La luz del sol de la mañana se filtraba sin piedad a través de los ventanales de la suite, dibujando patrones dorados sobre la alfombra persa. Ethan se despertó antes que ella, una costumbre que el ejército le había tatuado en el alma. Durante unos segundos, se quedó inmóvil, sintiendo el peso ligero y cálido del cuerpo de Elena contra su costado. Su brazo seguía rodeando su cintura, y el aroma a jazmín de su cabello, ahora mezclado con el olor a sábanas limpias, lo envolvía por completo.
Verla dormir era una experiencia desconcertante. Sin la mirada de fuego y las frases mordaces, Elena parecía casi vulnerable. Sus pestañas largas descansaban sobre sus pómulos y sus labios, esos que lo habían provocado toda la noche, estaban ligeramente entreabiertos.
Ethan se separó con cuidado, un proceso lento que requería toda su concentración para no despertarla mientras se pasaba a la silla de ruedas. Ares, que ya estaba despierto y alerta, lo saludó con un leve movimiento de cola.
—Vamos, muchacho —susurró Ethan, dirigiéndose hacia la pequeña terraza privada conectada a la suite.
Diez minutos después, el servicio de la mansión había dejado un carrito de desayuno en la terraza: café recién hecho, frutas tropicales, cruasanes calientes y jugo de naranja. Ethan estaba allí, mirando el horizonte de la propiedad, cuando escuchó el suave roce de pies descalzos sobre el mármol.
Elena apareció en el umbral de la terraza. No se había vestido todavía; llevaba puesta una de las camisas de seda de Ethan, que le quedaba enorme, llegándole a mitad del muslo. Los botones superiores estaban sueltos, dejando ver la curva de sus hombros y el brillo de su piel tras el sueño.
—Buenos días, Capitán —dijo ella, con la voz todavía ronca por el sueño, una vibración que hizo que Ethan apretara el asa de su taza de café—. Veo que no puedes abandonar tus hábitos de madrugador ni siquiera en tu luna de miel.
Ethan la recorrió con la mirada. Verla con su ropa era un golpe directo a su autocontrol. El contraste entre la masculinidad de la camisa y la delicadeza de sus piernas desnudas era una tortura visual.
—La guerra no espera a que el sol esté alto, Elena —respondió él, tratando de mantener la voz firme mientras ella se sentaba frente a él, cruzando sus piernas largas con una naturalidad que lo ponía nervioso—. ¿Dormiste bien?
Elena tomó un cruasán y lo partió con los dedos, llevándose un trozo a la boca con una lentitud deliberada.
—Dormí maravillosamente. Tener un capitán como almohada es mucho más cómodo de lo que imaginaba. Aunque eres un poco rígido... en todos los sentidos de la palabra.
Ethan sintió que el calor subía por su cuello.
—Deja de hacer eso —dijo él, señalando el café para evitar mirarla a los ojos.
—¿Hacer qué? ¿Desayunar con mi esposo? —preguntó ella, con una chispa de diversión—. ¿O te pone nervioso que use tu ropa? Debo decir que es muy suave. Huele a ti.
—Me pone nervioso que actúes como si esto fuera un matrimonio real —soltó Ethan, aunque en el fondo de su corazón, esa mañana se sentía más real de lo que quería admitir.
Elena dejó de comer y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa de hierro forjado. Sus ojos de fuego se clavaron en los de él, perdiendo por un segundo la burla.
—Ethan, firmamos un acta legal frente a tu familia y tus enemigos. Anoche dormimos juntos. Y ahora estamos compartiendo el primer café de nuestra vida en común. Si esto no es real para ti, ¿qué lo es? ¿Solo las balas y el dolor?
Ethan guardó silencio. No sabía cómo responder. Para él, lo "real" había sido la soledad de los últimos meses. La presencia de Elena era como un huracán que lo obligaba a reconstruirse, y eso lo asustaba más que cualquier emboscada.
—Es un contrato, Elena. No lo olvides —recordó él, aunque su voz carecía de convicción.
—Un contrato que puede renovarse, si el socio principal se porta bien —respondió ella, recuperando su tono juguetón. Tomó un poco de jugo y luego señaló las piernas de Ethan—. Hoy después del desayuno, tenemos la primera cita con el equipo de rehabilitación que contraté. No es el hospital de la ciudad. Es gente privada, los mejores.
Ethan tensó la mandíbula. El tema de la recuperación siempre era el punto de ruptura.
—Ya te lo dije, no quiero más doctores dándome falsas esperanzas.
—No son falsas esperanzas, es ciencia y disciplina. Dos cosas que un soldado debería respetar —dijo ella, levantándose y caminando hacia él. Se colocó detrás de su silla y rodeó su cuello con sus brazos, apoyando su barbilla en el hombro de Ethan—. Hazlo por el contrato, si quieres. O hazlo por mí. Pero hoy vas a empezar a luchar, Ethan. Porque no voy a permitir que mi esposo se pase la vida sentado mientras yo conquisto el mundo.
Ethan cerró los ojos, sintiendo el calor de Elena contra su espalda y el aliento de ella en su oreja. La suavidad de la camisa de seda que ella vestía rozaba sus brazos, y por un momento, la amargura cedió ante una determinación nueva.
—Está bien —susurró él—. Pero si no funciona...
—Funcionará —lo interrumpió ella con una seguridad implacable—. Porque yo no acepto derrotas. Y tú tampoco solías hacerlo.
Se quedaron así unos minutos, disfrutando de la brisa de la mañana y del silencio que, por primera vez, no se sentía vacío. Ethan tomó la mano de Elena que descansaba sobre su pecho y entrelazó sus dedos con los de ella. El anillo de bodas brilló bajo el sol.
El desayuno terminó, pero el aire en la mansión Blackwood era distinto. La "bestia" estaba siendo domesticada, no con cadenas, sino con seda, café y la voluntad inquebrantable de una mujer que se negaba a dejarlo caer.