Capítulo 1: El Regreso de la Reina
El Aeropuerto Internacional de la ciudad nunca se había sentido tan pequeño. Cuando las puertas automáticas de la terminal de vuelos privados se deslizaron, el aire acondicionado no fue lo único que refrescó el ambiente; fue la presencia de ella. Elena Valery no caminaba, desfilaba. Sus tacones de aguja de diseñador golpeaban el suelo de mármol con una cadencia militar, rítmica y autoritaria. Llevaba un traje sastre de seda color crema que abrazaba sus curvas con una elegancia peligrosa, y unas gafas de sol oscuras que ocultaban unos ojos que ya habían visto demasiado mundo.
A sus veintiocho años, Elena no era la niña invisible que se escondía tras los libros en la secundaria. Ahora era la "Tiburón de las Cortes", una abogada de renombre internacional que había destrozado imperios financieros en Europa. Pero hoy, no venía a litigar por dinero. Venía por un hombre.
—¡Elena! ¡Hija mía! —La voz de Ricardo Valery tembló mientras extendía los brazos. A su lado, la tía Marta se secaba las lágrimas con un pañuelo de encaje.
Elena se quitó las gafas, revelando una mirada de fuego. Abrazó a su padre con fuerza, aspirando el aroma a casa que tanto había extrañado.
—Estás hermosa, mi niña... pareces una reina —susurró Marta, acariciándole el cabello—. Pero, Elena... ¿estás segura de lo que vas a hacer? No has dormido en tres días revisando esos contratos.
Elena se separó y miró a su tía con una determinación que helaría la sangre de cualquier oponente legal.
—Tía, no crucé el océano para tomar café. Ese hombre es mío. Siempre lo fue, incluso cuando él no lo sabía. Y no voy a permitir que se pudra en una habitación solo porque una víbora lo dejó tirado.
—Pero Ethan ya no es el capitán que recuerdas, Elena —advirtió Ricardo, su voz cargada de una preocupación genuina—. Los informes dicen que es un hombre amargo, que ha perdido el deseo de vivir. Se ha convertido en un monstruo que aleja a todo el mundo.
Elena sonrió, una sonrisa lenta y provocadora que no auguraba nada bueno para los que se interpusieran en su camino.
—Me encantan los monstruos, papá. Son mucho más divertidos de domesticar que los príncipes azules. Vamos, el coche nos espera. Tenemos una cita en la Torre Blackwood.
La Torre de los Blackwood: Una Negociación de Sangre
El despacho de Arthur Blackwood olía a tabaco caro y a desesperación silenciosa. Cuando Elena entró, sin llamar, la madre de Ethan, Eleonora, se puso de pie de un salto.
—Elena... has vuelto —dijo Eleonora, con la voz quebrada—. Recibimos tu propuesta, pero... ¿por qué? ¿Por qué querrías casarte con mi hijo en el estado en que se encuentra?
Elena se sentó en la silla frente a Arthur, cruzando sus largas piernas con una elegancia que gritaba poder. Abrió un maletín de cuero y lanzó un fajo de documentos sobre la mesa.
—Vayamos al grano —dijo Elena, ignorando las cortesías—. Sé que la empresa está perdiendo valor desde el accidente. Sé que los inversores están nerviosos porque el heredero está fuera de combate. Y sé que Ethan se niega a la cirugía experimental que podría salvarle la vida.
Arthur suspiró, pareciendo diez años mayor.
—Él ha perdido la fe, Elena. No quiere que nadie lo toque. Se cree menos hombre por estar en esa silla.
—Yo no lo creo —respondió ella con firmeza—. Escuchen bien: yo me casaré con él. Le daré a la empresa la estabilidad legal y la imagen pública que necesita. A cambio, quiero el control total de su rehabilitación y el poder de tomar decisiones médicas por él si es necesario.
—Es una oferta generosa, pero Ethan nunca aceptará —dijo Eleonora.
Elena se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con una intensidad depredadora.
—No le pregunten. Hagan que el consejo de administración le ponga un ultimátum: o se casa para salvar el legado familiar, o perderá su derecho a la presidencia. Amenacen con lo que más le duele: su orgullo militar. Él es un capitán; no soportará ser destituido por "incapacidad".
Arthur miró a su esposa y luego a la joven mujer frente a él. Elena no estaba pidiendo permiso, estaba dictando los términos de una rendición.
—Eres peligrosa, Elena Valery —dijo Arthur con un rastro de admiración.
—Soy la mujer que va a poner a su hijo de pie, aunque tenga que arrastrarlo al altar —sentenció ella, levantándose—. Preparen los papeles. Tendremos una boda antes de que termine el mes.
Salió del despacho con una chispa de triunfo. Su capitán estaba a punto de ser capturado, y ella no pensaba darle tregua.
La Mansión Blackwood: El León Herido
Mientras tanto, en el ala norte de la mansión, el ambiente era asfixiante. La habitación estaba sumida en una penumbra artificial, con las cortinas cerradas para bloquear la luz del sol que Ethan tanto odiaba.
En el suelo, cerca de su silla de ruedas volcada, Ethan Blackwood luchaba. Sus hombros, aún anchos y poderosos gracias a su entrenamiento militar, se tensaban mientras intentaba usar la fuerza de sus brazos para levantarse y alcanzar la cama. El sudor le empapaba la camiseta gris, y su rostro, que alguna vez fue el más codiciado de la ciudad, estaba oculto tras una barba espesa y descuidada. Sus ojos azules, antes claros como el cielo, eran ahora dos pozos de ceniza.
