir de este lugar.
Esperanza que se siente tan escurridiza como agua entre los dedos.
Estoy enloqueciendo, estoy enloqueciendo. ESTOY ENLOQUECIENDO.
Es curioso como damos por sentado las cosas y sólo las apreciamos cuando ya no las tenemos.
El silencio se instala de nuevo, pero el pitido que emite la puerta al abrirse, hace que me sobresalte.
Ya he terminado mi ultima historia. Se supone que ahora solo debo esperar a que vengan a sacarme de este maldito lugar.
Por lo menos, aquello era lo que había dicho Lucifer.
«Escribe. O morirás. Solo saldrás de aquí cuando saldes todas tus deudas», su voz de barítono
resuena en mi mente como
una plegaria. Como un cántico. Como una promesa.
—Es momento de escribir el capítulo final —dice la voz, sacándome de mis pensamientos.
—¿Sobre quién? Ya he terminado con mis libros —salto a la defensiva, mi irritación mezclándose con la confusión de aquel planteamiento.
Pero por respuesta, lo único que obtengo es el sonido de pasos acercándose.
Pasos pesados y perezosos.
Familiares.
Me levanto de un salto cuando unas piernas enfundadas en un par de vaqueros oscuros gastados aparecen en mi campo de visión, tomándome desprevenida.
Mi mirada viaja a lo largo de las musculosas piernas dirigiendo mi observación a través de un visiblemente trabajado abdomen y pecho cubierto por una ajustada camiseta blanca.
Cuando termino mi inspección y llego al rostro, jadeo por la sorpresa.
Él está aquí.
Finalmente me ha encontrado.