Capítulo 1: La cucaracha
El bus público se detuvo frente a la imponente entrada de la Academia San Ignacio con un chirrido de frenos que hizo levantar la cabeza a más de un estudiante. Era un vehículo viejo, de esos que ya deberían estar en un deshuesadero, con los asientos rotos y un olor a diésel que se pegaba en la ropa. Juliana Castro bajó del estribo con cuidado, ajustándose las gafas gruesas que no dejaban de empañarse por el contraste entre el calor del bus y el frío cortante de la mañana.
Se quedó un momento en la acera, observando el colegio. La Academia San Ignacio se alzaba frente a ella como un castillo de cuento de hadas, pero de esos donde los pobres no entran. Columnas blancas pulidas como espejos, jardines perfectamente podados donde ni una sola hoja estaba fuera de lugar, y una fuente en medio del patio principal que echaba agua cristalina que brillaba bajo los primeros rayos del sol. Todo olía a dinero nuevo y a apellidos que pesaban más que las personas. Todo le recordaba que ella no pertenecía a ese lugar.
Su uniforme, planchado por ella misma la noche anterior con una plancha vieja que quemaba la tela si no se tenía cuidado, lucía desgastado en los bordes y más gris que azul. La falda le quedaba un poco larga porque era de segunda mano y no había encontrado una de su talla. La camisa blanca tenía un tono amarillento a pesar de los varios lavados con cloro que le había dado. Y la mochila que colgaba de sus hombros, comprada en un mercado de pulgas, tenía los cierres rotos y mostraba las puntas de algunos lápices de colores asomando por los costados.
—¿Vieron eso? —dijo una voz aguda a su espalda, cortando el silencio de la mañana como un cuchillo—. Parece que se cayó un trapero.
Juliana reconoció esa voz antes de voltear. Era Laura Torres, la reina indiscutible del colegio. Todos la conocían. Todos la temían. No solo por su familia, dueña de una cadena de centros comerciales, sino por su lengua afilada y su capacidad para destruir a cualquiera que se cruzara en su camino.
Laura estaba rodeada de su séquito habitual: tres chicas de cabello perfecto, uñas esculpidas y uniformes que parecían recién salidos de la tintorería. La miraron de arriba abajo como si examinaran un insecto bajo un microscopio, y soltaron risitas cómplices antes de que Laura terminara su frase.
Juliana bajó la cabeza y apretó el paso. Había aprendido en sus años de becada que lo mejor era no responder. El silencio era su escudo. Las palabras, su enemigo. Cuanto menos dijera, menos munición les daba. Así que caminó rápido hacia la entrada principal, sintiendo las miradas clavadas en su espalda como agujas.
El interior del colegio no era menos intimidante. Pasillos enormes con pisos de mármol que reflejaban la luz de las lámparas de cristal. Lockers de un gris metálico perfectamente alineados. Carteleras con anuncios de viajes a Europa y clases de equitación. Todo era grande, limpio, caro. Y ella era pequeña, pobre y estaba sola.
Su casillero estaba al final del pasillo de los becados, una sección que los estudiantes de dinero llamaban "el barrio pobre" y al que solo se acercaban para burlarse. Abrió la puerta metálica con un código que había memorizado después de veinte intentos la semana anterior, y se encontró con una sorpresa desagradable.
Alguien había pegado un dibujo en el interior. Una cucaracha grande, fea, con antenas torcidas y una sonrisa burlona. Debajo, escrito con marcador rojo, decía: "Bienvenida, plaga".
Juliana arrancó el papel con manos temblorosas y lo hizo una bola. Lo apretó con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Cerró los ojos un momento, respiró hondo, y decidió ignorarlo. No podía permitirse llorar otra vez. No podía permitirse que la vieran débil.
Sacó sus lápices de colores del fondo de la mochila y los ordenó sobre la repisa del casillero. Eran viejos, gastados, algunos partidos y pegados con cinta adhesiva. Los había comprado en una tienda de segunda mano hacía tres años, cuando su abuela le dio cinco mil pesos para que comprara útiles escolares y ella prefirió invertir en los lápices. Desde entonces los había cuidado como si fueran tesoros. Los afilaba con paciencia, los guardaba en un estuche cosido por ella misma, y nunca prestaba ninguno porque sabía que no volvería a verlo.
—¡Oigan! —gritó Laura desde el otro extremo del pasillo, y su voz resonó en el mármol como un eco malicioso—. ¡La nueva trajo lápices de la basura!
Juliana sintió el corazón en la garganta. Quiso cerrar el casillero y correr, pero sus piernas no respondieron. Ya era demasiado tarde. Laura estaba frente a ella, con su sonrisa de tiburón y sus ojos de hielo.
—Enséñame —dijo Laura, y no era un pedido. Era una orden.
