Osiel Munarē era un hombre que, como Alpha y primogénito entre los trillizos que lideraban la manada, había nacido para dominar. Su sola presencia bastaba para llenar cualquier espacio con una tensión tangible, una mezcla de respeto inquebrantable y temor reverente. No necesitaba alzar la voz para ser escuchado; una sola mirada suya podía hacer que los más osados bajaran la cabeza en señal de sumisión. Era un hombre que había perfeccionado el arte del control, tanto sobre sí mismo como sobre quienes lo rodeaban, y su instinto como líder lo impulsaba a mantener el equilibrio entre fuerza y responsabilidad, incluso si eso significaba cargar con un peso que pocos podrían soportar.
Como Alpha, Osiel comprendía que su dominio no era solo un derecho, sino una obligación. Cada decisión que tomaba tenía consecuencias directas sobre su manada, y no toleraba la debilidad ni el caos, esa fue una de las razones para alejar a Alana de él, de ellos, la otra razón… el deseo, uno que sintió apenas la joven atravesó la puerta de la mansión, pero Alana era muy joven, no necesitaba ese deseo tentándolo, entonces, trato de ignorarla, pero cuando sus padres le dieron la responsabilidad de cuidar de ella en el mundo humano… Osiel hizo lo impensable, no solo le quito todo, también le advirtió que si alguna vez iba por el a las empresas, se aseguraría que se arrepintiera por el resto de su vida, no fue algo que lo enorgulleció, pero lo hizo con la esperanza de que Alana regresara a la manada, ¿Cómo iba a imaginar que la joven pelirroja encontraría amigos tan fácilmente? Personas que en un principio parecían ordinarias, aunque luego resultaron ser un vampiro y una bruja, aun así, ellos la ayudaron, ella permaneció en la ciudad y ahora… ¿de qué le valía su carácter fuerte e imponente? No le servía de nada, él, que tenía desde el más pequeño detalle en las operaciones diarias de las empresas de la manada, hasta las estrategias más complejas para proteger a su gente, Osiel siempre tenía un plan, menos con Alana. Ninguna tarea era demasiado mundana ni ningún problema demasiado grande para escapar de su atención, excepto Alana.
Era el encargado de dirigir las empresas que sostenían a la manada, un conglomerado que no solo ofrecía prosperidad económica, sino que también servía como refugio para aquellos lobos que necesitaban un propósito. Sin embargo, lo que hacía que Osiel sobresaliera no era solo su habilidad para liderar a los suyos. Él era un hombre que entendía que los humanos que trabajaban bajo su mando, ajenos a la verdadera naturaleza del Alpha, también merecían su protección, porque a cambio le brindaban su respeto. A pesar de su carácter dominante, Osiel se sentía profundamente responsable del bienestar de esas personas. Sabía que su posición le confería un poder inmenso, pero también una carga de la que no podía escapar: garantizar que las vidas de sus empleados humanos no se vieran afectadas por los secretos que ocultaba.
El instinto de Osiel como Alpha lo tornaba implacable. Él no discutía; él ordenaba. No buscaba consenso; él decidía. En su mundo, la desobediencia no era tolerable, y sin embargo, no era un tirano, excepto con Alana. Sabía que su autoridad no provenía solo de su capacidad de intimidar, sino de la confianza que inspiraba, confianza que Alana no le tenía. Aquellos que trabajaban para él, ya fueran lobos o humanos, sabían que Osiel siempre tenía el control. Su mirada era fría, calculadora, y su voz, cuando la usaba, poseía una gravedad que hacía que cada palabra pareciera grabada en piedra. Pero debajo de ese exterior infranqueable, había un hombre que llevaba consigo un peso invisible: la eterna lucha por equilibrar el control sobre su manada y su animal interior y allí por supuesto, el punto focal a todo era Alana, algo que Osiel no podía controlar, algo que lo desgarraba desde dentro. Su lobo la necesitaba. Ese lado primitivo, salvaje, que anhelaba con desesperación a su compañera marcada por el destino. La había encontrado, aunque siempre la tuvo bajo su nariz, su aroma se había incrustado en su ser como una marca indeleble, pero ¿de qué le servía? no podía marcarla. No podía reclamarla como suya, no todavía. Este hecho lo estaba llevando a un punto de inflexión, donde su carácter dominante se intensificaba aún más, como si al ejercer un control absoluto sobre todo lo demás pudiera compensar su incapacidad para controlar lo que más deseaba, a Alana.
Sentía cómo su instinto lo empujaba a protegerla, a cuidarla, a demostrarle que era suya, que estaba más que arrepentido por su estúpido actuar. Pero al mismo tiempo, sabía que no podía actuar impulsivamente, o todos podrían morir, solo era necesario que Alana los rechazara, y su fin llegaría, lento y tortuoso.
