Capítulo 2: El rey de hielo

1596 Words
A la mañana siguiente, Juliana se levantó antes de que el sol asomara por la ventana de su cuarto. No había dormido bien. La imagen de sus lápices rotos seguía fresca en su memoria, como una herida que no terminaba de cicatrizar. Pero no podía quedarse en cama. La abuela necesitaba sus medicinas y el colegio no perdonaba las ausencias. Así que se levantó, se lavó la cara con agua fría para despertarse del todo, y se puso el uniforme que había lavado a mano la noche anterior. Salió de la casa con el sol aún escondido detrás de los cerros. Su barrio era humilde, de calles sin pavimentar y perros callejeros que ladraban a los madrugadores. Caminó hasta la parada del bus, donde ya había una fila de gente con sueño y cara de cansancio. Subió al primer vehículo que pasó, pagó con las monedas que contó dos veces para no equivocarse, y se sentó junto a la ventana. El bus tardó cuarenta minutos en llegar a la zona norte, donde quedaba la Academia San Ignacio. Durante el trayecto, Juliana repasó mentalmente lo que diría si Laura volvía a molestarla. No voy a llorar. No voy a darles el gusto. Soy más fuerte que ellos. Pero las palabras se sentían huecas, como promesas que uno se hace sabiendo que no podrá cumplir. El bus se detuvo en la esquina del colegio y Juliana bajó. Se quedó un momento en la acera, ajustándose las gafas rotas que había reparado con cinta adhesiva la noche anterior, cuando una camioneta blindada negra pasó a su lado. Era enorme, imponente, con vidrios polarizados tan oscuros que no se podía ver el interior. Los estudiantes que estaban cerca se apartaron al verla, como si la camioneta fuera una fiera peligrosa. Se detuvo frente a la entrada principal. Dos escoltas de traje n***o bajaron del asiento delantero, revisaron el perímetro con ojos entrenados, y luego abrieron la puerta trasera. Del interior salió un chico. El mismo de la ventana. El de los ojos vacíos. Juliana lo observó desde lejos, escondida detrás de un grupo de estudiantes que también se habían detenido a mirar. Caminaba como si el suelo le perteneciera, como si el mundo entero fuera una extensión de su voluntad. No miraba a nadie. No saludaba. No sonreía. Su rostro era una máscara perfecta de indiferencia. Los demás estudiantes se apartaban a su paso. No por miedo exactamente, sino por algo peor: por reverencia. Como si él fuera un dios menor y ellos simples mortales que no merecían su atención. Nadie le hablaba. Nadie se atrevía a mirarlo directamente. Él subió las escaleras del colegio sin prisa, con las manos en los bolsillos del pantalón y la mirada perdida en el horizonte. —Es Mateo Fuentes —susurró una chica a su lado, y lo dijo en un tono tan bajo que parecía un secreto—. El heredero del Grupo Fuentes. Su papá es dueño de medio país. Dicen que nunca habla con nadie. Que ni siquiera mira a la gente. Juliana guardó esa información en algún rincón de su memoria y entró al colegio. No significaba nada para ella. Los ricos siempre habían sido ricos y ella siempre había sido pobre. Esa era la orden natural de las cosas. Mateo Fuentes podía ser el rey de ese castillo de mármol, pero ella no tenía nada que ver con él. Nunca lo tendría. En el salón, Mateo ya estaba en su puesto, con los audífonos puestos y la mirada perdida por la ventana. El sol de la mañana entraba por el cristal y dibujaba sombras en su perfil. Parecía una estatua, un monumento a la frialdad y la distancia. Juliana se sentó dos filas adelante, en el puesto que había ocupado el día anterior. Sacó su cuaderno de dibujos y un lápiz n***o. No lo miró. No quería que él la viera mirándolo. Pero él sí la miró. Fue apenas un segundo. Un parpadeo. Mateo Fuentes levantó la vista de su teléfono, dejó de lado la pantalla que lo atrapaba, y observó a la chica de las gafas rotas y el uniforme gastado. Vio sus manos morenas manchadas de grafito. Vio su cabello recogido en una cola de caballo desordenada, con mechones sueltos que se caían sobre la frente. Vio la forma en que mordía el labio mientras dibujaba, concentrada, ajena al mundo que la rodeaba. Otra becada, pensó con fastidio. Otra más que va a intentar acercarse. Otra más que quiere algo de mí. Volvió a su teléfono. La ignoró. Era lo que hacía con todos. Era lo que había aprendido a hacer desde pequeño, cuando su madre se fue y su hermano Ricardo comenzó a tratarlo como un rival en