Capítulo 6: El Rostro del Capitán

1422 Words
El aire en la habitación de Ethan seguía siendo pesado, pero algo había cambiado desde que Elena comenzó su invasión. Ya no olía a rancio y a olvido; ahora, el aroma a jazmín y sándalo de la mujer se filtraba por las rendijas de su armadura de amargura. Esa mañana, Elena no entró con abogados ni con modistas. Entró con una bandeja de plata, una toalla de algodón egipcio y un juego de navajas de barbero tradicionales. No llevaba seda ni colores brillantes; vestía una camisa blanca de hombre, ligeramente desabrochada, y unos pantalones ajustados. Se veía natural, pero su presencia era más dominante que nunca. —¿Qué crees que estás haciendo ahora, Valery? —gruñó Ethan desde su rincón, protegiendo su barba como si fuera su último escudo de dignidad. —Lo que tú no tienes el valor de hacer, Ethan —respondió ella, dejando la bandeja sobre la mesa de mármol. El sonido del metal contra la piedra resonó como un disparo—. Hoy vamos a encontrar al Capitán Blackwood. Me niego a casarme con un hombre que parece haber salido de una isla desierta. —No me voy a afeitar. Me gusta así. Me oculta —escupitajo él, girando su silla para darle la espalda. Elena no se detuvo. Caminó hacia él y, con una fuerza que Ethan no esperaba, bloqueó las ruedas de la silla. Se colocó frente a él, obligándolo a mirarla. —Te oculta de ti mismo, Ethan. Te da miedo mirarte al espejo y ver que el hombre que sobrevivió a la guerra sigue ahí. Pero hoy, no tienes elección. Soy tu prometida legal, y este es mi primer mandato —Elena tomó un tazón con agua caliente y empezó a batir la espuma de afeitar, el sonido del cepillo contra la cerámica era rítmico, casi hipnótico—. Siéntate derecho, Capitán. Es una orden. Ethan apretó los dientes, pero el tono de Elena, esa mezcla de autoridad militar y dulzura femenina, lo hizo ceder. Ella se acercó, sentándose en un taburete bajo justo entre sus piernas inmóviles. La cercanía era abrumadora. Ethan podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y ver el latido del pulso en su cuello. Elena tomó una toalla caliente y la colocó con cuidado sobre el rostro de Ethan. El vapor empezó a ablandar no solo el vello grueso de su barba, sino también la rigidez de sus facciones. —Está muy caliente —protestó él, aunque el calor se sentía extrañamente reconfortante. —Shh... deja de pelear por un segundo, Ethan —susurró ella, sus dedos rozando sus sienes mientras ajustaba la toalla—. Relájate. No voy a degollarte... todavía. Pasaron unos minutos en silencio, un silencio que ya no era incómodo, sino cargado de una tensión eléctrica. Cuando Elena retiró la toalla, aplicó la espuma con movimientos circulares y suaves. Sus dedos se deslizaban por la mandíbula de Ethan, por sus mejillas curtidas por el sol de las misiones, y él no pudo evitar cerrar los ojos. Hacía años que nadie lo tocaba con esa mezcla de firmeza y ternura. Elena no lo tocaba como a un inválido; lo tocaba como a un hombre. Elena tomó la navaja. El acero brilló bajo la luz de la lámpara. Con una mano firme, levantó el mentón de Ethan. —No te muevas —advirtió ella, su rostro a centímetros del suyo. El primer rasguño de la navaja reveló una franja de piel pálida y suave. Elena trabajaba con la precisión de un cirujano. Cada pasada de la cuchilla eliminaba capas de abandono. Ethan se mantenía rígido, su respiración entrecortada. Podía sentir el roce de los pechos de Elena contra sus rodillas mientras ella se inclinaba para alcanzar los ángulos de su cuello. El deseo, ese fuego que él creía extinto, empezó a subirle por la columna, recordándole que, aunque sus piernas no respondieran, su sangre seguía siendo la de un hombre joven y hambriento. —¿Por qué haces esto, Elena? —preguntó él en un susurro, temiendo que cualquier movimiento provocara un corte—. Podrías haber contratado a un profesional. Elena se detuvo un momento, mirándolo a los ojos. La provocación habitual había