Ese día en la empresa, muchos lobos notaban el cambio, pero pocos entendían su origen. Para ellos, Osiel seguía siendo el líder inquebrantable, un Alpha cuya fortaleza parecía no tener límites. Pero la necesidad de reclamar a su compañera era como un fuego que ardía bajo su piel, más luego de tomar su cuerpo, aun sentía sus labios cosquillear, la necesidad por sentir su piel, pero, sobre todo, sentir su presencia, saber que estaba bien, y eso solo lo tendría luego de marcarla.
Era casi medio día, el ambiente en la oficina era pesado como de costumbre, aunque ahora no se debía a algún contrato que dejaría buenas ganancias o a algun socio problemático, en esta ocasión y por primera vez desde que Osiel había asumido como CEO, los tres hermanos se encontraban allí y no era para menos, pues estaban concentrados discutiendo cual era la mejor forma de acercarse a Alana, cuando de pronto, un grito desgarrador proveniente del pasillo irrumpió en su conversación, perdieron un segundo mirándose con sorpresa entre ellos, y fue cuando Osiel se puso de pie, dejando la comodidad de su silla de cuero, con el ceño fruncido y una chispa de molestia cruzando por sus ojos.
Al abrir la puerta, la escena que se desplegó ante ellos fue algo que ninguno pudo haber anticipado. Alana, con su melena pelirroja desordenada y una rabia ardiente en sus ojos, estaba golpeando sin piedad a la secretaria de Osiel, la humana intentaba, en vano, cubrirse de los ataques, mientras los empleados alrededor miraban aterrorizados, sin atreverse a intervenir.
—¡Alana, basta! —rugió Osiel, su voz de Alpha reverberando con una autoridad que habría hecho a cualquier lobo caer de rodillas, pero no a ella, Alana no se detuvo, su furia era tal que parecía no haber escuchado su orden, o peor aún, había decidido ignorarla.
El silencio entre los hermanos fue palpable, Edur y Otto compartieron una mirada significativa; nunca habían visto a alguien, ni siquiera otro Alpha, resistirse a la voz de Osiel, incluso a ellos las piernas le temblaron, mientras que para los humanos fue sentir el enojo del CEO con crudeza, algo que los hizo hundir los hombros, aunque solo era su poder de Alpha en su máxima expresión, sin cambiar a lobo. Pero su compañera destinada, su luna, estaba desafiándolo como si su autoridad no significara nada.
Osiel sintió cómo el calor subía por su pecho, no sabía qué lo enfurecía más, si la desobediencia de Alana o el peligro en el que estaba poniendo a la humana, quien no tenía los medios para defenderse. La rabia y el instinto protector se mezclaron en su mente, desdibujando los límites entre su lado humano y su lobo interior y sin pensarlo mucho, avanzó hacia ellas, y con una fuerza que no pretendía ser tan ruda, tomó del brazo a Alana para apartarla de la secretaria, pero el movimiento fue más brusco de lo que había planeado, y Alana tropezó, cayendo sentada hacia atrás.
Por un segundo, el tiempo pareció detenerse, la sorpresa en los ojos esmeralda de Alana perforó a Osiel más profundamente que cualquier herida física, no fue el golpe lo que la hirió, sino lo que representaba, que él, su Alpha, su compañero destinado, la había tratado como si fuera una amenaza cualquiera y no la mujer destinada a ser su igual.
—¿Así que es cierto? —su voz era un susurro cargado de veneno, pero lo suficientemente fuerte como para llenar la sala— Entonces ella tenía razón al decir que es tu mujer, y yo solo una más de las putas con las que duermes a diario.
El impacto de esas palabras fue inmediato, Osiel sintió el golpe directo a su orgullo y a su corazón, pero algo mucho más tangible sucedió, los ojos de Edur y Otto se enfocaron, fulminantes, en la secretaria, quien ahora luchaba por levantarse del suelo, con el rostro pálido y la nariz sangrando.
Osiel intentó hablar, pero las palabras no salieron. Alana, sin embargo, no esperó, ella no esperaría nada de esos Alphas, que se suponía eran suyos, solo se levantó con la dignidad intacta, como si su caída no hubiera sido más que un tropiezo insignificante, y salió de la oficina sin mirar atrás, dejando tras de sí un silencio que parecía absorber todo el aire.
El Alpha estaba paralizado, su lobo interior aullaba de dolor, aunque no era un dolor físico, sino algo mucho más profundo. Había fallado nuevamente, y ahora, la había lastimado de la peor manera, no con fuerza, sino con su incapacidad para manejar lo que sentía por ella.
—Hermano… —murmuró Edur, rompiendo el silencio tenso mientras colocaba una mano en su hombro, pero Osiel apenas lo registró, su mirada seguía fija en el ascensor, por el que Alana había desaparecido, mientras una mezcla de arrepentimiento y desesperación se asentaba en su pecho. — Despide a esa mujer o la matare con mis propias manos.
Soltó el único que estaba tatuado y fue cuando salió tras su luna.