El viernes llegó con un cielo encapotado y amenazas de lluvia. Juliana se despertó con una sensación de inquietud que no podía explicar, como si algo malo estuviera a punto de ocurrir. Se vistió con su uniforme gastado, se puso las gafas rotas que había reparado con cinta adhesiva, y salió de su casa con el corazón pesado.
En el bus, repasó mentalmente las palabras de Mateo. Vas a poder. Tenés que poder. ¿Pero cómo se finge que alguien no te importa cuando no puedes dejar de pensar en él? ¿Cómo se mira hacia otro lado cuando sus ojos negros te siguen a todas partes?
No tenía respuestas. Solo preguntas.
Cuando llegó al colegio, el ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica. Los estudiantes murmuraban en grupos, cuchicheaban al pasar, la miraban con ojos de sospecha. Juliana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo había pasado. Algo que ella no sabía.
—¡Juliana! —la llamó Javi desde el otro lado del pasillo, corriendo hacia ella con el rostro demudado—. Tenemos que hablar.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, con un nudo en la garganta.
—Laura —dijo Javi, bajando la voz—. Esta mañana, antes de que llegaras, andaba mostrando algo en su celular. No sé qué era, pero las amigas se reían y miraban hacia tu puesto. Huelo a problema.
Juliana sintió el corazón en un puño. Quiso buscar a Santiago, pero no lo vio por ningún lado. Quiso buscar a Mateo, pero sabía que no podía. El pacto era claro: en el colegio, eran extraños.
—No te preocupes —dijo, tratando de sonar más tranquila de lo que se sentía—. Laura siempre está inventando cosas. No va a pasar nada.
Javi la miró con escepticismo, pero no dijo nada más. La acompañó al salón en silencio, con los puños apretados y la mirada vigilante.
La primera hora pasó sin incidentes. La segunda también. Juliana empezaba a creer que había sido un falso alarmo, que Javi había exagerado, que Laura se había contentado con rumores menores.
Pero entonces llegó el recreo.
Estaba caminando hacia el patio cuando sintió un tirón en el cabello. Se giró y se encontró con Laura, rodeada de su séquito, con una sonrisa de triunfo en los labios.
—¿Adónde vas tan apurada, cucaracha? —dijo Laura, con voz melosa—. ¿No quieres ver lo que tengo en mi celular?
—No me interesa —respondió Juliana, intentando seguir su camino.
Pero las amigas de Laura le bloquearon el paso. Estaban todas a su alrededor, formando un círculo del que no podía escapar.
—Te va a interesar —dijo Laura, y sacó su teléfono—. Porque tiene que ver con tu noviecito.
El corazón de Juliana dio un vuelco. Mateo.
Laura le mostró la pantalla. En ella, una fotografía borrosa pero reconocible: dos personas sentadas en una banca, bajo la luz de un farol, mirándose como si el mundo no existiera alrededor.
Eran ella y Mateo. La noche anterior, en el patio.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Juliana, y su voz salió más temblorosa de lo que quería.
—Tengo mis fuentes —respondió Laura, con una sonrisa de satisfacción—. La pregunta es: ¿qué dirá el colegio cuando se entere de que la becada se está tirando al heredero de los Fuentes? ¿Qué dirá su papá? ¿Qué dirá su hermano?
—No es lo que parece —dijo Juliana, pero sabía que sus palabras sonaban huecas, inútiles.
—Siempre es lo que parece —contestó Laura, guardando el teléfono—. Y esto, mi querida cucaracha, es el principio de tu fin.
Se dio la vuelta y se fue, con su séquito siguiéndola como perros falderos. Juliana se quedó en medio del pasillo, temblando, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón hecho pedazos.
—¿Juliana? —escuchó una voz a su espalda.
Era Santiago. Había visto todo desde lejos y ahora corría hacia ella con el rostro preocupado.
—¿Qué pasó? ¿Qué te mostró? —preguntó, tomándola del brazo.
