Capítulo 9: Las grietas del silencio

2004 Words
Juliana llevaba tres días sin poder dibujar. No es que hubiera perdido la habilidad o las ganas, sino que algo dentro de ella se había trabado, como un engranaje que no terminaba de encajar. Cada vez que tomaba un lápiz y enfrentaba el papel en blanco, las imágenes se le escapaban. Los castillos se derrumbaban antes de levantar la primera torre. Los jardines se secaban antes de que brotara la primera flor. Hasta el rostro de su abuela, que había dibujado cientos de veces, se le borraba de la memoria. —Es el estrés —le dijo Javi cuando se lo confesó, mordiendo una empanada con la despreocupación de quien no entiende de bloqueos artísticos—. Lo que necesitas es un buen susto. Mi mamá dice que el susto activa la creatividad. —Tu mamá también dice que el aguacero cura la gripe —lo interrumpió Santiago, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. No le hagas caso. Juliana esbozó una sonrisa débil, pero no dijo nada. En realidad, no necesitaba un susto. Necesitaba respuestas. Necesitaba saber quién era el hombre de la sombra, el que la había salvado dos veces de los esbirros de Ricardo. Necesitaba entender por qué Mateo Fuentes, el chico más frío e inalcanzable del colegio, aparecía en sus pensamientos cada vez que cerraba los ojos. Y sobre todo, necesitaba saber por qué, cuando él la miraba —porque Santiago tenía razón, él sí la miraba—, sentía un cosquilleo en el estómago que no sabía cómo llamar. No era amor. No podía ser amor. Apenas se conocían. Apenas habían cruzado unas pocas palabras. Pero era algo. Algo que le ardía en el pecho como una brasa mal apagada, que crecía cada vez que sus miradas se encontraban a través del salón, que la mantenía despierta hasta altas horas de la madrugada. —Estás otra vez en las nubes —dijo Santiago, sacándola de sus pensamientos. Su voz sonó más brusca de lo habitual, y Juliana notó que sus ojos se habían oscurecido—. ¿En qué piensas? —En nada —mintió, por enésima vez. —Mientes —respondió él, y esta vez no hubo dulzura en sus palabras. Era una afirmación seca, directa, como un golpe en la mesa—. Llevas una semana mintiendo, Juliana. Y yo estoy cansado de que me mientas. El silencio se hizo pesado entre ellos. Javi, que no era tonto, se excusó para ir al baño y los dejó solos. La mesa del comedor, siempre tan acogedora, de repente se sintió como un campo de batalla. —No te estoy mintiendo —dijo Juliana, bajando la voz—. Solo que hay cosas que no puedo contarte. —¿Por qué no? —preguntó Santiago, y en su voz había un dejo de dolor que ella no había escuchado antes—. ¿Acaso no soy tu amigo? ¿Acaso no he estado a tu lado desde el primer día? ¿Acaso no te he defendido de Laura, de los matones, de todo el mundo? —¡Claro que lo has hecho! —exclamó Juliana, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Eres el mejor amigo que he tenido en mi vida, Santiago. Pero esto esto no es asunto tuyo. Esto es peligroso. —¿Peligroso? —él arqueó una ceja, y su voz se llenó de ironía—. ¿Más peligroso que enfrentarse a Laura todos los días? ¿Más peligroso que comer arroz con frijoles mientras los demás cenan langosta? ¿Más peligroso que vivir con el miedo constante de que te echen del colegio porque tu beca depende de un promedio que se sostiene con hilos? Juliana no supo qué responder. Porque tenía razón. Santiago había atravesado el mismo infierno que ella, y lo había hecho con una sonrisa en la cara y un pan partido en dos para compartir. Él merecía saber la verdad. —Hay unos hombres —comenzó, y su voz tembló—. Unos hombres que me han seguido. Dos veces. Quieren llevarme con su jefe. Alguien a quien llaman "el patrón Ricardo". El rostro de Santiago palideció. —¿Ricardo? —repitió, como si el nombre le sonara de algún lugar—. ¿Ricardo Fuentes? —¿Lo conoces? —preguntó Juliana, sorprendida. —No lo conozco —respondió Santiago, pasándose una mano por el cabello—. Pero sé quién es. Es el hermano mayor de Mateo. El hijo mayor del Grupo Fuentes. Corre el rumor de que es un hombre peligroso, que no se detiene ante nada para conseguir lo que quiere. —¿Y qué quiere conmigo? —preguntó Juliana, aunque ya se imaginaba la respuesta. —Tú eres la debilidad de Mateo —dijo Santiago, y sus palabras cayeron como una sentencia—. Aunque Mateo no lo demuestre, aunque te ignore en el colegio, algo lo conecta contigo. Ricardo lo sabe. Y quiere usar eso en su contra. Juliana negó con la cabeza, incrédula. —Pero si Mateo ni siquiera me habla. ¿Cómo voy a ser su debilidad? Santiago la miró un largo momento. Sus ojos, antes llenos de calor, ahora estaban cargados de una tristeza que ella no sabía interpretar. —Porque no hace falta hablar para sentir, Juliana —dijo al final, en voz baja—. A veces el silencio dice más que mil palabras. Esa noche, Juliana no pudo dormir. Las palabras de Santiago resonaban en su cabeza como un eco interminable. No hace falta hablar para sentir. ¿Sería posible que Mateo sintiera algo por ella? ¿Algo que ni siquiera él mismo comprendía? Se levantó de la cama y fue a la ventana. La luna estaba alta y redonda, derramando su luz plateada sobre el barrio. En la calle, un perro ladró a lo lejos. En la casa de al lado, alguien tosió. La vida seguía su curso, ajena a sus tormentas internas. De repente, algo llamó su atención. Una sombra. Al otro lado de la calle, recortada contra