Capitulo 9: Nido de serpientes

1330 Words
La cena de ensayo no era una celebración; era un examen forense. La aristocracia de la ciudad y los tiburones del consejo de administración de los Blackwood se habían dado cita en el gran salón de la mansión, ansiosos por ver los restos del "Capitán Caído" y evaluar si la flamante abogada Elena Valery era una salvadora o simplemente una oportunista recolectando cenizas. El salón resplandecía bajo la luz de las arañas de cristal, pero para Ethan, el ambiente era asfixiante. Vestía el esmoquin que Elena lo había obligado a probarse días antes. Se veía impecable, con el rostro afeitado y el cabello peinado hacia atrás, pero su mandíbula estaba tan tensa que le dolía. Ares, su nuevo guardián, estaba sentado firmemente a la izquierda de su silla de ruedas, con su arnés de cuero n***o reluciente. El perro parecía sentir la hostilidad en el aire; sus ojos ámbar no dejaban de escanear la habitación, emitiendo un gruñido casi imperceptible cada vez que alguien se acercaba demasiado. —Respira, Ethan —susurró Elena al oído de él, inclinándose para que su perfume lo envolviera—. No dejes que huelan tu miedo. Recuerda que tú eres el depredador aquí, ellos solo son carroñeros. Elena lucía espectacular con un vestido de seda color esmeralda que dejaba su espalda al descubierto, una joya que gritaba poder y confianza. Ella no caminaba a su lado; ella escoltaba a su trofeo con orgullo. —Es difícil no sentir miedo cuando todos me miran como si fuera un accidente de tráfico del que no pueden apartar la vista —masculló Ethan, apretando los reposabrazos. —Entonces dales un choque que no olviden —respondió ella con una sonrisa gélida. La cena comenzó y, con ella, los ataques pasivo-agresivos. Sentado a la mesa principal, Ethan se encontraba frente a dos directivos del consejo, hombres que ya estaban discutiendo quién ocuparía su oficina. —Es un gusto verte fuera de tu habitación, Ethan —dijo el Sr. Sterling, un hombre de rostro rojizo y sonrisa falsa—. Aunque debemos admitir que nos preocupa la estabilidad de la empresa. Un director ejecutivo necesita... bueno, movilidad. Estar en el campo, estrechar manos, viajar. ¿Cómo piensas manejar eso desde... ahí? El silencio cayó sobre la mesa. Arthur Blackwood estaba a punto de intervenir, pero Elena le puso una mano en el brazo, deteniéndolo. Ella quería que Ethan peleara sus propias batallas, pero no iba a dejarlo desarmado. —El Sr. Sterling parece confundir la dirección de una multinacional con una carrera de obstáculos, ¿no es así, Ethan? —dijo Elena, tomando un sorbo de su vino con una elegancia letal—. Yo siempre creí que las empresas se dirigían con el cerebro y la estrategia, no con las rodillas. A menos, claro, que el Consejo haya cambiado los requisitos y ahora busquen a un maratonista en lugar de a un genio táctico. —Solo somos realistas, querida —respondió Sterling, visiblemente molesto por la interrupción de la "mujer"—. La imagen de la empresa es de fuerza. Y un hombre que necesita un perro para cruzar la sala... Ethan sintió que la rabia le quemaba el pecho. Miró a Ares, que estaba tranquilo a su lado, y luego a Elena. Ella le guiñó un ojo, dándole el pie. —El perro no es porque no pueda cruzar la sala, Sterling —dijo Ethan, su voz recuperando ese tono de mando que hacía temblar a los reclutas en el ejército—. Ares está aquí porque tiene mejor instinto para detectar a los traidores que cualquier auditor de la empresa. Y en cuanto a mi "movilidad", le aseguro que mi intelecto sigue moviéndose mucho más rápido que su capacidad para entender los balances generales. Hubo un murmullo de sorpresa. Los invitados no esperaban que el Capitán tuviera todavía colmillos. Sin embargo, el ataque más bajo llegó desde el otro extremo de