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Mi CEO Favorito

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Blurb

Más de una quisiera haberse comido a su jefe. conoce la historia de Johanna, tras terminar con su ex, Erick, vieja a Medellín para querer tener otra vida, sin saber que Su jefe, Damián que está casado y tiene negocios sucios, se encargaría de su placer.

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Cap 1: La arena entre mis dedos
El aire en el pequeño apartamento de Erick era denso, sofocante. La luz de la tarde entraba por la ventana, pero solo lograba iluminar el polvo suspendido y la tensión palpable entre los dos. Johanna estaba de pie junto a la mesa de la cocina, las manos apoyadas en la madera fría, su cuerpo una línea tensa y frágil. Erick, al otro lado, la miraba con una mezcla de cansancio y una profunda, dolorosa confusión. Llevaban dos años de noviazgo, dos años cimentados en risas, promesas y una conexión que a menudo les parecía un milagro. Ahora, ese milagro estaba crujiendo. —Ahora el gato te comió la lengua?, Erick —dijo Johanna, su voz apenas un susurro que no lograba ocultar el temblor. No era una pregunta, sino una orden, una súplica desesperada. Erick pasó una mano por su cabello. Estaba harto. Harto de los murmullos, de las miradas de lástima que le daban a ella sus amigas, harto de sentir que cada paso que daba era observado y juzgado. —No te entiendo, Johanna? ¿De qué vienes a hablarme hoy? —Su tono era brusco, defensivo, un error que supo de inmediato al ver cómo la esperanza se apagaba en los ojos de ella. —No me hables así —replicó, levantando la voz un poco, finalmente mirando directamente a sus ojos. Los suyos, generalmente tan vivaces y llenos de luz, ahora estaban enrojecidos e hinchados. Parecía que había pasado horas luchando contra las lágrimas—. La gente habla, Erick. Dicen que te vieron en el rizotto, el sábado pasado, muy cariñoso con… con alguien más. Erick sintió un golpe en el estómago. La mención del lugar y el día exactos le quitó la negación de los labios. —Estaba con un grupo de compañeros del trabajo. Lo sabes. Tuvimos una cena de la oficina. —¿Y la foto? ¿Y la mujer rubia que todo el mundo dice que se te pegaba como una lapa? ¿Y por qué no contestabas mis mensajes esa noche? El silencio se instaló, pesado como una losa. Él la amaba. La amaba con una certeza que a veces lo asustaba, porque no concebía un futuro sin la calidez de su mano en la suya. Pero las constantes acusaciones, la desconfianza alimentada por chismes externos, estaban erosionando el suelo bajo sus pies. —No hice nada malo, Joha. Te lo juro. Me fui temprano. Ella es… solo una colega. Pero, ¿sabes qué? ¡Me da igual lo que te jure! —escupió, con la frustración ardiendo en su pecho—. ¡Siempre vuelves a lo mismo! Llevamos dos años luchando contra los chismes de tus amigas, de mis amigos, de gente que ni conocemos. ¿Por qué confías más en ellos que en mí? —¡Porque ya no sé en quién confiar! —gritó ella, y por primera vez las lágrimas corrieron sin freno por sus mejillas. El dolor de ella era tan palpable que le cortó la respiración a él—. Erick, te amo. Te amo tanto que me duele físicamente pensar en perderte. Pero estoy cansada. Estoy agotada de defendernos, de que cada logro de nuestro noviazgo venga con un rumor que lo pisotea. No puedo seguir así. No puedo vivir con el miedo constante de que un día ese rumor sea verdad. Se acercó a él, pero se detuvo a un metro de distancia. La cercanía física, que siempre había sido su refugio, ahora se sentía como un campo minado. —Prometimos que seríamos invencibles —murmuró ella, con la voz rota. La veía, tan hermosa incluso en su dolor, y él sintió que su propia vida se estaba resquebrajando—. Que no permitiríamos que el ruido de fuera arruinara lo que tenemos. Pero si tú no me das la verdad absoluta, si dejas una sola grieta… el ruido entra. Erick la miró. Vio en sus ojos el reflejo de sus dos años de amor: el viaje a la playa, las noches de cine, la forma en que ella siempre le sonreía cuando le traía café por las mañanas. Vio el futuro que tanto deseaban. Y vio, con un terror paralizante, que ese futuro estaba a punto de ser arrebatado, no por un error, sino