Capítulo 11 Pactos en la sombra

1564 Words
Después de aquella tarde en el patio, después de que Mateo le confesara que no podía dejar de pensar en ella, los días siguientes fueron un ejercicio de fingir normalidad. Juliana llegaba al colegio, se sentaba en su puesto, dibujaba en su cuaderno, comía con Santiago y Javi, y regresaba a su casa como si nada hubiera pasado. Como si Mateo Fuentes no le hubiera dicho que era débil cuando se trataba de ella. Como si no hubiera un pacto secreto entre ellos, invisible a los ojos de los demás, pero tan real como el suelo que pisaba. Pero la normalidad era frágil, una burbuja de jabón que cualquier corriente de aire podía romper. Lo notó primero en las miradas. Laura ya no se limitaba a humillarla en el comedor o en los pasillos. Ahora la observaba. La estudiaba. Como una científica que examina un espécimen antes de diseccionarlo. Sus ojos la seguían a todas partes, fríos, calculadores, buscando algo que Juliana no sabía qué era. —Esa tipa tiene algo contra ti —dijo Javi una tarde, mientras pelaban naranjas en el patio trasero—. Y no es solo lo de siempre. Es algo más. Como si supiera algo que tú no sabes. —Laura siempre tiene algo contra mí —respondió Juliana, encogiendo los hombros—. No es nada nuevo. —No, no —insistió Javi, moviendo la cabeza—. Esto es distinto. Antes te humillaba por humillar. Porque sí. Porque podía. Ahora te mira como si estuviera esperando que cometas un error. Como si estuviera buscando algo. Santiago, que había estado en silencio, dejó la naranja a un lado. —Javi tiene razón —dijo, y su voz era seria—. Laura sabe algo. Y si Laura sabe algo, significa que alguien se lo dijo. Juliana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Pensó en Mateo. Pensó en el patio vacío, en sus palabras, en la promesa de que nadie se enteraría. ¿Habría alguien más escuchando? ¿Alguien que los hubiera visto? ¿Alguien que hubiera contado? —No sé de qué hablan —mintió—. Laura es Laura. Siempre será Laura. No le busquen tres pies al gato. Santiago la miró un momento, como si quisiera decir algo más. Pero al final solo asintió y volvió a su naranja. —Como digas —murmuró. Pero Juliana sabía que no le había creído. La oportunidad de Laura llegó el jueves, en la clase de educación física. Era un día caluroso, de esos en que el sol aplasta y el asfalto brilla como un espejo. Los estudiantes se habían dispersado por el campo de fútbol, unos jugando, otros sentados a la sombra. Juliana estaba en una esquina, con su cuaderno de dibujos, tratando de capturar la forma de un árbol viejo que crecía junto a la cerca. No vio a Laura acercarse. —¿Dibujando? —dijo Laura, apareciendo detrás de ella como un fantasma—. Siempre dibujando. ¿No te cansas de dibujar pendejadas? Juliana cerró el cuaderno de golpe. —¿Qué quieres, Laura? —Hablar —respondió Laura, y su sonrisa era tan falsa como una moneda de cartón—. ¿No pueden dos compañeras hablar? —Tú y yo no somos compañeras —dijo Juliana, levantándose—. Tú eres mi verdugo. Y yo soy tu víctima. No hay nada que hablar. Laura rió, una risa corta y afilada como un cuchillo. —Qué dramática eres, Castro. Pareces actriz de telenovela. —Déjame en paz —dijo Juliana, e intentó alejarse. Pero Laura la agarró del brazo. Sus dedos eran como garras, afilados y duros. —Todavía no termino —dijo, y su voz perdió todo rastro de diversión—. Sé lo de Mateo. Juliana sintió el corazón detenerse. —¿Qué sabes? —Sé que se ven a escondidas —susurró Laura, acercándose tanto que su aliento le rozó la mejilla—. Sé que él te sigue. Sé que tú eres su debilidad. —No es cierto —dijo Juliana, y su voz tembló—. No nos vemos. No somos nada. —Mentirosa —siseó Laura—. Los vi. El lunes, en el patio. Estuvieron hablando un buen rato. Y no era una conversación cualquiera. Juliana quiso negarlo, quiso inventar una excusa, quiso huir. Pero sus piernas no respondían. Estaba atrapada, como un pájaro en una jaula. —No sé de qué hablas —repitió, por enésima vez. Laura la soltó, pero no se alejó. La miró con una mezcla de desprecio y fascinación. —Eres más tonta de lo que creía —dijo—. Mateo Fuentes no es para ti. Nunca lo será. Eres pobre, fea, insignificante. No tienes nada que