El auto n***o se movía por calles que Juliana no reconocía. Iba mirando por la ventana, tratando de memorizar las esquinas, los letreros, los árboles, pero todo pasaba demasiado rápido. Mateo estaba a su lado, en silencio, con la mirada fija en el camino. Sus manos seguían ensangrentadas, aunque había tratado de limpiarlas con un pañuelo.
—¿Adónde vamos? —preguntó Juliana, rompiendo el silencio.
—A un lugar seguro —respondió Mateo, sin mirarla—. Mi familia tiene varias propiedades desocupadas. Nadie las revisa. Ricardo no las conoce todas.
—¿Y tu padre?
—Mi padre está en Europa. No vuelve hasta dentro de un mes. Para entonces, esto ya se habrá resuelto.
Juliana quiso preguntarle cómo iba a resolverse, pero algo en su tono la detuvo. Mateo parecía cansado, más de lo habitual. Las ojeras bajo sus ojos negros eran profundas, como surcos en un campo reseco. Había una tensión en su mandíbula, una rigidez en sus hombros, que delataban el esfuerzo que hacía por mantenerse firme.
El auto se detuvo frente a una casa antigua, de esas que parecen sacadas de una película de época. Rejas de hierro forjado, jardín descuidado, fachada de piedra cubierta de hiedra. No parecía habitada, pero tampoco abandonada del todo.
—¿Esto es tuyo? —preguntó Juliana, mientras Mateo la ayudaba a bajar.
—De mi madre —respondió él, sacando una llave del bolsillo—. Ella la compró antes de irse. Nadie más tiene la llave.
Entraron por una puerta lateral que daba a un patio interior. El aire olía a polvo y a humedad, a cosas viejas que el tiempo había ido cubriendo con su manto. Juliana observó todo con curiosidad: los muebles cubiertos con sábanas blancas, las lámparas de araña cubiertas de telarañas, los cuadros colgando en las paredes, retratos de personas que no conocía.
—¿Tu madre era artista? —preguntó, señalando un paisaje al óleo.
—Pintaba —respondió Mateo, y su voz se suavizó—. Era lo único que le gustaba hacer. Mi padre decía que era una pérdida de tiempo, que debía dedicarse a cosas más importantes. Pero ella seguía pintando. A escondidas.
Juliana sintió un nudo en la garganta. Podía imaginar a esa mujer, encerrada en una mansión, buscando refugio en el arte como ella lo hacía en sus dibujos.
—Lamento que se haya ido —dijo.
Mateo no respondió. Subió las escaleras en silencio, y ella lo siguió.
El segundo piso era más acogedor. Había una habitación pequeña, con una cama de hierro forjado y una ventana que daba al jardín trasero. Las sábanas olían a limpio, recién cambiadas.
—Dormirás aquí —dijo Mateo—. Yo estaré en la habitación de al lado. Si necesitas algo, golpea la pared.
—¿Y si vienen los hombres de Ricardo? —preguntó Juliana.
—No van a venir —respondió Mateo, con una seguridad que sonó a ruego—. Nadie sabe que este lugar existe. Estás a salvo.
Juliana quiso creerle. Necesitaba creerle. Pero algo en su interior le decía que la calma era solo una tregua, que la guerra seguía ahí afuera, esperando.
—Gracias —dijo, en un hilo de voz.
Mateo la miró un momento. Luego, sin decir una palabra, se dio la vuelta y salió de la habitación.
Juliana se quedó sola, en esa cama que no era la suya, en esa casa que no conocía, con el corazón lleno de preguntas y la cabeza llena de miedo. Se acostó sin desvestirse, abrazando la almohada como si fuera un escudo, y cerró los ojos.
No durmió bien. Los sueños la persiguieron toda la noche: hombres de n***o, sombras que la acorralaban, una voz que le decía corre mientras ella corría sin avanzar. Cuando despertó, ya era de día. La luz del sol entraba por la ventana y dibujaba figuras en el suelo.
—¿Juliana? —escuchó la voz de Mateo del otro lado de la puerta—. ¿Estás despierta?
