Los días siguientes a la humillación en el salón fueron los más oscuros que Juliana había vivido en la Academia San Ignacio. No porque Laura hubiera inventado algo nuevo —su repertorio de crueldades era limitado, aunque efectivo—, sino porque algo dentro de ella se había roto y no sabía cómo repararlo.
Llegaba temprano, se sentaba en su puesto, y no levantaba la vista. En el comedor, comía en silencio mientras Santiago y Javi hablaban por los tres. En la biblioteca, dibujaba sin ganas, trazos sin alma, castillos que se derrumbaban antes de terminar el tejado.
—Estás apagada —le dijo Santiago una tarde, mientras ella borraba una y otra vez la misma línea torcida—. Como si te hubieras ido a algún lugar lejano y hubieras dejado el cuerpo aquí.
Juliana no respondió. No sabía cómo explicar que, efectivamente, se había ido. Se había ido a un lugar donde nadie la humillaba, donde sus lápices no se rompían, donde Mateo Fuentes la miraba como si existiera. Pero ese lugar no era real. Era solo un castillo en el aire, un dibujo que el viento podía deshacer.
—No te preocupes —dijo al final, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Solo estoy cansada.
Santiago la miró un momento, como si quisiera decir algo más. Pero al final se limitó a asentir y a ofrecerle la mitad de su pan, como hacía siempre.
—Cuando quieras hablar, aquí estoy —dijo.
Y Juliana supo que era verdad. Pero no sabía qué decir. No sabía cómo poner en palabras ese vacío que sentía en el pecho cada vez que recordaba la indiferencia de Mateo.
Esa noche, Juliana salió más tarde de lo habitual de la biblioteca. Había querido terminar un dibujo, un retrato de su abuela que pensaba regalarle para su cumpleaños, y el tiempo se le había escapado entre las líneas. Cuando miró el reloj, eran casi las ocho de la noche. El colegio estaba vacío, los pasillos oscuros, el silencio roto solo por el zumbido de los tubos fluorescentes.
Caminó rápido hacia la salida, con la mochila bien sujeta y el corazón latiendo más rápido de lo normal. No le gustaba quedarse sola en el colegio después del anochecer. Los pasillos, tan imponentes de día, se volvían amenazadores en la penumbra. Las sombras se alargaban en las paredes y los ecos de sus propios pasos sonaban como pasos de otro.
Cuando llegó a la puerta principal, el guardia de seguridad ya no estaba. Debía haber ido a su ronda nocturna, o tal vez se había dormido en su garita, como hacía a menudo. Juliana empujó la puerta de vidrio y salió al estacionamiento vacío.
La noche estaba fría. El cielo, despejado, mostraba un puñado de estrellas que apenas iluminaban el asfalto. Juliana caminó hacia la parada del bus, un lugar solitario a dos cuadras del colegio, sin más compañía que el sonido de sus zapatos contra el pavimento.
No vio a los hombres hasta que fue demasiado tarde.
Eran tres. Salieron de la oscuridad como sombras, rodeándola antes de que pudiera reaccionar. Vestían trajes negros, camisas oscuras, rostros que no mostraban ninguna emoción. Hombres de negocios, pensó Juliana al principio, ejecutivos que también salían tarde del trabajo. Pero luego vio sus ojos. Fríos. Vacíos. Como los de un animal que ha olido la sangre.
—¿Tú eres Juliana Castro? —preguntó el más alto, y su voz no tenía ninguna inflexión, ninguna calidez. Era una voz de acero, de quien está acostumbrado a dar órdenes y recibir obediencia.
Juliana quiso negar. Quiso decir que no, que se equivocaban, que ella no era nadie. Pero su voz se había quedado atrapada en su garganta. Solo atinó a dar un paso atrás, a buscar una salida que no existía.
—El patrón quiere hablar contigo —dijo otro de los hombres, dando un paso hacia ella—. Vente con nosotros. No queremos hacerte daño.
El patrón. Juliana no sabía quién era ese patrón, pero las palabras le sonaron a s*******o, a peligro, a algo que solo había visto en las noticias y que ahora la tenía a ella como protagonista.
—No voy a ningún lado —logró decir, y su voz sonó más firme de lo que se sentía—. Aléjense o grito.
Los hombres se miraron entre sí y soltaron una risa corta, sin humor.
—Grita, pues —dijo el más alto—. No hay nadie a dos cuadras a la redonda. El guardia está dormido. El bus no pasa hasta dentro de veinte minutos. Tienes todo el tiempo del mundo para gritar.
Juliana sintió el pánico subirle por la espalda como un escalofrío. Sus manos temblaban. Sus piernas también. Quiso correr, pero no sabía hacia dónde. Los hombres la tenían cercada, un triángulo perfecto del que no podía escapar.
—No queremos lastimarte —repitió el segundo hombre, y esta vez su voz sonó casi amable—. Solo queremos que contestes unas preguntas. Nada más.
—No sé nada —dijo Juliana, y era verdad. No sabía quiénes eran, ni qué querían, ni por qué la estaban acorralando en medio de la noche—. Déjenme ir.
