La semana siguiente, Juliana intentó convencerse de que lo del estacionamiento había sido un accidente. Una confusión. Hombres que buscaban a otra chica, que se habían equivocado de persona. No tenía sentido que alguien como ella, una becada sin dinero ni apellido, fuera el objetivo de un s*******o. ¿Qué podían querer de ella? ¿Qué podía tener que fuera de interés para alguien con poder?
La respuesta era nada. Absolutamente nada.
Así que se obligó a olvidar. Borró la imagen de los hombres de n***o de su memoria, enterró el miedo en algún rincón profundo de su pecho, y volvió a su rutina de siempre: clases, biblioteca, comedor con Santiago y Javi, bus de regreso a casa. La vida seguía su curso, y ella con ella.
Pero el universo, caprichoso como siempre, tenía otros planes.
Ocurrió un jueves, al atardecer. Juliana había salido más temprano de la biblioteca porque su abuela la había llamado para decirle que se sentía mareada. Nada grave, según le dijo al teléfono, pero Juliana conocía a su abuela. Sabía que cuando decía "nada grave" significaba "no quiero que te preocupes, pero ven pronto".
Caminaba rápido por la calle lateral que bordeaba el colegio, un atajo que la llevaba a la parada del bus en menos de cinco minutos. Era una calle angosta, flanqueada por árboles viejos y casas antiguas, sin farolas que la iluminaran. Al caer la tarde, se llenaba de sombras y silencios.
No los vio venir.
Esta vez eran dos. Los mismos trajes negros, las mismas caras de acero. Aparecieron detrás de un árbol, como si hubieran estado esperando, y se pararon frente a ella bloqueándole el paso.
—Hola de nuevo, Juliana —dijo el más alto, el mismo de la vez anterior, con esa voz que helaba la sangre—. Te dije que el patrón quería hablar contigo. No nos gusta que nos huyan.
Juliana quiso correr, pero sus piernas no respondían. El miedo la había paralizado, la tenía atrapada en una burbuja de cristal donde el tiempo se movía más lento y los sonidos llegaban distorsionados.
—No sé quién es su patrón —logró decir, con la voz temblorosa—. No sé nada. Déjenme ir.
—Eso es mentira y tú lo sabes —dijo el otro hombre, más bajo pero más corpulento, con una cicatriz que le cruzaba la ceja—. Tú sabes quién es Mateo Fuentes. Tú sabes que él te protege. Y el patrón quiere saber por qué.
El nombre cayó como una bomba. Mateo Fuentes. ¿Qué tenía que ver Mateo con todo esto? ¿Por qué unos desconocidos la acorralaban por culpa de él? Juliana no entendía nada. Su cabeza daba vueltas, intentando atar cabos que no conectaban.
—No tengo nada que ver con él —dijo, y era verdad—. Apenas me mira. Ni siquiera me habla. No sé por qué creen que él me protege.
Los hombres se miraron entre sí. El más alto sonrió, una sonrisa fea que no llegaba a sus ojos.
—Eso es lo que más le molesta al patrón, chica. Que él te proteja sin que tú lo sepas. Eso significa que eres importante para él. Y si eres importante para él, eres importante para nosotros.
Dio un paso hacia ella. Juliana dio un paso atrás, pero se topó con el otro hombre, que la había rodeado en silencio. Estaba atrapada.
—Vente con nosotros —dijo el de la cicatriz—. No queremos hacerte daño. Solo queremos que contestes unas preguntas.
—No voy a ningún lado —dijo Juliana, y aunque su voz temblaba, había una chispa de rebeldía en sus ojos—. Suéltenme o grito.
—Grita, pues —respondió el más alto, aburrido—. Ya te lo dije la otra vez. No hay nadie.
Levantó la mano para agarrarla del brazo. Juliana cerró los ojos, esperando el dolor.
Pero no llegó.
Escuchó un golpe seco, un quejido, y luego el ruido de un cuerpo cayendo al suelo. Abrió los ojos y vio al hombre más alto en el pavimento, retorciéndose, con las manos en la cara. El otro hombre miraba hacia la oscuridad, buscando al agresor, y su rostro mostraba algo que Juliana no había visto antes: miedo.
—¿Quién anda ahí? —gritó, desafiante, pero su voz temblaba—. Muéstrese, cobarde.
Una piedra voló desde las sombras y golpeó la rodilla del hombre de la cicatriz. Cayó de rodillas con un alarido de dolor.
—Corre —dijo una voz. Esa misma voz grave de la otra noche. Esa voz que Juliana no podía identificar pero que resonaba en algún lugar profundo de su memoria.