—Sí —respondió, incorporándose.
—Hay desayuno abajo. Si quieres bajar.
Se levantó, se estiró, y salió de la habitación. Mateo ya estaba en la cocina, preparando algo en una estufa vieja. Sobre la mesa, dos platos con huevos revueltos y pan tostado.
—No sabía si te gustaba el café —dijo Mateo, señalando una jarra humeante—. Así que hice también té.
—Té está bien —respondió Juliana, sentándose.
Comieron en silencio. No era un silencio incómodo, sino uno de esos que se dan cuando dos personas han compartido tanto que las palabras sobran. Juliana miraba a Mateo de reojo, observando la forma en que movía la taza, la manera en que mordía el pan, los gestos pequeños que lo hacían humano.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó al final.
Mateo dejó la taza sobre la mesa y la miró.
—Voy a hablar con Ricardo —dijo—. Voy a ponerle un ultimátum.
—¿Y si no acepta?
—Entonces tendré que hacer algo que no quiero hacer.
Juliana sintió un escalofrío.
—¿Qué cosa?
Mateo no respondió. Solo la miró, con esos ojos negros que podían ser fríos como el hielo o cálidos como el fuego, según el momento.
—No te preocupes por eso —dijo—. Tú solo quédate aquí. Dibuja. Descansa. No salgas por ningún motivo.
—¿Y mi abuela? —preguntó Juliana, con el corazón encogido—. ¿Quién la cuida?
—Ya mandé a alguien —respondió Mateo—. Una enfermera. Está con ella las veinticuatro horas. No le va a pasar nada.
Juliana sintió un alivio inmenso. No sabía cómo lo había hecho, no sabía cómo había conseguido organizar todo tan rápido, pero no le importaba. Su abuela estaba a salvo. Eso era lo único que importaba.
—Gracias —dijo, y esta vez su voz se quebró—. Gracias por todo.
Mateo se levantó de la silla, dio la vuelta a la mesa, y se arrodilló frente a ella. La miró a los ojos, con una intensidad que le cortaba la respiración.
—No me des las gracias —dijo—. Todo esto es mi culpa. Si no fuera por mí, no estarías aquí. No estarías en peligro.
—No es tu culpa —respondió Juliana, tomándole las manos—. Tú no elegiste a tu hermano. Tú no elegiste esta vida.
—Pero elegí acercarme a ti —dijo Mateo, y su voz era apenas un susurro—. Y eso... eso fue egoísta.
Juliana negó con la cabeza.
—No fue egoísta —dijo—. Fue valiente. Y yo no quiero que te arrepientas.
Mateo la miró un largo momento. Sus rostros estaban muy cerca, tanto que Juliana podía sentir su aliento en la mejilla. El corazón le latía tan fuerte que creía que él podía escucharlo.
—Nunca me arrepentiré —dijo Mateo—. Pase lo que pase.
Y entonces, sin que ninguno de los dos supiera muy bien cómo, sus labios se encontraron.
Fue un beso suave, breve, casi tímido. Como si ambos tuvieran miedo de romper algo frágil. Pero en ese instante, Juliana sintió que el mundo se detenía. Que el tiempo se congelaba. Que todo lo demás dejaba de importar.
Cuando se separaron, Mateo tenía una sonrisa en los labios. Una sonrisa pequeña, pero real.
—Eso estuvo... —comenzó a decir.
—No lo arruines —lo interrumpió Juliana, riendo.
Y se quedaron allí, en esa cocina vieja, con los platos sobre la mesa y el sol entrando por la ventana, sintiendo que el universo entero les pertenecía.
Esa tarde, Juliana dibujó.
Se sentó en el jardín trasero, con un cuaderno que Mateo había encontrado en algún armario, y empezó a trazar líneas. No era un castillo, ni una casa con jardín. Era un rostro. El rostro de Mateo, con sus ojos negros y su sonrisa pequeña, con esa luz que solo ella conocía.
Cuando terminó, lo miró un largo rato, y supo que aquel dibujo era diferente a todos los que había hecho antes.
Porque no era un sueño.
Era real.