Pasaron tres días antes de que Mateo regresara al colegio. Tres días en los que Juliana no hizo otra cosa que pensar en él, dibujarlo, soñarlo. Tres días en los que Santiago la acompañó en silencio, respetando su espacio, pero con una tristeza en los ojos que ella no podía ignorar.
Cuando Mateo apareció por la puerta del salón, el lunes por la mañana, el mundo se detuvo. No fue un cambio físico. Él seguía siendo el mismo de siempre: el uniforme impecable, los audífonos puestos, la mirada perdida en algún lugar que nadie más podía ver. Pero algo en su presencia llenaba el aula de una tensión eléctrica, como antes de una tormenta.
Juliana lo miró. Por un instante, sus ojos se encontraron. Y esta vez, él no desvió la mirada. Fue apenas un segundo, quizá dos. Pero en ese breve lapso, Juliana vio algo que no había visto antes. Cansancio. Oscuridad. Y también, si se esforzaba por creerlo, un atisbo de algo parecido al alivio. Luego él bajó la vista y se sentó en su puesto, y el momento se rompió como un espejo.
—¿Viste? —susurró Santiago a su lado—. Te miró.
—No fue nada —respondió ella, aunque su corazón latía tan fuerte que temía que todos lo escucharan.
—Fue todo —dijo Santiago, y en su voz no había rencor, solo una certeza que dolía.
Esa tarde, Juliana salió de la biblioteca más temprano de lo habitual. La cabeza le pesaba y los párpados le ardían de tanto desvelo. Necesitaba aire fresco, caminar, despejarse. El patio estaba vacío. El sol, ya bajo, pintaba el cielo de tonos naranjas y violetas. Las sombras se alargaban en el suelo como dedos que buscaban atraparla. Juliana caminó sin rumbo, dejando que el viento fresco le acariciara la cara, tratando de ordenar los pensamientos que la atormentaban.
No escuchó los pasos hasta que fue demasiado tarde.
—Juliana.
Se detuvo en seco. Esa voz. Grave. Profunda. La voz que había escuchado en la oscuridad, la que le había dicho corre dos veces.
Se giró lentamente, con el corazón en la garganta.
Mateo Fuentes estaba a unos pocos metros de distancia, solo, sin sus escoltas, sin los audífonos, sin la máscara de indiferencia que lo acompañaba siempre. Sus manos colgaban a los costados, abiertas, como si estuviera mostrando que no llevaba armas. Sus ojos negros la miraban con una intensidad que la desarmaba.
—¿Tú? —atinó a decir Juliana, y su voz sonó tan pequeña que casi no se escuchó—. ¿Eres tú el que me ha estado siguiendo?
Mateo no respondió de inmediato. Se quedó allí, mirándola, como si estuviera buscando las palabras en algún lugar profundo de su interior.
—Sí —dijo al fin, y esa sola palabra pesó más que un discurso.
Juliana sintió un torbellino de emociones. Rabia, por haberla hecho dudar. Confusión, por no entender por qué. Y también, aunque no quería admitirlo, un alivio inmenso.
—¿Por qué? —preguntó, dando un paso hacia él—. ¿Por qué me sigues? ¿Por qué me salvas? ¿Por qué me miras como si te importara y al día siguiente me ignoras como si no existiera?
Mateo apretó la mandíbula. Sus manos se cerraron en puños dentro de los bolsillos.
—No es fácil de explicar —respondió, y su voz era apenas un susurro.
—Pues inténtalo —lo desafió Juliana—. Porque yo llevo días sin dormir, pensando que me estoy volviendo loca, preguntándome si todo esto es real o un sueño. Así que inténtalo, Mateo. Explícamelo.
Él bajó la vista. Por un momento, pareció un niño, no el heredero del imperio Fuentes, no el chico más rico e inalcanzable del colegio. Solo un chico asustado, atrapado en una vida que no había elegido.
—Mi hermano Ricardo quiere destruirme —dijo, y su voz tembló ligeramente—. No le importan los medios. No le importa a quién lastime en el camino. Y cuando supo que tú... cuando supo que yo...
