Los días siguientes a su encuentro en el comedor, Juliana descubrió que Santiago Ríos era de esas personas que entienden el dolor sin necesidad de explicaciones. No le preguntaba por qué llegaba con hambre o por qué sus cuadernos estaban escritos hasta el último borde. No la miraba con lástima cuando sus gafas rotas se caían o cuando su uniforme gastado mostraba una mancha que no había salido en el lavado. Simplemente compartía su comida, le prestaba sus lápices, y la hacía reír con historias absurdas que solo alguien que ha vivido en carne propia la crueldad de los ricos podría contar.
Una tarde, mientras comían en una banca del patio trasero —el único lugar donde Laura y su séquito no solían aparecer—, Santiago partió su manzana en dos y le dio la mitad más grande a Juliana, como hacía siempre. Ella ya había dejado de protestar. Había aprendido que Santiago era terco en su generosidad, y que negarse solo lograba que él se ofendiera.
—Mi abuela siempre dice que la comida se comparte —dijo Santiago, mordiendo su mitad con una naturalidad que desarmaba—. Y que el que come solo, se ahoga.
Juliana sonrió. Era una frase de abuela, de esas que se quedan grabadas en la memoria porque vienen envueltas en amor. La suya también tenía frases así. El que nace para maceta del corredor no pasa al jardín, decía cuando Juliana se quejaba de que nunca saldrían de la pobreza. Pero las macetas también florecen, mijita, añadía luego, con una mano arrugada acariciándole el cabello.
—Tu abuela debe ser sabia —dijo Juliana, mordiendo la manzana.
—Es una vieja chismosa que no se calla nunca —respondió Santiago con una sonrisa—. Pero sí, es sabia. A su manera.
En ese momento, una sombra se proyectó sobre la banca. Juliana levantó la vista y vio a un chico gordito, desordenado, con el uniforme mal puesto y una sonrisa enorme que le ocupaba media cara. Llevaba una bolsa de plástico en la mano, de esas de supermercado, y olía a aceite caliente y masa frita.
—¡Santi, viejo! —exclamó el chico, dejándose caer en la banca como si fuera suya—. Mi mamá mandó empanadas. Dijo que ustedes están muy flacos y que coman, carajo, que la carne no está regalada pero el amor sí.
Juliana no pudo evitar reírse. Hacía años que no se reía así, con ganas, con el pecho desahogándose como si hubiera estado encerrado demasiado tiempo. La risa le salió fuerte, sincera, y cuando se dio cuenta tenía una lágrima en el ojo.
—Soy Javi —dijo el chico, extendiéndole una mano llena de migajas—. Javier Pérez, para los amigos. Y tú eres la nueva de la que Santi no para de hablar.
—No es cierto —se apresuró a decir Santiago, pero sus orejas se pusieron rojas.
—Sí es cierto —insistió Javi, abriendo la bolsa y sacando tres empanadas calientes—. "Ay, Javi, la nueva dibuja muy bonito". "Ay, Javi, la nueva es muy callada pero tiene ojos de tigresa". Eso dijo.
Juliana miró a Santiago, que ahora estaba rojo como un tomate, y sintió algo cálido en el pecho. No era amor, no de ese tipo. Era algo más simple y más valioso: la certeza de que había encontrado un lugar donde no tenía que esconderse.
—Gracias, Javi —dijo, tomando una empanada—. Y gracias a tu mamá.
—A mi mamá no le des las gracias todavía —respondió Javi, con los cachetes llenos de comida—. Que si te ve muy flaca te va a querer adoptar y ya tenemos tres gatos y dos perros. No cabemos.
Santiago soltó una carcajada, y Juliana se unió a él. Allí, en esa banca del patio trasero, con el sol de la tarde calentándoles la cara y el olor a empanada flotando en el aire, los tres parecían un pequeño ejército. El ejército de los pobres, como había dicho Santiago. Y por primera vez, Juliana creyó que tal vez, solo tal vez, podría sobrevivir en la Academia San Ignacio.
En la biblioteca, días después, Juliana estaba dibujando en su cuaderno. Había pasado horas perfeccionando el castillo de su abuela, añadiendo detalles que solo ella notaba: las cortinas de la ventana, el color de las flores en el jardín, la forma de la mecedora en el porche. Era su refugio, su escape, la única manera de recordar que afuera de ese colegio de mármol y mentiras existía un mundo donde ella importaba.
Santiago se sentó a su lado, como hacía cada tarde. No dijo nada al principio. Solo observó el dibujo con atención, con esa mirada suya que parecía ver más allá del papel.
—¿Eso es la casa de tu abuela? —preguntó al final.
—No —respondió Juliana, sin dejar de dibujar—. Es la casa que me gustaría tener para ella. Con jardín, para que pueda plantar sus matas. Y una ventana grande, para que le dé el sol. La nuestra es muy oscura.
Santiago asintió, como si entendiera perfectamente. Y probablemente lo hacía. También vivía en un barrio oscuro, con una familia que contaba las monedas para llegar a fin de mes. También soñaba con una casa mejor, un futuro distinto, una vida donde el apellido no lo definiera.
—Eres buena —dijo Santiago, y no era un cumplimiento vacío. Hablaba con la certeza de quien sabe reconocer el talento porque él mismo lo tiene, porque también dibuja planos de casas en su cuaderno de matemáticas, porque también sueña con construir edificios que toquen el cielo.
Juliana bajó la mirada, avergonzada. No sabía recibir halagos. No estaba acostumbrada.
—No es para tanto —murmuró.