la tenue luz de un poste. Una figura alta, delgada, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada. Juliana entrecerró los ojos, tratando de distinguir los rasgos. Pero la distancia y la penumbra se lo impedían. Solo podía ver la silueta, la postura, la forma en que miraba hacia su ventana como si pudiera verla a través de la cortina. El corazón le dio un vuelco. —¿Mateo? —susurró, aunque sabía que era imposible. La figura no se movió. Se quedó allí, inmóvil, como una estatua bajo la luna. Juliana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Quiso abrir la ventana, gritar, preguntar quién era. Pero el miedo la paralizó. El mismo miedo que la había acompañado desde la primera noche en el estacionamiento. Cuando volvió a mirar, la figura había desaparecido. Se quedó un largo rato con la frente pegada al vidrio, esperando que regresara. Pero la calle estaba vacía. Solo el poste, solo la luna, solo el eco de una presencia que tal vez nunca había estado allí. —¿Estoy volviéndome loca? —se preguntó en voz alta. La noche no respondió. A la mañana siguiente, Juliana llegó al colegio más temprano que nunca. Quería buscar a Mateo, quería enfrentarlo, quería preguntarle si era él quien la había salvado, si era él quien se paraba frente a su casa en medio de la noche, si era él quien la miraba como si fuera invisible y al mismo tiempo como si fuera lo único que valía la pena mirar. Pero cuando entró al salón, Mateo no estaba. Su puesto vacío, sin la mochila, sin los audífonos, sin esa presencia imponente que llenaba el aula de silencio. —¿Dónde está Fuentes? —preguntó al aire, sin dirigirse a nadie en particular. —Se fue —respondió una chica de cabello lacio, encogiendo los hombros—. Su papá lo llamó. Algo del grupo familiar. Juliana sintió un vacío en el pecho. No sabía por qué le afectaba tanto su ausencia. Apenas se conocían. Apenas habían cruzado unas palabras. Pero algo dentro de ella se apagó cuando supo que no lo vería ese día. Se sentó en su puesto, sacó su cuaderno de dibujos y empezó a trazar líneas sin pensar. Cuando levantó la vista, media hora después, se encontró con que había dibujado un rostro. Un rostro de ojos negros, mandíbula marcada, labios apretados en una línea de silencio. Mateo Fuentes. —Ay, Juliana —se dijo a sí misma, cerrando el cuaderno con fuerza—. En qué líos te estás metiendo. Afuera, el sol seguía brillando sobre la Academia San Ignacio. Adentro, una chica de gafas rotas descubría que el amor no entiende de clases sociales, ni de apellidos, ni de lógicas. El amor solo entiende de latidos. Esa tarde, mientras Juliana caminaba hacia la parada del bus, sintió de nuevo esa sensación de ser observada. Se detuvo en seco y miró a su alrededor. La calle estaba vacía. Los árboles se mecían con el viento. Las hojas caían formando pequeños remolinos. Pero ella sabía que no estaba sola. —Ya sé que estás ahí —dijo en voz alta, con el corazón en un puño—. Ya sé que eres tú. ¿Por qué no te muestras? El silencio fue su única respuesta. —Si quieres ayudarme, ayúdame de frente —insistió, con la voz quebrada—. No me hagas dudar. No me hagas sentir que estoy loca. Por un momento, nada ocurrió. Juliana estaba a punto de darse por vencida, de seguir caminando y convencerse de que había imaginado todo, cuando escuchó un ruido entre los arbustos. Una figura salió de entre las sombras. No era Mateo. Era Santiago. —¿Tú? —preguntó Juliana, desconcertada—. ¿Eres tú quien me ha estado siguiendo? Santiago bajó la cabeza, como un niño al que han sorprendido en falta. —No quería que te pasara nada —dijo, en voz baja—. Desde que me contaste lo de los hombres, no he podido dormir. Salgo todas las noches a vigilar tu casa. Y vengo temprano a asegurarme de que llegues bien al colegio. Juliana sintió una mezcla de gratitud y confusión. —¿Por qué no me lo dijiste? —Porque sabía que te ibas a enojar —respondió Santiago, levantando la vista—. Porque sabía que ibas a decir que no necesitas protección, que puedes sola. Y es verdad, Juliana. Puedes sola. Pero no deberías tener que hacerlo. Ella se quedó en silencio, mirándolo. Santiago era un buen amigo. El mejor. Pero algo en su pecho le decía que no era él quien la había salvado de los hombres de Ricardo. No era él quien había lanzado esas piedras con tanta precisión. No era él quien la miraba desde la oscuridad con ojos negros y vacíos. —Gracias, Santiago —dijo al final, tocándole el brazo—. De verdad. Pero no eres tú. Él frunció el ceño. —¿Qué quieres decir? —Que no eres tú —repitió ella, y en su voz había una certeza que dolía—. El que me salva... no eres tú. Santiago la miró un largo momento. Sus ojos, antes llenos de esperanza, se llenaron de una tristeza infinita. —Es él, ¿verdad? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta—. Es Mateo. Juliana no dijo nada. No hizo falta. Su silencio fue más elocuente que mil palabras. Santiago asintió, como si hubiera recibido un golpe y estuviera tratando de mantenerse en pie. —Cuídate —dijo, y se dio la vuelta. —Santiago.. —No te preocupes —respondió él, sin mirarla—. Seguiré siendo tu amigo. Siempre. Pero déjame respirar un momento, ¿sí? Y se fue calle abajo, con las manos en los bolsillos y el corazón hecho pedazos, mientras Juliana lo veía alejarse con una culpa que no sabía cómo nombrar.
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