Capítulo 5: Humillación pública

1669 Words
El martes siguiente, Juliana cometió el error de llegar tarde. No fue su culpa. El bus se había demorado más de la cuenta porque un camión se atravesó en la vía y los conductores estuvieron media hora tocando bocina y gritándose sin llegar a ninguna solución. Para cuando Juliana logró bajarse en la esquina del colegio, el sol ya estaba alto y el primer timbre había sonado hace diez minutos. Caminó rápido por el pasillo principal, con la mochila colgando de un hombro y las gafas empañadas por la carrera. Su uniforme, que había planchado con esmero la noche anterior, ya venía arrugado por la apretujada en el bus. El cabello se le había soltado de la cola de caballo y caía en mechones rebeldes sobre su frente. Sabía que llegaba tarde. Sabía que la profesora la regañaría. Pero lo que no sabía era que Laura Torres la estaba esperando. —Miren, miren —dijo Laura en voz alta cuando Juliana cruzó la puerta del salón—. La cucaracha se cree que el colegio funciona en su horario. Las risas no se hicieron esperar. Juliana bajó la cabeza y se dirigió a su puesto sin decir nada. Era su estrategia habitual: el silencio como escudo, la cabeza gacha como armadura. Pero ese día, Laura no estaba dispuesta a dejarla pasar tan fácilmente. —Oye, fea —dijo, levantándose de su asiento y caminando hacia ella con paso lento, como un depredador que juega con su presa—. ¿No te da vergüenza? Llegas tarde, traes el uniforme hecho una lagartija, y encima pretendes sentarte como si nada. —Déjame en paz, Laura —respondió Juliana, y aunque su voz era baja, había un temblor en ella que Laura reconoció al instante. El miedo. Su alimento favorito. —¿Oíste eso, chicas? —dijo Laura, girándose hacia su séquito con falsa sorpresa—. La cucaracha me está pidiendo que la deje en paz. ¿Y si no quiero? Se paró frente a Juliana, bloqueándole el paso. Sus amigas la rodearon, formando un círculo apretado que aislaba a Juliana del resto del salón. Los demás estudiantes miraban en silencio, algunos con incomodidad, otros con diversión malsana. Nadie intervenía. Nadie decía nada. Juliana sintió el corazón en la garganta. Quería huir, pero sus piernas no respondían. Quería gritar, pero su voz se había quedado atrapada en algún lugar de su pecho. —Sabes qué —dijo Laura, con una sonrisa que helaba la sangre—, creo que hoy vamos a hacer una limpieza en este salón. Hay plagas que deben ser exterminadas. De un manotazo, le arrebató la mochila a Juliana. La abrió de par en par y volcó el contenido sobre el escritorio más cercano. Los pocos lápices que le quedaban, los restos de los que Laura había roto la semana anterior, rodaron sobre la superficie junto con el cuaderno de dibujos, los libros prestados de la biblioteca y un estuche de tela que su abuela había cosido para ella. —¡Qué bonito! —exclamó Laura, tomando el estuche y examinándolo con desprecio—. ¿Y esto qué es? ¿Un trapo viejo? —Devuélvemelo —dijo Juliana, y esta vez su voz no tembló. Había algo en ese estuche, algo que Laura no podía entender. No era solo un pedazo de tela. Era el amor de su abuela, cosido puntada por puntada en las largas noches de insomnio. —¿Me estás ordenando? —Laura arqueó una ceja, divertida por el cambio de actitud—. La cucaracha me está ordenando. Tiró el estuche al suelo y lo pisó con su zapato de marca. La tela se rasgó con un sonido seco, y los pocos lápices que quedaban dentro rodaron por el piso como semillas dispersas. Juliana sintió algo romperse dentro de ella. No era el estuche. No eran los lápices. Era algo más profundo, algo que había estado construyendo desde que llegó a ese colegio: la esperanza de que, si se escondía lo suficiente, si no molestaba a nadie, la dejarían en paz. Pero Laura no la dejaría en paz. Nunca la dejaría en paz. —Devuélveme mis cosas —dijo, y su voz era apenas un hilo de aire. —Ven a buscarlas —respondió Laura. Y entonces ocurrió. Laura tomó el cuaderno de dibujos, el que Juliana había llenado durante semanas con castillos, jardines y retratos de su abuela, y lo lanzó al otro lado del salón. Las páginas se desprendieron en el aire y cayeron como hojas muertas sobre el piso de mármol. Los dibujos de Juliana, su refugio, su escape, su única manera de recordar que afuera de ese infierno existía un mundo donde ella importaba, quedaron esparcidos bajo los pies de sus compañeros. —¡No! —gritó Juliana, y fue la primera vez que alzó la voz en todo el año. Corrió hacia los papeles, se arrodilló en el suelo, y comenzó a recogerlos con manos temblorosas. Algunos estaban rotos. Otros