—Sí lo es —insistió Santiago, y su voz era tan seria que Juliana no tuvo más remedio que levantar la vista y mirarlo a los ojos—. Tienes un don, Juliana. No lo desperdicies.
En ese momento, en un rincón oscuro de la biblioteca, detrás de un estante de libros viejos que nadie leía, Mateo Fuentes estaba observando la escena. No debería estar allí. No debería importarle. Había ido a la biblioteca por obligación, para sacar un libro que su profesor de literatura le había exigido, y se había quedado atrapado por la imagen de Juliana dibujando.
No era la primera vez que la miraba. En el salón, cuando ella no se daba cuenta, sus ojos se desviaban hacia ella una y otra vez. Veía su concentración, la forma en que mordía el labio al trazar una línea difícil, la manera en que sus dedos morenos se movían sobre el papel con una seguridad que no mostraba en nada más. Y no entendía por qué. No entendía qué tenía de especial esa chica de gafas rotas y uniforme gastado.
Pero algo en su pecho se retorcía cada vez que la veía sonreír con Santiago. Algo que no sabía nombrar, que no quería nombrar. Celos, susurró una voz en su interior, y él la calló de inmediato. Los Fuentes no sentían celos. Los Fuentes no sentían nada.
Cerró su laptop de golpe. El ruido resonó en la biblioteca y varias cabezas se giraron hacia él. Juliana también levantó la vista, y por un segundo sus miradas se encontraron a través de los estantes.
Mateo sintió algo extraño. Un cosquilleo en la nuca, un latido más rápido en el pecho. La miró un instante, solo un instante, y luego desvió la mirada como si ella fuera un espejo en el que no quería verse.
Se levantó de su silla con un movimiento brusco y salió de la biblioteca sin mirar atrás. Sus pasos resonaron en el mármol del pasillo mientras se alejaba, y no se detuvo hasta llegar al estacionamiento privado donde lo esperaba su camioneta blindada.
Adentro, en la biblioteca, Juliana seguía mirando la puerta por donde Mateo había desaparecido.
—¿Quién era? —preguntó, señalando la silueta que se alejaba.
Santiago siguió su mirada. Su mandíbula se tensó y sus ojos, siempre tan cálidos, se oscurecieron como un cielo antes de la tormenta.
—Mateo Fuentes —respondió, y su voz perdió toda la calidez de antes—. El dueño de este colegio, literal. Mejor aléjate de él.
—Ni siquiera me ha mirado —dijo Juliana, y aunque intentó que sonara indiferente, su voz traicionó una pequeña decepción.
—Eso es lo mejor que te puede pasar —respondió Santiago.
Pero mientras decía esas palabras, algo en su pecho se apretó. Porque él sí la miraba. Él sí la veía. Y sabía, con la certeza de quien ha perdido antes de empezar a jugar, que Juliana Castro nunca lo miraría como miraba a Mateo Fuentes.
Esa noche, en la mansión de los Fuentes, Mateo estaba sentado en el borde de su cama, mirando la pared vacía frente a él. Su habitación era enorme, del tamaño de toda la casa de Juliana, pero se sentía más vacía que un pozo seco. Una cama enorme, un escritorio de roble, una pantalla gigante en la pared. Nada más. Sin fotos, sin recuerdos, sin nada que le recordara que alguna vez fue un niño.
La puerta se abrió sin que golpearan. Mateo ya sabía quién era. Solo una persona entraba así a su habitación.
Ricardo Fuentes, su hermano mayor, se recostó contra el marco de la puerta con los brazos cruzados. Era más alto que Mateo, más ancho, con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos. Los mismos ojos negros, la misma sangre, pero nada más.
—¿Qué hacías en la biblioteca hoy? —preguntó Ricardo, con un tono que pretendía ser casual pero escondía una navaja.
Mateo no se molestó en preguntarle cómo lo sabía. Su hermano tenía ojos en todas partes. Informantes en el colegio, en la casa, en la calle. Todo lo que Mateo hacía, Ricardo lo sabía.
—Sacar un libro —respondió Mateo, sin mirarlo.
—¿Un libro? —Ricardo soltó una risa corta, sin humor—. ¿Desde cuándo te interesan los libros? Siempre fuiste más de números, hermanito.
Mateo no respondió. Sabía que cualquier cosa que dijera sería usada en su contra. Así funcionaba su hermano. Primero te sonsacaba, luego te aplastaba.
—Papá quiere que empieces a ir a las juntas del grupo —dijo Ricardo, cambiando de tema con la facilidad de un camaleón—. Dice que ya es hora de que aprendas. Que no puedes esconderte en el colegio para siempre.
—No me interesa el grupo —respondió Mateo, y esta vez su voz fue firme.
—No te pregunté si te interesaba —dijo Ricardo, y su sonrisa desapareció—. El Grupo Fuentes es nuestro. Y yo soy el mayor. No lo olvides.
Se giró para irse, pero se detuvo en el umbral.
—Ah, y esa chica con la que te la pasas mirando en la biblioteca —dijo, como si fuera un comentario al pasar—. La becada de las gafas rotas. Ten cuidado, hermanito. La gente como ella solo trae problemas.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Mateo se quedó solo en su habitación vacía, con los puños apretados y la mandíbula tensa. No sabía qué odiaba más: a Ricardo por meterse en su vida, o a sí mismo por no poder evitar mirar a Juliana Castro una y otra vez.
Afuera, la noche caía sobre la mansión de los Fuentes. Adentro, Mateo apretó los ojos y trató de dormir. Pero cada vez que los cerraba, veía una chica de gafas rotas dibujando un castillo en un cuaderno gastado.
Y no entendía por qué.