Se interrumpió, como si las palabras se le atascaran en la garganta.
—¿Qué? —lo instó Juliana—. ¿Qué supo?
Mateo levantó la vista y la miró. Por primera vez, sus ojos no estaban vacíos. Estaban llenos de algo que ella no sabía nombrar, pero que le hizo cosquillas en el estómago.
—Que no puedo dejar de pensar en ti —dijo, y la confesión cayó como un rayo en la tarde tranquila—. Que desde el primer día, desde que me devolviste ese lápiz en el salón, algo en mí cambió. Y Ricardo lo sabe. Por eso te quiere usar. Por eso te sigue. Porque soy débil cuando se trata de ti.
Juliana se quedó sin aliento. No sabía qué responder. Sus palabras se habían ido a algún lugar lejano, y solo le quedaban los latidos del corazón, tan fuertes que parecían retumbar en todo el patio.
—¿Por qué me ignoras entonces? —preguntó, y su voz sonó quebrada—. ¿Por qué me tratas como si no existiera?
—Porque si no lo hago, me matan —respondió Mateo, y su voz era tan sincera que dolía—. Porque si Ricardo sospecha que me importas de verdad, no se detendrá hasta hacerte daño. Y yo no podría vivir con eso.
Juliana sintió una lágrima rodar por su mejilla. No supo cuándo había empezado a llorar, pero allí estaba, mojándole la cara, cayendo sobre el suelo de tierra del patio vacío.
—No te pedí que pensaras en mí —dijo, en un hilo de voz—. No te pedí que me salvaras. No te pedí nada.
—Lo sé —respondió Mateo, y dio un paso hacia ella—. Por eso no puedo dejar de hacerlo. Porque tú nunca me pediste nada. Y eso... eso es lo que te hace diferente.
Estuvieron así un largo rato, frente a frente, con el sol cayendo a sus espaldas y el viento meciéndoles el cabello. Nadie hablaba. Nadie se movía. Solo se miraban, como dos náufragos que han encontrado tierra después de una larga travesía.
—¿Y ahora qué? —preguntó Juliana al final.
Mateo suspiró. Pasó una mano por su cabello oscuro, en un gesto que ella nunca le había visto hacer.
—Ahora, nada —respondió—. Ahora vuelvo a ignorarte en el colegio. Vuelvo a tratarte como si no existieras. Y tú vuelves a tu vida, con Santiago y con Javi, y haces como si esto nunca hubiera pasado.
—¿Y los hombres de Ricardo? —preguntó ella.
—Yo me encargo —dijo Mateo, y en su voz había una determinación férrea—. No volverán a molestarte. Te lo prometo.
Juliana quiso creerle. Necesitaba creerle. Pero algo en su interior le decía que las promesas de los ricos no valían más que el papel en el que no estaban escritas.
—Está bien —dijo, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Haré como si esto nunca hubiera pasado. Pero quiero que sepas una cosa.
—¿Qué?
—Que no soy tan frágil como crees —dijo Juliana, levantando la barbilla—. Que he sobrevivido a cosas peores que los esbirros de tu hermano. Y que si algún día decides dejar de ignorarme, aquí estaré. Pero no voy a esperarte eternamente.
Mateo la miró un largo momento. Algo brilló en sus ojos. Algo que se parecía al respeto.
—Lo tendré en cuenta —dijo.
Y se dio la vuelta, caminando hacia la salida del colegio con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha.
Juliana se quedó mirándolo hasta que desapareció tras la esquina. El sol ya se había puesto y las sombras la envolvían como un manto. El viento sopló más fuerte, trayendo consigo el olor a tierra mojada y a promesas rotas.
—¿Y ahora qué, Juliana? —se preguntó en voz alta.
No hubo respuesta. Solo el eco de sus propios pasos mientras caminaba hacia la parada del bus, con el corazón lleno de preguntas y la cabeza llena de un par de ojos negros que no podía olvidar.