Capítulo 8: El Guardián de Sombras

1226 Words
La mañana después del beso que lo había dejado con los nervios a flor de piel, Ethan se despertó con una sensación extraña. Ya no era solo el aroma de Elena lo que flotaba en el aire, sino un sonido rítmico, un golpeteo sordo contra el suelo de madera del pasillo. Tac, tac, tac. —¿Qué demonios es eso ahora? —gruñó Ethan para sí mismo, impulsando su silla hacia la puerta. Al abrirla, se quedó paralizado. En medio del pasillo, bloqueando el camino con su imponente presencia, se encontraba una bestia. No era un perro faldero, ni un labrador juguetón. Era un ejemplar magnífico de Pastor Alemán de línea de trabajo, pero tan grande y robusto que parecía más un lobo gris que un canino doméstico. Tenía el pelaje denso, una mirada inteligente de color ámbar y una cicatriz pequeña sobre la oreja izquierda que le daba un aire veterano. —Se llama "Ares" —la voz de Elena llegó desde el final del pasillo. Ella caminaba hacia él con una correa de cuero en la mano, luciendo impecable en un conjunto deportivo de seda que dejaba ver sus hombros—. Es un perro de asistencia entrenado específicamente para veteranos. Ethan miró al animal y luego a Elena, sintiendo que una nueva oleada de indignación subía por su garganta. —Lévatelo, Elena. No soy un ciego, no necesito un lazarillo para que me diga dónde está el baño —escupió él, tratando de pasar con la silla, pero el perro no se movió; simplemente se sentó, observándolo con una calma sobrenatural—. Y mucho menos necesito un lobo en mi casa. —Ares no es un lazarillo, Ethan. Es un perro de movilidad y apoyo emocional. Está entrenado para ayudarte a recuperar el equilibrio, para abrir puertas y, sobre todo, para recordarte que todavía eres responsable de otra vida que no sea la tuya —respondió ella, acercándose y dejando la correa sobre el regazo de Ethan—. No te lo regalo porque seas débil, sino porque Ares necesita un líder. Ha servido en misiones de búsqueda y rescate, y ahora está "jubilado". Está igual de roto que tú, Capitán. —¿Roto? —Ethan miró al perro de nuevo. Ares inclinó la cabeza y dejó escapar un soplido, como si estuviera juzgando la terquedad del hombre—. No quiero esta carga. Llévalo a un refugio. —¡Tío Ethan! ¡Mira el lobo! —el grito de Mía interrumpió la pelea. La pequeña apareció corriendo y, antes de que Elena pudiera advertirle que tuviera cuidado, se lanzó sobre el cuello del enorme animal. Ethan contuvo el aliento. Un perro de ese tamaño y entrenamiento podría reaccionar mal ante un movimiento tan brusco. Pero Ares, con una paciencia infinita, simplemente lamió la mejilla de la niña y movió su cola pesada, golpeando la silla de ruedas de Ethan. —Es muy suave, tío. Mira, tiene ojos como los tuyos cuando estás enojado —dijo Mía, riendo mientras enterraba sus manos en el pelaje del animal. Durante los siguientes treinta minutos, Ethan observó desde la puerta cómo Elena y Mía jugaban con el perro. Vio cómo Ares seguía a la niña con una protección instintiva, pero sus ojos ámbar siempre volvían a Ethan, como si estuviera esperando una orden que el Capitán se negaba a dar. —El perro tiene que salir a correr, Ethan —dijo Elena, secándose una gota de sudor de la frente—. Y Mía quiere ir al jardín trasero, pero Isabella está ocupada con los preparativos de la cena. Yo tengo una reunión legal en diez minutos. —¿Y qué quieres que haga yo? —preguntó Ethan, sospechando la trampa. —Llévalos tú. Ares sabe caminar al ritmo de la silla. Solo tienes que sostener la correa. Si algo pasa, él te protegerá a ti y a la niña. Es una misión simple, Capitán. ¿O es que el patio de tu propia casa es un territorio demasiado hostil para ti? La provocación de Elena fue el empujón final. Ethan tomó la correa con un gruñido. —Solo para que la niña no salga sola. Nada más. Salir al jardín fue un choque para los sentidos de Ethan. Hacía meses que no sentía el sol directo en su piel ni el olor a hierba cortada. La mansión Blackwood tenía hectáreas de jardines diseñados con una perfección geométrica, pero para Ethan, ese espacio se había convertido en una frontera prohibida. Ares caminaba exactamente al lado de la rueda izquierda, manteniendo una tensión perfecta en la correa. No tiraba, no se alejaba. Era un soldado escoltando a su oficial. Mía corría delante de ellos, recogiendo margaritas y gritando de alegría. —¡Tío, ven a ver las fuentes! —gritaba la niña. Ethan impulsaba su silla con fuerza. Sus brazos ardían por el esfuerzo, pero la presencia de Ares a su lado le daba una extraña sensación de estabilidad. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía como un objeto siendo empujado, sino como alguien que se movía por su propia voluntad. Se detuvieron cerca de un gran roble. Mía se sentó a jugar con sus flores y Ares se echó a los pies de Ethan, apoyando su enorme cabeza sobre la rodilla inerte del hombre. Ethan se tensó al principio, pero luego, casi sin darse cuenta, dejó caer su mano sobre la cabeza del perro. El pelaje era áspero y cálido. —Así que tú también estás jubilado, ¿eh? —susurró Ethan, sintiendo un nudo en la garganta—. Te quitaron tu propósito y te mandaron a cuidar a un despojo como yo. Ares soltó un gruñido bajo, un sonido que parecía una respuesta, y lamió la mano de Ethan. En ese momento, Ethan no vio a un perro de asistencia; vio un espejo de su propia alma. Alguien que servía, alguien que protegía, alguien que ahora solo buscaba un lugar donde pertenecer. Desde el balcón de la biblioteca, Elena observaba la escena. Tenía el teléfono en la oreja, pero no estaba escuchando a sus socios legales. Sus ojos estaban fijos en el hombre y el animal bajo el roble. Vio cómo Ethan, por primera vez, sonreía de lado mientras Ares intentaba atrapar una mariposa. —Lo estás logrando, Elena —se dijo a sí misma—. Solo necesitaba un guardián que le recordara que todavía tiene algo que proteger. Sin embargo, la paz era frágil. Elena sabía que la noche siguiente sería la prueba de fuego: la cena de ensayo. La sociedad de la ciudad, los socios de la empresa y, sobre todo, los buitres que esperaban la caída de los Blackwood estarían allí. Tendría que preparar a Ethan para enfrentar no solo sus miedos, sino las lenguas bífidas de aquellos que ya lo habían dado por muerto. —Disfruta el sol, mi capitán —murmuró Elena, apartándose de la ventana—. Porque mañana, entramos en el nido de serpientes. Ethan, ajeno a los pensamientos de su prometida, cerró los ojos y respiró el aire puro. Ares seguía allí, firme, como un ancla en medio de la tormenta. Por primera vez en mucho tiempo, Ethan no deseó estar muerto. Deseó ser el hombre que ese perro, y esa mujer de ojos de fuego, creían que podía volver a ser.
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