Capítulo 17: Los muros que caen

1361 Words
Los días en la casa de la madre de Mateo se convirtieron en una burbuja de tiempo suspendido. Afuera, el mundo seguía su curso: el colegio, los estudios, las clases, los exámenes. Adentro, solo existían ellos dos, el crujir de las maderas viejas, la luz del sol filtrándose por las cortinas polvorientas, y el silencio roto por conversaciones que iban de lo trivial a lo profundo sin transiciones. Juliana llevaba cuatro días encerrada. Cuatro días sin ver a su abuela, sin hablar con Santiago, sin pisar la calle. Cuatro días viviendo en una casa que no era la suya, durmiendo en una cama que no conocía, despertando con el sonido de los pájaros en el jardín trasero y el olor a café recién hecho que Mateo preparaba cada mañana. Se había acostumbrado a él. A su silencio matutino, cuando apenas pronunciaba dos palabras antes del segundo café. A su forma de mirar por la ventana cuando creía que nadie lo veía, como si buscara algo en el horizonte. A su risa ronca, tan escasa, cuando ella contaba alguna anécdota de su abuela o de Javi peleando con la máquina expendedora. Y él también se había acostumbrado a ella. A sus dibujos esparcidos por todas las superficies de la casa. A su costumbre de morderse el labio cuando estaba concentrada. A su risa nerviosa, esa que soltaba cuando no sabía qué decir. A la forma en que, sin darse cuenta, tarareaba canciones mientras lavaba los platos. Habían pasado de ser dos desconocidos unidos por las circunstancias a ser dos personas que no podían dejar de pensar la una en la otra. Y aunque ninguno lo decía en voz alta, ambos lo sabían. —Hoy tengo que salir —dijo Mateo una mañana, mientras desayunaban en la cocina. Su voz sonó grave, tensa. Juliana dejó la taza de té en la mesa. —¿A dónde vas? —A ver a Ricardo —respondió él, sin mirarla—. Ya es hora de que hablemos cara a cara. —¿Y si no quiere hablar? —preguntó ella, sintiendo el miedo en el estómago—. ¿Y si te hace daño? Mateo levantó la vista. Sus ojos negros brillaban con una determinación que helaba la sangre. —No me va a hacer daño —dijo—. No en público. No cuando hay testigos. Lo conozco. Es un cobarde. —Déjame ir contigo —pidió Juliana, aunque sabía que la respuesta sería negativa. —No —respondió Mateo, y su voz fue tajante—. No voy a arriesgarte. Te quedas aquí. No abras la puerta a nadie. No contestes el teléfono. No salgas al jardín si escuchas ruido. —Mateo... —Por favor —dijo él, y su voz se quebró apenas, un pequeño resquicio en su armadura de hielo—. Hazlo por mí. Juliana asintió, con la garganta apretada. No podía negarse. No cuando él la miraba así, con los ojos llenos de miedo y esperanza al mismo tiempo. —Está bien —susurró—. Me quedo. Pero prométeme que vas a volver. Mateo se levantó de la silla, dio la vuelta a la mesa, y se arrodilló frente a ella. Le tomó las manos entre las suyas, las apretó con fuerza. —Te lo prometo —dijo—. Voy a volver. Y antes de que Juliana pudiera decir algo más, la besó. No fue un beso tímido como el primero. Fue un beso profundo, urgente, como si temiera que fuera el último. Cuando se separaron, ambos tenían los ojos brillantes. —Espérame —dijo Mateo. —Siempre te espero —respondió Juliana. Y él se fue, dejándola sola en esa casa antigua, con el corazón latiéndole a mil por hora y la certeza de que el amor, cuando era verdad, dolía. Las horas pasaron lentas, como caracoles arrastrándose sobre un cristal. Juliana intentó dibujar, pero no podía concentrarse. Intentó leer, pero las palabras se le escapaban de la cabeza. Intentó dormir, pero el sueño no