—¡Maldita sea! —rugió, su voz áspera por el desuso—. ¡Levántate! ¡Cuerpo inútil, levántate!
Sus manos resbalaron en el suelo pulido y cayó de nuevo, golpeándose el rostro. La frustración estalló en sus pulmones en un grito visceral que hizo eco en los pasillos.
La puerta se abrió de golpe. Isabella, su hermana, entró corriendo, seguida de cerca por su marido, Marco.
—¡Ethan! ¡Por Dios, déjanos ayudarte! —gritó Isabella, intentando tomarlo por los brazos.
—¡No me toques! —le gritó Ethan, con los dientes apretados—. ¡Lárguense! No quiero que nadie me vea así. ¡Fuera de mi vista!
Su furia era como una barrera física. Isabella retrocedió, con lágrimas en los ojos, acostumbrada pero herida por la crueldad de su hermano. Marco solo negó con la cabeza, frustrado.
En ese momento, una pequeña figura apareció en el umbral. Era Mía, la sobrina de cinco años de Ethan. La niña caminó hasta quedar frente a él, con sus manos en las caderas y una expresión de seriedad absoluta.
—Tío Ethan, no tienes derecho de tratar a mi mami así —dijo con voz clara—. Eres grosero porque estás triste, pero las princesas dicen que los valientes no gritan a las mujeres.
Ethan se quedó helado. Miró a la pequeña, que no le tenía miedo a pesar de su aspecto de náufrago. La ira se evaporó de su rostro, dejando solo una vergüenza amarga. Miró a Isabella y asintió levemente, un gesto mudo de disculpa que ella aceptó con un suspiro. Marco ayudó a Ethan a subir de nuevo a la silla, aunque él mantuvo la mirada fija en el suelo.
—Vimos las noticias, Ethan —dijo Isabella, tratando de suavizar el ambiente—. Elena Valery ha vuelto al país. El aeropuerto era un caos por ella.
Ethan frunció el ceño, hurgando en los rincones polvorientos de su memoria.
—¿Elena Valery? ¿Y esa quién es? ¿Otra abogada que viene a intentar cobrar los seguros del accidente?
Isabella soltó una pequeña risa.
—Era tu compañera en la secundaria, Ethan. La que siempre te ayudaba con las tareas de matemáticas y te miraba como si fueras un dios griego.
Ethan hizo una mueca de desdén.
—Ah, ya me acuerdo. La nerd de gafas grandes y libros de leyes. No me interesa. Seguramente viene a restregar su éxito en la cara de los que caímos.
—Pues la "nerd" se ha convertido en una mujer espectacular, Ethan —continuó Isabella—. En las noticias se veía increíble. Es hermosa, decidida...
—Y nerd también, seguramente —la cortó él—. La belleza se acaba, el aburrimiento de una abogada dura para siempre. No quiero verla, no quiero que me use para sus causas de caridad.
Mía, que estaba jugando con un mechón de su cabello, miró a su tío con ojos brillantes.
—Tío, yo quiero que esa señora Elena sea mi tía. Papá dice que es muy valiente y en la tele parecía una princesa de verdad.
Ethan soltó una risa seca y carente de alegría. Acarició la cabeza de su sobrina con un rastro de ternura que solo ella lograba sacarle.
—Primero muerto antes de cumplir ese capricho, pequeña. Las princesas no se casan con soldados rotos.
Un Sueño de Encaje y una Pesadilla de Realidad
Esa noche, en el hotel de lujo donde se hospedaba Elena, el ambiente era radicalmente opuesto. La suite estaba inundada de catálogos y tres maniquíes que portaban vestidos de novia que costarían el salario de un año de cualquier persona común.
Elena pasaba las manos por el encaje francés de uno de los vestidos, sus ojos brillando con una mezcla de ambición y nostalgia. No estaba buscando el vestido más bonito; estaba buscando la armadura perfecta para su boda.
—Se ve tan feliz, Marta... me da miedo —susurró Ricardo a su hermana mientras observaban a Elena desde la puerta de la suite.
—Lo sé —respondió Marta—. Ella cree que puede salvarlo con pura voluntad. Pero Ethan ya no es el chico que la defendía en el patio del recreo. He oído cosas, Ricardo... dicen que ya no queda nada del capitán que era. Solo queda un hombre amargado que odia el mundo.
Ricardo asintió, su rostro lleno de sombras.
—Él no solo está postrado, está hundido en un pozo. Y temo que cuando Elena intente sacarlo, él termine arrastrándola a ella también.
Elena se giró, escuchando los susurros. Se acercó a su padre y le tomó las manos. Estaban frías, pero su mirada era puro fuego.
—No se preocupen por mí —dijo con una voz que no admitía réplicas—. Sé exactamente en lo que me estoy metiendo. Ethan cree que está muerto, pero yo voy a recordarle lo que significa estar vivo. Y si para hacerlo tengo que ser la villana de su historia por un tiempo, que así sea.
Miró de nuevo el vestido blanco. En su mente, ya no veía la tela; veía la imagen de Ethan, su capitán, volviendo a mirarla con el respeto y el deseo que ella había esperado durante más de una década. La guerra apenas comenzaba, y ella ya había decidido que la victoria era la única opción.