por la sombra persistente de la duda. Se había defendido con rabia en lugar de con calma, y esa rabia había sido la última pieza que rompió la confianza de Johanna. —Joha, por favor… —Empezó a decir, un nudo apretándole la garganta, sintiendo el pánico frío. Quería abrazarla, jurarle que no había nadie más, pero sabía que un abrazo sin la verdad más clara no serviría de nada. Ella lo interrumpió, dando un paso atrás que a él le pareció la distancia de un continente. —Necesito que me des una razón, Erick. Una razón de peso, que no sea una excusa, para seguir creyendo que este amor que siento es una casa segura y no un castillo de arena. Porque si no puedes, si esto es lo único que nos queda después de tanto… —Señaló el espacio entre ellos, lleno de dolor y silencio—. Entonces, quizás, solo quizás, es momento de que la cuerda floja se rompa. El sabor amargo de las lágrimas ya no me sorprende; es mi café de las mañanas. Miro a Erick al otro lado de la mesa, un hombre al que amo con una intensidad que me aterroriza, y solo puedo ver al extraño que ha permitido que la duda se siente en mi sofá y me robe la paz. Dos años. Dos años de construir algo que creí irrompible. Recuerdo las primeras citas, esa electricidad palpable, la forma en que su mano se sentía como si siempre hubiera pertenecido a la mía. Creía ciegamente que éramos de esas parejas que desafían las estadísticas, que nuestro amor era una fortaleza inexpugnable. Pero una fortaleza necesita cimientos sólidos, y él ha estado cavando agujeros en ellos con cada mentira a medias, con cada coartada débil. No es solo el rumor del Blue Moon, aunque es la gota que colma el vaso. Es el patrón. Es la forma en que Erick se ha vuelto evasivo, el modo en que su mirada ya no se detiene en la mía con la misma franqueza. El dolor más profundo no es la idea de que esté con otra mujer, sino el hecho de que ha destruido mi confianza en mí misma. Cuando mis amigas me miran con lástima, o cuando la gente murmura a mis espaldas, yo soy la que tiene que tragarme el orgullo. Soy yo la que tiene que defenderlo, la que tiene que repetir como un mantra: “Él me ama, él nunca me haría eso”. Lo repito hasta que suena convincente, incluso para mí. Pero cada vez que él se enfada y se pone a la defensiva —como lo hizo hace un momento—, me da la razón a ellos. Su furia no es la de un inocente; es la frustración de alguien que está siendo acorralado. Me reclama que confío más en los rumores que en él, y tiene razón, pero no por maldad. Es porque él ha sembrado la semilla de la desconfianza. ¿Cómo puedo creer en su palabra si un hecho tan simple como una “cena de trabajo” viene rodeada de fotos, testigos y silencios incómodos? Es un terror lento, persistente. Es como tener una espina clavada en el corazón: al principio duele, luego te acostumbras, pero sabes que si no sale, te matará lentamente. Ahora mismo, al mirarlo, mi amor por Erick se siente como arena que se escurre entre mis dedos. Quiero aferrarme a él, quiero que me abrace y me diga que todo es mentira con tanta convicción que mi cuerpo le crea. Pero ya no puedo. Mis manos están cansadas de sostener este amor sola, de mantenernos a flote mientras él permite que las olas de la duda nos inunden. Llevo dos años dando todo de mí a esta relación, y lo único que me queda es un miedo constante y el eco vacío de lo que una vez fue el amor más hermoso que conocí. Y la parte más devastadora es esta realización: no quiero perderlo, pero ya lo perdí. Lo perdí en el momento en que elegí proteger su imagen ante el mundo en lugar de mi propia paz. Lo perdí cuando él decidió priorizar una mentira cómoda sobre la verdad brutal que me merezco. Y ahora, con mis lágrimas mojando la madera de esta mesa, solo le pido una cosa, una razón para no romper la cuerda. Una razón de peso que me devuelva la fe. Porque si lo que queda de nuestro amor son solo gritos y reproches, y no esa seguridad que juramos darnos, entonces prefiero soltar. Duele, sí, duele horrores. Pero es menos doloroso que seguir viviendo en este limbo, amando a alguien que me está enseñando, día a día, que hay un límite para el amor cuando la dignidad está en juego.

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