El hombre más alto suspiró, como si estuviera perdiendo la paciencia.
—Mira, chica, no nos hagas la cosa difícil. El patrón Ricardo no es hombre de esperar.
Ricardo. El nombre le sonó a algo. Lo había escuchado antes, en algún lugar, en algún contexto que no podía recordar. Pero no tuvo tiempo de pensar. Uno de los hombres se abalanzó sobre ella.
No llegó a tocarla.
Una piedra voló desde la oscuridad y golpeó al hombre en la nuca. Cayó al suelo como un saco de papas, inconsciente antes de tocar el asfalto.
—¿Qué…? —el más alto giró la cabeza, buscando al agresor—. ¿Quién anda ahí?
Otra piedra. Esta vez dio en el hombro del segundo hombre, que soltó un gruñido de dolor y se llevó la mano a la herida.
—Corre —susurró una voz en la penumbra. Una voz grave, familiar, que Juliana no pudo identificar.
No esperó a escucharla dos veces. Echó a correr sin mirar atrás, con la mochila golpeándole la espalda y el corazón a punto de estallarle en el pecho. Corrió hasta la esquina, hasta la siguiente, hasta que sus piernas ardieron y sus pulmones pidieron tregua.
Cuando se detuvo, jadeando, y miró hacia atrás, los hombres habían desaparecido. También la voz. También las piedras. Solo quedaba la noche oscura y el eco de sus propios pasos.
—¿Quién fue? —murmuró para sí misma, abrazándose los hombros para calmar el temblor—. ¿Quién me ayudó?
Pero la noche no respondió. Y Juliana se quedó allí, sola, preguntándose si había sido real o solo un sueño, una alucinación del miedo.
A la mañana siguiente, Juliana llegó al colegio con ojeras y el alma en vilo. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, veía a los hombres de n***o rodeándola, sentía el miedo en el estómago, escuchaba esa voz que le había dicho corre y que no lograba identificar.
En el salón, todo parecía normal. Laura seguía siendo Laura. Sus amigas seguían siendo sus amigas. Mateo seguía en su puesto, con los audífonos puestos y la mirada perdida en la ventana.
Pero algo había cambiado. Juliana no sabía qué, pero lo sentía. Una tensión en el aire, un peso invisible que la seguía a todas partes.
—¿Estás bien? —preguntó Santiago cuando se sentó a su lado en el comedor—. Tienes cara de no haber dormido.
—No pude dormir —admitió Juliana, y por un momento pensó en contarle lo de los hombres. Pero algo la detuvo. No sabía si era miedo, o vergüenza, o la certeza de que, si lo decía en voz alta, se volvería real.
—¿Pesadillas? —preguntó Javi, con la boca llena de empanada.
—Algo así —mintió Juliana.
Miró hacia la mesa de los populares. Mateo estaba allí, comiendo en silencio, sin mirar a nadie. Por un instante, sus miradas se encontraron a través del comedor. Solo un segundo. Luego él desvió la vista hacia su plato, como si ella no existiera.
Pero Juliana juró haber visto algo en sus ojos. Una chispa. Una pregunta. Un secreto que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.
Esa noche, en la mansión de los Fuentes, Mateo estaba sentado en su escritorio, mirando el techo. Tenía un moretón en el brazo derecho, oculto por la manga de la camisa. Un moretón que se había hecho al lanzar una piedra con demasiada fuerza, al golpear a un hombre en la nuca, al arriesgarse a ser visto.
—¿Por qué lo hice? —se preguntó en voz baja, aunque no había nadie para escucharlo.
No tenía respuesta. Solo sabía que, cuando vio a Juliana acorralada por los hombres de Ricardo, algo dentro de él se había roto. Algo que no sabía que existía. Algo que le decía que no podía quedarse quieto, que no podía mirar hacia otro lado, que no podía seguir fingiendo que ella no le importaba.
—No me importa —susurró, como un mantra, como una oración—. No me importa. No me importa.
Pero mientras decía esas palabras, su mano fue al cajón del escritorio y sacó algo que había guardado allí la semana anterior. Un papel arrugado, manchado, con un dibujo borroso. Un castillo. Una casa con jardín. Una anciana en un mecedor.
Era una de las hojas que habían volado por el salón el día de la humillación. Mateo la había recogido cuando nadie miraba. La había guardado sin saber por qué. Y ahora la sostenía entre sus dedos como si fuera un tesoro.
—Juliana Castro —murmuró, y su voz sonó extraña, casi humana—. ¿Qué me estás haciendo?
La noche no respondió. Y Mateo se quedó allí, solo en su habitación vacía, con un dibujo arrugado en las manos y un corazón que empezaba a latir al ritmo de un nombre que no debería pronunciar.
Afuera, las estrellas brillaban igual que brillaban sobre el barrio pobre de Juliana. Pero en cada uno de esos mundos, dos personas estaban despiertas en la oscuridad, pensando la una en la otra.
Y ninguno de los dos sabía que esa noche había sido solo el principio.