lugar de un hermano. La indiferencia era su armadura. La distancia, su escudo. Pero algo en la forma en que Juliana dibujaba, en la manera en que sus dedos se movían sobre el papel con una seguridad que no mostraba en nada más, se quedó grabado en algún rincón de su memoria. No lo sabía entonces. No lo sabría hasta mucho después. A la hora del almuerzo, Juliana cargó su bandeja con lo único que podía pagar: arroz blanco, una porción de frijoles y una manzana pequeña. La comida del colegio era cara, incluso la más barata, y ella había aprendido a estirar el dinero de su beca para que le alcanzara hasta fin de mes. Buscó un lugar vacío en el comedor, una tarea más difícil de lo que parecía. Todas las mesas estaban ocupadas por grupos que la miraban con desprecio. Algunos apartaban sus mochilas de los asientos vacíos, como si temieran que su pobreza fuera contagiosa. Otros susurraban algo entre dientes y se reían. Nadie la invitaba a sentarse. Nadie le ofrecía un lugar. —Las becadas comen en el piso, ¿no? —dijo Laura desde su mesa, y lo dijo lo suficientemente alto para que todos la oyeran. Las risas se esparcieron como aceite en agua. Algunos voltearon a verla, esperando su reacción. Juliana se quedó de pie, con la bandeja en las manos, sin saber a dónde ir. Sentía las mejillas arder de vergüenza, pero no iba a llorar. No otra vez. No delante de ellos. —Ven, acá hay espacio. La voz llegó desde una mesa al fondo, cerca de la ventana. Juliana volteó y vio a un chico de uniforme también gastado, pero con una sonrisa tan cálida que por un momento olvidó que estaba a punto de derrumbarse. Tenía el cabello oscuro y desordenado, los ojos marrones y brillantes, y una forma de sentarse que transmitía calma, seguridad. —Tranquila, no muerdo —dijo él, moviendo su mochila del asiento de enfrente—. Soy Santiago. Tú eres la nueva, ¿verdad? Juliana caminó hacia su mesa con pasos vacilantes. Dejó la bandeja sobre la superficie de madera y se sentó, todavía desconfiada. No estaba acostumbrada a que la trataran bien. No sabía cómo reaccionar. —Juliana —respondió, en voz baja. —Bonito nombre —dijo Santiago, y no sonaba a un cumplimiento vacío. Sonaba sincero—. ¿Te gusta dibujar? Vi tus lápices el otro día en el casillero. Juliana lo miró con sorpresa. —¿Cómo sabes lo de mis lápices? Santiago sonrió, y en su sonrisa había un dejo de picardía. —Las paredes del baño de mujeres tienen unos garabatos muy lindos —dijo, partiendo su pan por la mitad y ofreciéndole una parte—. Firma JC. Asumí que eras tú. Juliana tomó el pan con dedos temblorosos. No solo por el hambre, sino por el gesto. Nadie le había ofrecido comida desde que llegó a ese colegio. Nadie la había tratado como un ser humano. —Gracias —susurró, y su voz se quebró un poco. —No hay de qué —respondió Santiago, y empezó a contar, con la naturalidad de quien habla con un amigo de toda la vida, que él también era becado, que su papá vendía empanadas en la calle, y que en ese colegio había aprendido una sola regla: si no te juntabas con alguien, te comían vivo. Juliana escuchó en silencio, mordiendo el pan, sintiendo por primera vez en semanas que no estaba completamente sola. Santiago hablaba de Javi, otro becado dueño de un carrito de empanadas, y de las veces que habían sobrevivido juntos a los ataques de Laura y su séquito. —Acá los fuertes comen a los débiles —dijo Santiago, con una seriedad que contrastaba con su sonrisa habitual—. Pero si te juntas con otros débiles, dejan de ser débiles. Somos un ejército de pobres, Juliana. Y los ejércitos, cuando se unen, pueden con todo. En ese momento, en la mesa de los populares, Mateo Fuentes partía su almuerzo con cubiertos de plata. Su bandeja estaba llena de comida que costaba más que el mes de arriendo de Juliana. No miraba hacia la mesa de los becados. No le importaba. Pero algo en su pecho se retorcía, un nudo que no sabía identificar, una incomodidad que no podía explicar. No me importa, se repitió mientras cortaba un trozo de carne. No me importa con quién se siente. No me importa si come o no. No me importa. Pero sus ojos, traicioneros, se desviaron un momento hacia la mesa del fondo. Vio a Juliana sonreír mientras Santiago hablaba. Vio la forma en que sus hombros se relajaron, como si por fin hubiera encontrado un lugar seguro. Y ese nudo en su pecho se apretó un poco más.
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