Santiago Ríos no era tonto. Llevaba años sobreviviendo en la Academia San Ignacio, años aprendiendo a leer entre líneas, a observar lo que los demás no veían. Había desarrollado un sexto sentido para detectar peligros, mentiras, secretos. Y ahora ese sexto sentido le decía que Juliana estaba ocultando algo.
No era solo su silencio, aunque ese era parte del problema. Juliana siempre había sido callada, pero sus silencios antes eran distintos. Eran silencios de cansancio, de timidez, de una chica que no quería molestar. Ahora sus silencios eran de otra cosa. De miedo. De algo que la acechaba y que no se atrevía a nombrar.
La observó durante toda la semana. La vio llegar más temprano de lo habitual, como si quisiera evitar algo. La vio salir corriendo cuando sonaba el timbre, sin esperarlo como antes. La vio mirar por la ventana del bus con los ojos vidriosos, perdida en pensamientos que no compartía.
Y también notó algo más. Algo que le revolvía el estómago cada vez que lo confirmaba.
Mateo Fuentes también la miraba.
No era una mirada evidente. No era como la de los otros chicos que se volvían a ver a Laura cuando pasaba. Era una mirada furtiva, rápida, que duraba apenas un segundo y luego se disolvía en la indiferencia habitual. Pero Santiago la veía. Y cada vez que la veía, algo dentro de él se encogía.
—¿Por qué te fijas tanto en él? —le preguntó una tarde, mientras caminaban hacia la biblioteca.
Juliana se sobresaltó, como si la hubieran sorprendido en falta.
—¿En quién?
—En Fuentes —dijo Santiago, y su sonó más áspero de lo que pretendía—. No dejas de mirarlo.
—No es cierto —respondió ella, demasiado rápido—. Yo no lo miro.
—Pues él sí te mira.
Juliana se detuvo en seco. Lo miró con los ojos muy abiertos, como si acabara de decirle que el cielo era verde.
—¿Qué dices? Mateo Fuentes ni siquiera sabe que existo.
—Eso es lo que tú crees —murmuró Santiago, y siguió caminando, dejándola atrás con la cabeza llena de preguntas.
Esa noche, Juliana no pudo dormir. Las palabras de Santiago resonaban en su cabeza una y otra vez. Él sí te mira. ¿Sería posible? ¿Sería posible que Mateo Fuentes, el chico más rico y frío del colegio, la mirara a ella, la becada de las gafas rotas? Le parecía absurdo, ridículo, una fantasía de niña ingenua.
Y sin embargo, algo en su interior se iluminaba cada vez que lo pensaba. Algo caliente, peligroso, que le decía ¿y si es verdad? ¿y si no soy tan invisible como creo?
Se levantó de la cama y fue a la ventana. Afuera, la noche era oscura y silenciosa. Las estrellas brillaban tenues, tapadas por las nubes que anunciaban lluvia. Apoyó la frente en el vidrio frío y cerró los ojos.
—¿Quién eres? —susurró, pensando en su ángel de la sombra—. ¿Por qué me ayudas? ¿Y por qué no te muestras?
La noche no respondió. Pero en su mente, una imagen comenzó a formarse. La silueta de un chico en la oscuridad. Unos ojos negros que la miraban desde las sombras. Unos labios que susurraban corre.
—No puede ser —se dijo a sí misma, negando con la cabeza—. No puede ser él. Él ni siquiera me mira.
Pero la imagen no desaparecía. Y Juliana se quedó allí, en la ventana, con el corazón dividido entre lo que sabía y lo que deseaba.
Al día siguiente, en el comedor, Santiago notó que Juliana estaba más callada que de costumbre. No había probado bocado de la empanada que Javi le había ofrecido. Miraba su plato sin verlo, perdida en algún lugar lejano.
—¿Vas a comer eso o solo vas a mirarlo? —preguntó Javi, con la boca llena.
Juliana parpadeó, como si despertara de un sueño.
—Sí, sí —dijo, y mordió un pedazo de empanada sin ganas.
Santiago la observó en silencio. Había algo en ella que había cambiado. No era físico —seguía usando las mismas gafas rotas, el mismo uniforme gastado, la misma cola de caballo desordenada—, pero algo en su mirada era distinto. Como si hubiera visto algo que antes no veía. Como si hubiera despertado.
—¿En qué piensas? —preguntó, aunque temía la respuesta.
Juliana levantó la vista y lo miró. Por un momento, Santiago vio algo en sus ojos que le heló la sangre. Esperanza. Una esperanza que no estaba dirigida a él.
—En nada —mintió ella—. Solo en los exámenes.
