El hombre permanecía imperturbable mientras los gritos de la joven llenaban la habitación. Sus ojos, fríos y despiadados, se clavaban en ella sin parpadear, enviando escalofríos por su espalda. Aunque solo pasaron unos segundos, para ella se sintió como una eternidad.
—¿Quién eres? —preguntó Maya, su voz temblorosa por la confusión y el pánico.
Fue entonces cuando se percató de su desnudez. Sus manos se alzaron instintivamente hacia su cuello, asegurándose de que al menos no había sido marcada.
—Creo que debería ser yo quien te pregunte quién eres —respondió el hombre con voz gélida.
Sus ojos azules recorrieron lentamente su cuerpo, evaluándola con una expresión inescrutable. Maya sintió cómo la temperatura de la habitación descendía, como si su sola presencia pudiera robarle el calor al ambiente.
—No, debería ser yo —insistió ella, luchando por mantener la calma.
—Estás en mi habitación. Estás desnuda. Y estás en mi cama.
Las manos de Maya se retorcían con ansiedad mientras su mente intentaba reconstruir los eventos de la noche anterior. La habitación era un completo desastre. Una toalla colgaba descuidadamente de la barandilla de la ventana, el vestido que Lisa le prestó yacía arrugado al pie de la cama, mientras que su sujetador y pantalones estaban desperdigados en el extremo opuesto del cuarto. La cama en sí parecía haber soportado una tormenta.
—Mi nombre es Liam —murmuró el hombre, como si su pregunta le resultara absurda—. ¿Y tú?
Mientras hablaba, sus dedos se alargaron sutilmente, afilándose como garras. Chasqueó los nudillos con indiferencia, en un gesto que hizo que Maya retrocediera un paso, su respiración entrecortada por el miedo.
—Mi nombre es Maya —respondió con voz ahogada, su mirada clavada en sus manos—. Esta es mi habitación. Anoche estaba en el bar, me emborraché y vine a dormir aquí.
—Mientes —espetó Liam de repente, su tono afilado como una navaja.
Maya se estremeció.
—No estoy mintiendo —insistió—. Te mostraré mi tarjeta de acceso para demostrarlo.
Él pareció considerar la idea durante unos segundos antes de soltarla. Sin perder tiempo, Maya comenzó a buscar frenéticamente la tarjeta por la habitación, sintiéndose observada con cada movimiento.
Cuando finalmente la encontró, arrugada y tirada en un rincón, la tomó con entusiasmo y se acercó a Liam para mostrársela. Su mirada pasó de su rostro a la tarjeta, y en ese instante, Maya no pudo evitar fijarse en él. La luz del sol de la mañana resaltaba la estructura afilada de su rostro, volviéndolo aún más atractivo, aunque su expresión seguía siendo gélida y carente de emoción.
—¿Es esto algún tipo de broma? —preguntó Liam, observando la tarjeta como si fuera lo más ridículo que había visto en su vida.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Maya, sintiendo un nudo en el estómago ante su tono de voz.
—Esta es la habitación 565 —anunció él con una calma escalofriante—. Y esta tarjeta de acceso dice 556.
—¿Qué? —jadeó Maya, sintiendo que la sangre se le helaba.
Miró la tarjeta, con la esperanza de que él estuviera equivocado. Pero ahí estaba, el número claramente impreso en el plástico.
—No puede ser —murmuró, su mente negándose a aceptar la situación.
Dio unos pasos hacia la puerta, determinada a comprobar el número de la habitación, pero la voz de Liam la detuvo.
—¿Y adónde crees que vas?
—A comprobar el número de la puerta —contestó sin mirarlo, esperando fervientemente que él estuviera equivocado.
—Estás desnuda, tonta —se burló él con frialdad.
Maya bajó la mirada y, con horror, recordó su estado. En medio del caos, había olvidado por completo que no llevaba nada puesto. Con un jadeo, corrió a la cama, se envolvió en la manta y se apresuró hacia la puerta. Pero al llegar allí, su rostro se descompuso.
—¡Dios mío! —susurró, sintiendo cómo la vergüenza la consumía.
Dio media vuelta y regresó lentamente al centro de la habitación, deseando que la tierra se abriera y la tragara.
—Yo soy la intrusa —dijo con frialdad, como si la hubiera atrapado con las manos en la masa y mentir no tuviera sentido.
Maya tragó saliva, sintiendo el miedo apoderarse de su cuerpo.
—¿Quién te envió? ¿Carlos? ¿Amara? —el hombre enumeró los nombres con una voz gélida.
Ella tartamudeó, intentando explicar la situación.
—No conozco a esas personas —balbuceó, suplicante—. Prometo que esto no es una trampa.
Su respiración era entrecortada mientras las palabras salían atropelladamente de su boca.