Antes de que Juliana pudiera esconderlos, Laura metió la mano en el casillero y arrebató un lápiz rojo. Lo sostuvo frente a sus ojos como si examinara una joya falsa, y luego, con un movimiento rápido y seco, lo partió en dos. El sonido de la madera quebrando fue tan fuerte como un disparo en el silencio del pasillo.
Las amigas de Laura soltaron risitas nerviosas. Algunos estudiantes que pasaban se detuvieron a mirar.
—¿Viste eso? —dijo una de ellas—. Parece fósforo.
Laura partió otro lápiz. Luego otro. Luego uno amarillo que era el favorito de Juliana, el que usaba para dibujar el sol en todos sus paisajes.
—Por favor —susurró Juliana. Su voz era apenas un hilo, un suspiro, un ruego que sabía que no serviría de nada—. Devuélvemelos…
—¿Me estás pidiendo algo, cucaracha? —Laura rió, y sus amigas rieron con ella. El eco de las risas rebotó en las paredes del pasillo como un latigazo.
Tiró el resto de los lápices al suelo. No los dejó caer. Los tiró con fuerza, como quien desecha basura. Los colores rodaron por el mármol y se detuvieron bajo las miradas curiosas de los demás estudiantes. Luego Laura levantó un pie, con su zapato de marca de trescientos mil pesos, y pisó los lápices uno por uno. La mina roja se hizo polvo. La azul se astilló. La amarilla, la del sol, crujió bajo el taco como un hueso que se rompe.
Juliana se quedó mirando los restos. No podía creerlo. No podía creer que alguien fuera tan cruel sin ninguna razón. ¿Qué les había hecho? ¿Qué mal les había causado? Solo existía. Solo trataba de sobrevivir. Y eso, al parecer, era imperdonable.
Se agachó a recoger los pedazos. Sus gafas se cayeron y una de las micas se rayó contra el piso. Oyó las risas alejarse mientras ella seguía allí, de rodillas, juntando fragmentos de lo único que le importaba. Sus dedos temblorosos apenas podían sostener los pedazos de madera rota.
Cuando por fin se quedó sola, guardó los restos en una bolsa de plástico que encontró en su mochila. Luego caminó hacia el baño con pasos lentos, pesados, como si llevara un muerto encima.
En el baño, se encerró en el último cubículo. Se sentó en la tapa del inodoro, apoyó la espalda contra la pared fría, y dejó caer las lágrimas que había contenido todo el día. No sollozó. No hizo ruido. Había aprendido a llorar en silencio desde pequeña, cuando su madre se fue y su abuela se quedó dormida en el sofá y ella entendió que nadie vendría a consolarla. Lloró con la boca cerrada, con los dientes apretados, con los puños cerrados sobre la bolsa de lápices rotos.
Cuando salió del baño, sus ojos estaban enrojecidos pero secos. Se limpió las gafas rotas con el borde de la camisa y se dirigió al salón de clases. Ya era tarde. La profesora la recibió con una mirada de fastidio y un suspiro de decepción.
—Señorita Castro, siéntese atrás —dijo, sin siquiera preguntar por qué llegaba tarde.
Juliana caminó hacia el fondo con la cabeza gacha. Pasó junto a un chico que no había visto antes, sentado junto a la ventana. Era hermoso. No había otra palabra para describirlo. Su mandíbula marcada, sus pómulos altos, sus labios perfectamente dibujados. Pero lo más impactante eran sus ojos: negros, profundos, vacíos. Miraba su celular como si el mundo entero le resultara aburrido, como si nada de lo que pasara a su alrededor mereciera su atención.
Su uniforme era impecable, recién planchado, de una tela que se notaba cara con solo mirarla. Llevaba un reloj que brillaba bajo la luz del salón y que Juliana supo, sin necesidad de preguntar, que costaba más que la casa donde vivía con su abuela.
Él no levantó la vista cuando ella pasó. Ni siquiera parpadeó. Juliana era invisible para él. Una sombra más en el pasillo.
Se sentó dos filas detrás y sacó su cuaderno de dibujos. Era lo único que le quedaba. Abrió la primera página, donde había empezado un castillo la semana anterior, y tomó un lápiz n***o que había sobrevivido al ataque de Laura. Empezó a dibujar con movimientos lentos, precisos, como si cada línea fuera una oración.
En el dibujo, una casa grande con jardines y una anciana sentada en un mecedor en el porche. La abuela. Siempre la abuela.
Ese día aprendí dos cosas, pensó mientras el lápiz recorría el papel. Que en este colegio los apellidos valen más que las personas. Y que él nunca me miraría.
Afuera, el sol seguía brillando sobre las columnas blancas de la Academia San Ignacio. Adentro, Juliana Castro dibujaba su refugio mientras el mundo seguía girando sin verla.