No esperó a escucharla dos veces. Echó a correr calle abajo, sin mirar atrás, con la mochila golpeándole la espalda y las lágrimas asomando a sus ojos. Corrió hasta la parada del bus, corrió hasta subirse al primer vehículo que pasó, corrió hasta que las piernas le ardieron y el corazón le pidió tregua.
Cuando se sentó en el asiento trasero, jadeando, se llevó las manos a la cara y se permitió llorar. Llorar de miedo, de rabia, de confusión. No entendía nada. No entendía por qué la perseguían, no entendía quién la salvaba, no entendía qué tenía que ver Mateo Fuentes con todo aquello.
—¿Quién eres? —murmuró, pensando en esa voz en la oscuridad—. ¿Y por qué me ayudas?
El bus siguió su rumbo. La noche cayó sobre la ciudad. Y Juliana se quedó allí, con el pecho apretado y la cabeza llena de preguntas sin respuesta.
Al día siguiente, en el colegio, Juliana estaba distraída. No podía concentrarse en las clases. Su mirada se iba una y otra vez hacia Mateo Fuentes, sentado en su puesto de siempre, con los audífonos puestos y el rostro impasible. Intentaba encontrar en él alguna pista, algún gesto que delatara que era él quien la había salvado. Pero no encontraba nada. Solo indiferencia. Solo vacío.
—¿Estás bien? —preguntó Santiago durante el almuerzo, frunciendo el ceño—. Llevas todo el día con la mirada perdida.
—Sí, sí —mintió Juliana—. Solo que no dormí bien.
—Has dicho eso tres días seguidos —intervino Javi, con la boca llena—. ¿Estás segura de que no te pasa algo? Porque si ese tal algo se llama Laura, la voy a poner en su lugar.
Juliana esbozó una sonrisa débil. Javi era un buen amigo. Santiago también. Pero no podía contarles lo de los hombres. No podía arrastrarlos a un peligro que ni siquiera entendía.
—De verdad, estoy bien —insistió—. Solo cansancio.
Santiago la miró un momento, como si quisiera decir algo más. Pero al final solo asintió y le ofreció la mitad de su pan, como hacía siempre.
—Cuando quieras hablar, aquí estoy —repitió.
Y Juliana supo que era verdad. Pero no sabía cómo decir me están persiguiendo hombres armados porque creen que Mateo Fuentes me protege sin que sonara a locura.
Esa tarde, mientras caminaba hacia la biblioteca, Juliana se topó con Mateo en el pasillo. Iba solo, sin sus escoltas, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. Por un instante, sus caminos se cruzaron. Estuvieron frente a frente, a solo unos pasos de distancia.
Juliana sintió el corazón en la garganta. Quiso decir algo. Quiso preguntarle si era él quien la había salvado, si sabía algo de los hombres que la perseguían, si había alguna razón para que su nombre apareciera en esa pesadilla.
Pero Mateo la miró. Solo la miró. Y luego desvió la vista y siguió caminando, como si ella fuera una pared, un mueble, un fantasma.
Juliana se quedó allí, con las palabras atascadas en la garganta y el pecho apretado.
—Ni siquiera me miras —murmuró, cuando él ya estaba lejos—. ¿Cómo vas a protegerme si ni siquiera me miras?
Pero Mateo no la escuchó. O tal vez sí. Porque al doblar la esquina, sus pasos se detuvieron un segundo. Solo un segundo. Y luego siguió caminando, con el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir.
Esa noche, en su habitación, Juliana sacó su cuaderno de dibujos y empezó a trazar una nueva imagen. No era un castillo. No era una casa con jardín. Era un rostro. Un rostro borroso, sin rasgos definidos, con una sombra que lo cubría.
Era la cara de su ángel de la sombra. El que la salvaba sin mostrar su rostro. El que la protegía sin pedir nada a cambio.
—¿Quién eres? —susurró, mientras el lápiz recorría el papel.
Pero el dibujo no respondió. Y Juliana se quedó allí, con la noche afuera y el misterio adentro, esperando una respuesta que tal vez nunca llegaría.
Afuera, en la mansión de los Fuentes, Mateo miraba el techo de su habitación con los brazos cruzados detrás de la nuca. Tenía un moretón nuevo en la muñeca, de lanzar piedras con demasiada fuerza, y una certeza nueva en el pecho: no podía dejar de pensar en ella.
—¿Qué me estás haciendo, Juliana Castro? —murmuró en la oscuridad.
La noche no respondió. Pero algo en su pecho sí. Algo que se parecía peligrosamente a un sentimiento.