—Una foto —respondió Juliana, con la voz quebrada—. Una foto de Mateo y yo. En el patio. Anoche.
El rostro de Santiago palideció.
—¿Ella los vio?
—No lo sé —dijo Juliana, pasándose una mano por el cabello—. Pero tiene la foto. Y va a usarla.
Santiago apretó la mandíbula. Sus ojos, antes cálidos, ahora estaban llenos de una furia contenida.
—Hay que hacer algo antes de que se la muestre a alguien más.
—¿Como qué? —preguntó Juliana, desesperada—. ¿Qué podemos hacer?
Santiago la miró un largo momento. Luego, como si hubiera tomado una decisión, le apretó el brazo.
—Confía en mí.
Y se fue, calle abajo, con paso firme y decidido.
Juliana quiso seguirlo, pero sus piernas no respondieron. Se quedó allí, en medio del pasillo, con el eco de sus pasos alejándose y el corazón latiéndole tan fuerte que creía que todos podían escucharlo.
El resto del día fue una agonía. Juliana no podía concentrarse en las clases. Su mirada iba de la puerta a la ventana, esperando que algo ocurriera, que alguien entrara, que Laura hiciera pública la foto.
Pero nada pasó.
Laura la miró varias veces, con esa sonrisa de suficiencia que la ponía los pelos de punta. Pero no dijo nada. No mostró el teléfono. No hizo ningún movimiento.
Al salir, Juliana se encontró con Santiago en la puerta. Su rostro estaba serio, pero sus ojos tenían un brillo distinto.
—¿Qué hiciste? —preguntó ella, agarrándolo del brazo.
—Hablé con Mateo —respondió Santiago, en voz baja—. Le conté lo de la foto.
—¿Y qué dijo?
—Dijo que se iba a encargar.
Juliana sintió una mezcla de alivio y miedo. Mateo encargándose significaba que Ricardo se enteraría. Y Ricardo encargándose significaba peligro.
—No debiste hacerlo —dijo, soltándolo—. Esto es asunto mío.
—Eres mi amiga —respondió Santiago, con una firmeza que no admitía réplica—. Tus problemas son mis problemas. Siempre.
Juliana quiso decirle que no era justo, que él no merecía estar metido en ese lío, que ya bastante tenía con su propia vida. Pero las palabras se le atascaron en la garganta.
—Gracias —dijo al final, en un hilo de voz.
Santiago asintió, sin decir nada más. Y juntos caminaron hacia la parada del bus, bajo un cielo que amenazaba con desmoronarse.
Esa noche, Juliana no fue a la biblioteca. No salió de su casa. Se encerró en su habitación, con el cuaderno de dibujos en el regazo, y se quedó mirando la pared.
La foto. Laura. Mateo. Todo daba vueltas en su cabeza como un torbellino del que no podía escapar.
—¿Qué hago? —se preguntó en voz alta.
No hubo respuesta.
Pero entonces, su celular vibró. Un mensaje de un número desconocido.
"No te preocupes por la foto. Ya no existe. Pero ten cuidado. Ricardo sabe todo. No confíes en nadie. —M"
Juliana leyó el mensaje una, dos, tres veces. Sus manos temblaban. Su corazón latía con fuerza.
—Mateo —susurró.
Quiso responder, quiso preguntarle cómo había hecho desaparecer la foto, quiso pedirle que la sacara de allí, que la llevara a algún lugar donde nadie pudiera encontrarlos. Pero sus dedos no se movieron.
En lugar de eso, guardó el celular, cerró el cuaderno, y se acostó en la cama.
Afuera, la lluvia comenzó a caer, gruesa y fría, como si el cielo también estuviera llorando.
Y Juliana se quedó allí, en la oscuridad, con los ojos abiertos y el corazón lleno de preguntas.
Porque sabía, en el fondo de su alma, que aquello no había terminado.
Que apenas estaba empezando.