—Vine aquí con mi hermana porque era mi cumpleaños. Sorprendí a mi novio en la cama con alguien y necesitaba una bebida. Pero después de solo una, comencé a sentirme mareada y acalorada, así que vine a mi habitación a dormir.
Su voz se apagó cuando los recuerdos de la noche anterior invadieron su mente. Su corazón latía con fuerza dentro de su pecho.
Ayer había sido el día en que se suponía que tendría sexo con Ethan por primera vez. Había decidido esperar hasta cumplir los 18 años. Pero lo encontró con otra persona. Ni siquiera vio su rostro.
Las lágrimas amenazaban con nublarle la vista, pero se obligó a continuar.
—No usaría mi virginidad para seducirte —sollozó, mirándolo a los ojos—. Es solo un malentendido…
Su voz se redujo a un susurro.
Liam alzó la mano hacia su rostro y la sujetó con fuerza. Maya se estremeció, cerrando los ojos, intentando controlar su respiración. Pero de repente, su agarre se suavizó, su cuerpo se relajó.
Maya abrió los ojos y vio cómo una lágrima rodaba por su mejilla, cayendo suavemente sobre la mano de Liam. Él la miró en silencio antes de dar un paso atrás.
Se giró, dándole la espalda.
—Deberías irte —dijo con un tono mucho más suave—. No olvides la tarjeta de acceso.
Maya se quedó inmóvil, sorprendida por el cambio repentino en su voz. Asintió rápidamente y se vistió a toda prisa. Sin mirar atrás, salió tambaleándose del cuarto, con la esperanza de llegar a su verdadera habitación y llamar a Lisa para avisarle que estaba en problemas.
Apenas había dado unos pasos cuando escuchó voces familiares llamándola por su nombre.
—¡Maya!
El sonido de su nombre, pronunciado al unísono por Lisa y Ethan, la hizo detenerse en seco.
—¿Lisa? ¿Ethan? —preguntó, desconcertada.
Lisa la miraba con una expresión fría y cortante, una que jamás había visto en su rostro antes.
—¿Qué estás haciendo aquí? —su voz era dura y carente de emoción.
—¿Qué…? —tartamudeó Maya, pero Lisa la interrumpió antes de que pudiera responder.
—¿Qué estabas haciendo en una habitación de hotel?
—Sí, ¿qué estabas haciendo? —Ethan disparó la pregunta como si ambos hubieran ensayado la confrontación.
El corazón de Maya latía con fuerza, confundida por la agresividad en sus voces.
—¿Tuviste sexo con otro hombre? —espetó Lisa.
Ethan la miró con desprecio.
—Obviamente lo hizo. Mira qué cansados están sus ojos y qué desordenado tiene el cabello. ¿Cómo puedes hacerme esto a mí? A tu novio, que te ama tanto.
Maya se quedó sin palabras.
—¿Cómo pudiste traicionar a Ethan de esta manera, hermana pequeña? —continuó Lisa, su voz alzándose lo suficiente para llamar la atención de los huéspedes cercanos.
Por el rabillo del ojo, Maya vio cómo la puerta de la habitación 556 se abría y un viejo gordo salía de ella. Lo reconoció de inmediato.
Siempre le había dicho que le gustaba, pero ella nunca lo había considerado una opción.
Y en ese instante, todo hizo clic en su mente.
Todas las señales que había ignorado, los detalles que había empujado al fondo de su memoria, resurgieron con una claridad desgarradora.
Lisa.
La forma en que la instó a beber la noche anterior, la insistencia con la que prácticamente le había metido aquel líquido asqueroso en la boca…
Todo había sido ella.
Maya sintió que su respiración se detenía.
—Eres tú —susurró, sin poder creerlo.
Lisa continuó su arrebato sin darse cuenta de que Maya la estaba viendo con nuevos ojos.
—Te amaba, te protegía… —gritó, agitando frenéticamente las manos para enfatizar lo mucho que Ethan la quería.
Y fue entonces cuando Maya lo vio.
El reloj de pulsera.
El mismo que había visto en la muñeca de la chica con la que Ethan la había engañado.
El mismo que Lisa había asegurado haber tirado.
Ahora brillaba con descaro en la muñeca de su hermana.
Maya sintió una punzada helada recorrerle el cuerpo.
Lisa había estado detrás de todo.
La traición le golpeó con fuerza, dejándola sin aliento.
—¿Cómo pudiste hacerme esto? —preguntó Ethan, fingiendo sollozar.
Maya lo miró, aún aturdida.
—¿Hacer qué? —susurró, incapaz de procesar lo que estaba sucediendo.
Todo su mundo se estaba derrumbando de nuevo.
Primero Ethan. Ahora Lisa.
Un solo día había sido suficiente para destruir todo lo que conocía.