Santiago asintió, pero no le creyó. Conocía a Juliana. Sabía cuándo mentía. Y esa era una de esas veces.
Esa tarde, mientras Juliana estaba en la biblioteca dibujando, Santiago la siguió en secreto. No quería hacerlo. Sabía que estaba mal, que violaba su confianza, que si ella lo descubría todo se rompería entre ellos. Pero necesitaba saber. Necesitaba entender qué le estaba pasando.
La vio sentarse en su rincón habitual, junto a la ventana que daba al patio. Sacó su cuaderno y empezó a dibujar. Santiago se escondió detrás de un estante de libros viejos y la observó.
Pasaron diez minutos. Veinte. Treinta. Juliana dibujaba con una intensidad que rayaba en la obsesión, sin levantar la vista del papel. Santiago estaba a punto de irse, convencido de que no descubriría nada, cuando algo llamó su atención.
Mateo Fuentes entró en la biblioteca.
No llevaba audífonos. No llevaba escoltas. Iba solo, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, como si buscara algo que no sabía nombrar. Caminó entre los estantes con paso lento, sin rumbo, y de repente se detuvo.
Frente a él, a solo unos metros, estaba Juliana.
Santiago contuvo la respiración. Vio cómo Mateo se quedaba inmóvil, como una estatua, mirando a Juliana dibujar. No era una mirada de indiferencia. No era una mirada de desprecio. Era una mirada de algo que Santiago no podía nombrar, algo que le apretaba el pecho y le ardía en la garganta.
Él sí te mira, pensó, repitiendo sus propias palabras. Y no es una mirada cualquiera.
Mateo dio un paso hacia ella. Solo uno. Luego se detuvo, como si algo lo retuviera. Sus manos, dentro de los bolsillos, se cerraron en puños. Su mandíbula se tensó. Y luego, sin decir una palabra, dio media vuelta y se fue.
Santiago lo vio alejarse con el corazón latiendo a mil por hora. Algo estaba pasando entre Juliana y Mateo Fuentes. Algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Y él, Santiago, el amigo fiel, el que siempre estaba ahí, solo podía mirar desde lejos.
Cuando Juliana salió de la biblioteca, Santiago ya la estaba esperando en la puerta. Su rostro mostraba una expresión que ella no sabía interpretar.
—¿Todo bien? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Sí —respondió él, forzando una sonrisa—. Todo bien.
Caminaron juntos hacia la salida, en silencio. El sol se estaba poniendo y el cielo se teñía de naranja y violeta. Era un atardecer hermoso, de esos que Juliana habría dibujado en otra época.
—Santiago —dijo ella, de repente—. ¿Tú crees en los ángeles guardianes?
Él la miró, extrañado.
—¿Ángeles guardianes?
—Sí —dijo Juliana, mirando el horizonte—. Alguien que te protege sin que tú lo sepas. Alguien que aparece cuando más lo necesitas y desaparece antes de que puedas darle las gracias.
Santiago pensó en Mateo. Pensó en la forma en que la miraba. Pensó en las piedras que habían aparecido de la nada, en los hombres que habían huido, en la voz que le había dicho corre en la oscuridad.
—No sé —respondió al final—. Pero si existen, tú te mereces uno.
Juliana sonrió, una sonrisa pequeña, apenas un esbozo, pero la primera que Santiago le veía en días.
—Ojalá —dijo—. Porque a veces siento que no voy a poder sola.
Santiago quiso decirle que no estaba sola. Que él estaba ahí, que siempre había estado ahí, que nunca la dejaría. Pero las palabras se le atascaron en la garganta. Porque sabía, en el fondo de su corazón, que no era a él a quien Juliana buscaba.
—Nunca estás sola —dijo al final, y aunque era verdad, sonó a mentira.
El bus llegó. Juliana subió, se sentó junto a la ventana, y lo miró desde arriba.
—¡Hasta mañana, Santiago!
—Hasta mañana —respondió él, levantando la mano en un saludo.
Vio el bus alejarse hasta perderse en la curva. Se quedó allí un momento, solo en la parada, con el viento fresco de la tarde acariciándole la cara.
—Ojalá fuera yo —murmuró, y no supo si se refería a ser su ángel guardián o a ser el dueño de su mirada.
Pero el viento no respondió. Y Santiago se quedó allí, con el corazón encogido y la certeza de que, pase lo que pase, él estaría a su lado. Aunque ella nunca lo supiera. Aunque nunca le correspondiera.
Porque eso era el amor, ¿no? Estar ahí. Siempre. Sin pedir nada a cambio.