ofrecerle. Solo problemas. Solo vergüenza. Las palabras dolieron más de lo que Juliana quería admitir. Pero no iba a llorar. No delante de Laura. —¿Ya terminaste? —preguntó, con la voz más firme de lo que se sentía. —Por ahora —respondió Laura, y en sus ojos brilló algo peligroso—. Pero esto no se acaba aquí. Te lo advierto, Castro. Si sigues metiéndote donde no te llaman, vas a arrepentirte. Se dio la vuelta y se alejó, con su séquito siguiéndola como sombras. Juliana se quedó allí, temblando, con el cuaderno apretado contra el pecho y las lágrimas amenazando con salir. —¿Estás bien? —preguntó una voz a sus espaldas. Era Santiago. Había visto todo desde lejos, y ahora corría hacia ella con el rostro demudado. —Estoy bien —mintió Juliana—. Solo fue Laura siendo Laura. —No fue solo Laura siendo Laura —dijo Santiago, y su voz era grave—. Te estaba amenazando. La vi. La escuché. —No importa —respondió Juliana, secándose los ojos con el dorso de la mano—. No le tengo miedo. —Pues deberías —dijo Santiago, y en sus palabras había una advertencia—. Laura no es tonta. Y cuando se obsesiona con alguien, no para hasta destruirlo. Juliana no respondió. Solo miró el horizonte, donde las nubes grises empezaban a acumularse, anunciando una tormenta. Esa noche, Juliana no fue a la biblioteca. En lugar de eso, se sentó en una banca del patio principal, bajo la luz mortecina de un farol, esperando. No sabía qué esperaba. A Mateo, tal vez. A una señal. A una respuesta que le devolviera la tranquilidad. El colegio estaba vacío y silencioso. El viento mecía los árboles y las hojas caían formando pequeños remolinos. En algún lugar, un grillo cantaba. En otro, un perro ladraba a lo lejos. Pasaron diez minutos. Veinte. Media hora. Juliana estaba a punto de rendirse cuando escuchó pasos. —¿Me estabas esperando? —preguntó Mateo, apareciendo de entre las sombras. —No —mintió ella—. Solo necesitaba aire. Mateo se sentó en la banca, a una distancia prudente. No la miraba. Miraba el cielo, donde las primeras estrellas empezaban a brillar. —Laura sabe lo nuestro —dijo Juliana, sin rodeos. Mateo no se sorprendió. Asintió, como si ya lo supiera. —Lo imaginaba. Tiene informantes en todas partes. —¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Juliana, con un nudo en la garganta. —Nada —respondió Mateo—. Seguir como hasta ahora. Ignorarnos. Fingir que no nos importamos. —¿Y si no puedo? —susurró Juliana. Mateo giró la cabeza y la miró. Por un momento, su máscara de hielo se resquebrajó, dejando ver algo que ella no había visto antes. Miedo. Inseguridad. Y también, si se esforzaba por creerlo, algo parecido al deseo. —Vas a poder —dijo, con una certeza que sonó a ruego—. Tenés que poder. Por tu bien. Por el mío. Juliana quiso gritarle que era injusto, que no había pedido estar en medio de esa guerra, que solo quería dibujar en paz y comer empanadas con sus amigos. Pero las palabras se le atascaron en la garganta. —Está bien —dijo al final—. Seguiré fingiendo. Mateo asintió. Se levantó de la banca, dio unos pasos, y se detuvo. —Juliana —dijo, sin mirarla. —¿Qué? —Gracias. Por no rendirte. Y se fue, desapareciendo entre las sombras como había llegado. Juliana se quedó sola en la banca, con el viento fresco acariciándole la cara y el corazón lleno de preguntas. —¿Y si no quiero fingir? —murmuró, pero ya no había nadie para escucharla. Esa noche, en su casa, Juliana no dibujó. Se sentó en la cama, con la mirada perdida en la pared, y se permitió sentir. Rabia. Miedo. Confusión. Y también, aunque no quería admitirlo, un sentimiento cálido que le crecía en el pecho cada vez que pensaba en los ojos negros de Mateo. —¿Qué me estás haciendo? —susurró en la oscuridad. La noche no respondió. Pero algo en su interior sí. Algo que se parecía peligrosamente a la esperanza. Afuera, la luna brillaba alta y redonda, derramando su luz sobre el barrio pobre de Juliana. Y en la mansión de los Fuentes, Mateo miraba el techo de su habitación con una sonrisa que no había usado en años. —Gracias por no rendirte —repitió, saboreando las palabras como un caramelo. Y por primera vez en mucho tiempo, durmió en paz.
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