desaparecido, dejando ver una vulnerabilidad que ella rara vez mostraba. —Porque quería ser yo quien te viera primero, Ethan. Quería ser la primera en recordarte quién eres. En la secundaria, todos veían al capitán estrella. Yo veía al chico que estudiaba hasta tarde, al que cuidaba de su hermana, al que tenía sueños más grandes que un estadio de fútbol. Ese hombre sigue aquí. Solo está cubierto de pelo y de rabia. Continuó afeitándolo, limpiando la navaja en la toalla blanca, que ahora estaba manchada de gris y espuma. Finalmente, tomó un paño húmedo y limpió los restos de jabón. Aplicó una loción para después del afeitado con aroma a cítricos y maderas. —Ya está —dijo ella, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo—. Mírate, Capitán. Elena giró la silla de Ethan hacia el gran espejo de pared. Ethan abrió los ojos y se quedó sin aliento. El hombre que lo miraba desde el espejo era un extraño. La mandíbula era fuerte, cuadrada y decidida. Los labios, que antes estaban ocultos, tenían una línea firme pero sensual. Pero lo más impactante eran los ojos. Sin el desorden de la barba, su mirada azul se veía más intensa, más feroz. Era el rostro de un líder. Era el rostro de Ethan Blackwood, el hombre que una vez comandó hombres hacia la gloria. —Yo... —Ethan extendió una mano temblorosa y se tocó la mejilla suave. Sus ojos se humedecieron, aunque luchó por evitar que las lágrimas cayeran—. No me recordaba así. —Yo nunca te olvidé así —respondió Elena, apoyando sus manos en los hombros de él. En ese momento, la puerta se abrió suavemente. Eleonora, la madre de Ethan, entró con una bandeja de té, pero se detuvo en seco. La bandeja tembló en sus manos y terminó dejándola sobre la primera mesa que encontró. —¿Ethan? —la voz de su madre se quebró. Se acercó lentamente, con las manos cubriéndose la boca. Al llegar frente a él, se arrodilló, rompiendo en un llanto silencioso y profundo—. ¡Oh, hijo mío! ¡Mi niño hermoso! Has vuelto... por fin te veo de nuevo. Eleonora tomó el rostro de su hijo entre sus manos, besando su frente y sus mejillas. El cambio no era solo estético; la luz en la habitación parecía haber cambiado. Había una chispa de esperanza que antes era inexistente. Ethan miró a su madre, y por primera vez en meses, no la rechazó. Su mano se cerró sobre la de ella, un gesto pequeño pero monumental. Miró a Elena a través del espejo. Ella le devolvió una mirada de triunfo, pero también de una comprensión profunda. —Gracias, Elena —susurró Eleonora entre sollozos—. Gracias por devolverme a mi hijo. Elena asintió con elegancia, pero su mirada seguía fija en Ethan. Sabía que este era solo el primer paso. Había despejado el camino, pero la verdadera batalla —la de las piernas y la del alma— apenas estaba por comenzar. —No llores, Eleonora —dijo Elena, recuperando su tono decidido—. Esto es solo el comienzo. El Capitán tiene una boda a la que asistir, y quiero que todo el mundo vea que el heredero de los Blackwood no se ha rendido. Elena se dio la vuelta para recoger sus cosas, sintiendo la mirada de Ethan quemándole la espalda. Él no quería admitirlo, no quería darle la satisfacción, pero el cambio estaba ocurriendo. Bajo la piel suave y el aroma a cítricos, el corazón de Ethan Blackwood había empezado a latir con un propósito que no era el odio. Era algo mucho más peligroso: era el deseo de volver a ser el hombre que esa mujer creía que era. —Mañana es la prueba del esmoquin, Ethan —dijo ella antes de salir, deteniéndose en el umbral—. No llegues tarde. Ahora que puedo ver tu cara, no tienes dónde esconderte. Elena salió de la habitación con el corazón acelerado. Había ganado esta batalla, pero la guerra emocional estaba subiendo de nivel. Había tocado a Ethan, lo había sentido reaccionar, y sabía que el contrato de un año iba a ser el desafío más difícil y exquisito de toda su carrera legal... y de su vida.
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