llegaba. Solo podía pensar en Mateo, en Ricardo, en lo que podía estar pasando en ese momento en la mansión de los Fuentes. El teléfono que Mateo le había dejado sonó al atardecer. —¿Juliana? —era la voz de Santiago, al otro lado de la línea. Sonaba preocupado, casi desesperado—. ¿Dónde estás? He llamado a tu casa mil veces. Tu abuela no sabía nada. Javi y yo estamos locos. Juliana sintió una punzada de culpa. No había llamado a Santiago. No le había dicho nada. Lo había dejado en la oscuridad, preocupado, sin saber si estaba viva o muerta. —Estoy bien —dijo—. Estoy en un lugar seguro. No puedo decirte dónde. —¿Es él? —preguntó Santiago, y su voz se llenó de amargura—. ¿Es Mateo? ¿Estás con él? —Sí —respondió Juliana, sin rodeos—. Me está protegiendo. Los hombres de Ricardo me estaban siguiendo. No podía quedarme en mi casa. Hubo un largo silencio. Juliana imaginó a Santiago al otro lado, con el teléfono pegado a la oreja, la mandíbula apretada, los ojos llenos de preguntas. —¿Estás segura de que estás bien? —preguntó al fin—. ¿No te obligó a irte? ¿No te tiene encerrada contra tu voluntad? —No —respondió Juliana, y en su voz había una firmeza que sorprendió hasta a ella misma—. Estoy aquí porque quiero. Confío en él, Santiago. Lo sé, es difícil de entender, pero confío en él. —No es difícil de entender —dijo Santiago, y su voz sonó cansada, derrotada—. Es difícil de aceptar. Pero si confías en él, yo confío en ti. Cuídate, Juliana. Y cuando esto termine, vuelve. Te vamos a extrañar. —Los extraño —dijo ella, con la voz quebrada—. A los dos. Mucho. —Nosotros también —respondió Santiago—. Cuídate. Colgó. Juliana se quedó un rato con el teléfono en la mano, mirando la pantalla oscura. Las lágrimas rodaban por sus mejillas sin que pudiera detenerlas. No era tristeza, exactamente. Era una mezcla de todo: miedo, alivio, gratitud, y ese amor naciente que le crecía en el pecho como una planta en primavera. Mateo volvió pasada la medianoche. Juliana lo escuchó entrar por la puerta principal, con pasos pesados, arrastrando los pies. Salió de su habitación y corrió hacia él. Estaba en el recibidor, apoyado en la pared, con el rostro demacrado y los ojos enrojecidos. —¿Qué pasó? —preguntó ella, acercándose—. ¿Qué te hizo? —Nada —respondió Mateo, y su voz era apenas un susurro—. No me hizo nada. Pero me puso un ultimátum. —¿Qué ultimátum? Mateo levantó la vista. Sus ojos negros la miraron con una intensidad que dolía. —Tengo que elegir —dijo—. El grupo o tú. Si me quedo con el grupo, me deja en paz. Si elijo estar contigo, me va a destruir. A mí y a todo lo que quiero. Juliana sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. —¿Y qué vas a hacer? —preguntó, aunque temía la respuesta. Mateo se enderezó. Dio un paso hacia ella. Sus manos temblaban. —Ya elegí —dijo—. Elegí estar contigo. Juliana sintió que el corazón le estallaba en el pecho. Quiso decir algo, pero las palabras no salían. Solo podía mirarlo, con los ojos llenos de lágrimas, mientras él se acercaba más y más. —No sé qué va a pasar —dijo Mateo, rozándole la mejilla con los dedos—. No sé si vamos a salir de esta. Pero quiero que sepas que, pase lo que pase, no me arrepiento. De nada. —Yo tampoco —susurró Juliana. Y se besaron, largamente, con la desesperación de quien sabe que el tiempo se acaba. Afuera, la noche estaba oscura y silenciosa. Adentro, dos corazones latían al unísono, aferrándose al amor como un náufrago se aferra a un salvavidas. Porque era lo único que tenían. Y tal vez, lo único que necesitaban.
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