tenían marcas de zapatos. Las hojas se mezclaban, se confundían, y Juliana no sabía por dónde empezar. —Miren a la cucaracha —dijo Laura, riéndose—. Recogiendo su basura. Las risas se esparcieron como aceite. Algunos estudiantes se acercaron para ver mejor. Otros pateaban las hojas para que volaran de nuevo. Nadie ayudaba. Nadie se arrodillaba a su lado. Nadie, excepto Santiago. —¡Ya basta, Laura! —gritó Santiago, levantándose de su asiento con los puños apretados—. ¿No ves que ya le hiciste suficiente daño? —Cállate, becado —respondió Laura, sin siquiera mirarlo—. Esto no es asunto tuyo. —Sí lo es —dijo Santiago, y se arrodilló junto a Juliana para ayudarla a recoger los papeles—. Ella es mi amiga. Juliana levantó la vista y lo miró. Sus ojos estaban húmedos, pero no había caído ninguna lágrima. No delante de ellos. Nunca delante de ellos. En ese momento, la puerta del salón se abrió. Mateo Fuentes entró con la lentitud de quien no tiene prisa. Venía de una reunión con el director, algo relacionado con su padre y una donación millonaria que el colegio había recibido. Su uniforme estaba impecable, como siempre. Su rostro, una máscara perfecta de indiferencia. Vio a Juliana en el suelo, rodeada de papeles rotos. Vio a Laura con los brazos cruzados y una sonrisa de triunfo. Vio a Santiago arrodillado a su lado, ayudándola a recoger. Por un segundo, solo un segundo, algo se movió en sus ojos negros. Algo que nadie supo identificar. —Mateo —dijo Laura, cambiando su tono de víbora a miel con una rapidez pasmosa—, ¿viste? La becada haciendo un desastre. Llegó tarde, volcó sus cosas, y ahora está ensuciando el piso. Mateo la miró. Luego miró a Juliana, que seguía en el suelo, juntando sus dibujos con manos temblorosas. —No me interesa —dijo. Y se sentó en su puesto. Se puso los audífonos. Miró por la ventana. El mundo siguió su curso. Juliana sintió el golpe en el pecho. No fueron las palabras de Laura. No fueron las risas de sus compañeros. Fue la indiferencia de Mateo. Fue la certeza de que, para él, ella no existía. Que podían humillarla, romperle sus cosas, patear sus sueños, y él no movería un dedo. Porque ella era invisible. Porque siempre lo sería. Santiago la ayudó a levantarse. Le devolvió los papeles que había podido rescatar, algunos rotos, otros manchados, todos arrugados. —No les hagas caso —susurró, con una rabia que no estaba acostumbrado a sentir—. Son basura. Todos ellos. Juliana asintió, pero no dijo nada. Guardó los papeles en su mochila, se secó los ojos con el dorso de la mano, y se sentó en su puesto. Sacó un lápiz nuevo, de los pocos que le quedaban, y abrió el cuaderno en una página en blanco. Empezó a dibujar. No un castillo. No una casa con jardín. Esta vez dibujó un árbol. Un árbol grande, fuerte, con raíces profundas que se aferraban a la tierra. Un árbol que había resistido tormentas y sequías, que había visto caer a los demás a su alrededor y seguía en pie. Yo también voy a resistir, pensó mientras trazaba las últimas líneas. Yo también voy a seguir en pie. Pero en el fondo de su corazón, en ese lugar oscuro donde guardaba sus secretos más profundos, algo se había roto. Y no sabía si alguna vez podría repararlo. Esa noche, en su casa, Juliana se sentó en la cama de su abuela y le mostró los dibujos rotos. —Mira, abuela —dijo, con la voz quebrada—. Me los rompieron. La abuela tomó los papeles con manos arrugadas y los examinó en silencio. Luego los dejó a un lado, tomó el rostro de Juliana entre sus manos, y la miró a los ojos. —Los papeles se rompen, mijita —dijo, con su voz de siempre, suave como una caricia—. Pero los sueños no. Los sueños los llevas aquí. Puso una mano sobre el pecho de Juliana. —Y mientras los tengas aquí, nadie te los va a quitar. Juliana se dejó caer en los brazos de su abuela y lloró. Lloró todas las lágrimas que había contenido en el colegio, todas las que había guardado en el baño, todas las que había escondido detrás de sus gafas rotas. Lloró hasta quedarse dormida, con la cabeza en el regazo de la única persona que la había amado sin pedir nada a cambio. Afuera, la noche seguía su curso. Las estrellas brillaban sobre el barrio pobre de Juliana, igual que brillaban sobre la mansión de Mateo Fuentes. Pero en cada uno de esos mundos, dos personas estaban despiertas en la oscuridad, pensando en la misma escena: una chica de gafas rotas arrodillada en el suelo, recogiendo los pedazos de sus sueños. Y ninguno de los dos entendía por qué no podían dejar de pensar en ella.
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