la mesa. Julian Croft, el "mejor amigo", se levantó con su copa en alto, fingiendo un brindis de lealtad. —¡Un brindis por mi hermano de armas! —exclamó Julian, su voz resonando en todo el salón—. Es un milagro verte así, Ethan. Recuerdo cuando te sacamos de ese auto... pensé que nunca volverías a hablar. Ver que Elena ha logrado "comprar" tu voluntad para este matrimonio me llena de alivio. Al menos estarás bien cuidado mientras el resto de nosotros nos encargamos del trabajo duro. La palabra "comprar" flotó en el aire como un insulto imperdonable. La implicación de que Ethan era un objeto vendido por su familia para salvarse de la quiebra hizo que Eleonora Blackwood bajara la mirada, herida. Elena se puso de pie. No necesitó levantar la voz para que todos se callaran. —Es curioso que menciones la palabra "comprar", Julian —dijo Elena, caminando lentamente alrededor de la mesa hasta quedar detrás de la silla de Ethan, colocando sus manos sobre sus hombros—. Porque en este contrato, lo único que se ha comprado es la seguridad de que los mediocres no se acerquen al trono de los Blackwood. Ethan no se ha vendido; ha reclutado a la mejor defensa legal y estratégica del mercado. Y si alguno de ustedes cree que su condición física es una debilidad, los invito a intentar quitarle su puesto mañana mismo. Les aseguro que descubrirán que un Capitán en una silla de ruedas sigue siendo diez veces más peligroso que un cobarde de pie. Ethan sintió la calidez de las manos de Elena y, por primera vez, no quiso apartarlas. Ella lo estaba reclamando frente a todos, marcando su territorio con una ferocidad que lo hacía sentir poderoso. —Julian —dijo Ethan, mirando fijamente a su "amigo"—. Gracias por el brindis. Pero no te preocupes por el "trabajo duro". Mi esposa tiene la costumbre de limpiar la basura, y yo tengo la costumbre de dar las órdenes. No planeo cambiar eso. La cena continuó en un ambiente de respeto forzado. Elena había ganado el primer asalto por K.O. técnico. Cuando los invitados empezaron a retirarse, Julián se acercó a Ethan para despedirse, pero Ares se interpuso, emitiendo un gruñido sordo que venía desde lo más profundo de su pecho. El perro le mostró los colmillos, sus pelos del lomo erizados. —Vaya, el lobo no me quiere —dijo Julian, retrocediendo con una risa nerviosa. —Los animales tienen un instinto infalible para la gente podrida, Julian —respondió Ethan, sin quitarle la vista de encima—. Ten cuidado donde pisas. Una vez que el último invitado se fue, el salón quedó en silencio. Elena se dejó caer en la silla junto a Ethan, suspirando. —Lo hiciste bien, Capitán —dijo ella, su fachada de hierro cayendo por un momento para mostrar cansancio. —Tú lo hiciste mejor —admitió Ethan, girando su silla para quedar frente a ella—. ¿Por qué me defendiste así? Podrías haberme dejado solo, es lo que el contrato dice: imagen pública. Elena se inclinó, tomando el rostro de Ethan entre sus manos. Sus pulgares acariciaron sus pómulos, y sus ojos de fuego se suavizaron. —Porque nadie toca lo que es mío, Ethan. Y tú... aunque te cueste admitirlo, ya eres mío. No por el contrato, sino porque yo lo decidí hace diez años. Ella le dio un beso suave en la frente, un gesto de una ternura que lo desarmó por completo. —Mañana es la boda. Duerme, mi capitán. Porque después de mañana, ya no habrá vuelta atrás. Seremos uno solo contra el mundo. Ethan la vio alejarse, escoltada por Ares que alternaba su lealtad entre los dos. Se tocó la frente, sintiendo todavía el calor de sus labios. La cena de ensayo había sido un campo de batalla, y aunque todavía no podía caminar, Ethan sentía que, con Elena a su lado, estaba listo para reconquistar su reino, un centímetro a la vez.
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