Capítulo 20: El día antes del abismo

1380 Words
La noche después del mensaje de Ricardo fue la más larga que Juliana había vivido en toda su vida. No porque no hubiera dormido —el cansancio era tanto que se quedó dormida en el sofá antes de que Mateo terminara de hablar—, sino porque cada vez que cerraba los ojos, veía sombras. Sombras que la perseguían, sombras que la acorralaban, sombras que tenían la cara de un hombre al que nunca había visto pero al que ya temía con todas sus fuerzas. Cuando despertó, Mateo ya estaba levantado. Lo encontró en la cocina, preparando café con una parsimonia que contrastaba con la tormenta que se avecinaba. Sus manos eran firmes, seguras, como si estuviera realizando un ritual que lo anclaba a la realidad. —¿Dormiste? —preguntó Juliana, sentándose en una silla de madera. —Un poco —respondió Mateo, sin mirarla—. Lo suficiente. Sabía que mentía. Las ojeras bajo sus ojos eran más profundas que nunca, y había una tensión en sus hombros que delataba el esfuerzo que hacía por mantenerse calmado. Juliana quiso decirle algo, consolarlo, ofrecerle algo más que su presencia. Pero las palabras no salían. A veces, el silencio era lo único que podía compartirse. —Hoy vamos a salir de aquí —dijo Mateo, dejando una taza de café frente a ella—. Vamos a la ciudad. Vamos a enfrentar a Ricardo. —¿Y si no podemos? —preguntó Juliana, y su voz era apenas un hilo. —Vamos a poder —respondió Mateo, y aunque sus palabras sonaban a promesa, sus ojos delataban la incertidumbre—. Tengo un plan. —¿Qué plan? Mateo se sentó frente a ella. Tomó sus manos entre las suyas, las apretó con fuerza. —Voy a grabar una conversación con él —dijo—. Necesito que confiese lo que ha hecho. Las amenazas. Los secuestros. Todo. Si tengo pruebas, puedo llevarlo a la policía. Puedo encerrarlo. —¿Y si se da cuenta de que lo estás grabando? —preguntó Juliana, sintiendo el miedo en el estómago. —No va a darse cuenta —dijo Mateo, con una seguridad que sonó más a esperanza que a certeza—. Tengo un dispositivo pequeño. Casi invisible. Lo he estado preparando desde antes de conocerte. Juliana quiso creerle. Necesitaba creerle. Pero algo en su interior le decía que los planes perfectos rara vez salían como se esperaba. —¿Qué puedo hacer yo? —preguntó. —Quedarte aquí —respondió Mateo—. Esperar. No quiero que estés cerca cuando me reúna con él. —No —dijo Juliana, y su voz fue firme—. No voy a quedarme aquí esperando como una princesa encerrada en una torre. Si tú vas a enfrentarlo, yo voy contigo. —Juliana... —No —insistió ella, levantándose de la silla—. Ya he sido invisible toda mi vida, Mateo. Ya he sido la que espera, la que se esconde, la que nadie ve. No quiero seguir así. Si vamos a pelear, peleamos juntos. O no pelea nadie. Mateo la miró un largo momento. Sus ojos negros, tan difíciles de leer, estaban llenos de una emoción que ella no sabía nombrar. Orgullo. Miedo. Amor. Todo mezclado en una sola mirada. —Está bien —dijo al fin—. Vas conmigo. Pero haces lo que yo diga. Si te pido que corras, corres. Si te pido que te escondas, te escondes. ¿Trato hecho? —Trato hecho —respondió Juliana. Y se dieron la mano, como dos soldados antes de la batalla. La mañana se fue en preparativos. Mateo revisó el dispositivo de grabación una y otra vez, asegurándose de que funcionara. Juliana empacó sus cosas en la mochila, aunque no sabía si volverían a la cabaña. El ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica, como antes de una tormenta. Al mediodía, el teléfono de Mateo sonó. Era un mensaje de Ricardo, con una dirección y una hora. —Las afueras de la ciudad —dijo Mateo, mostrándole el teléfono—. Un almacén abandonado. Típico de él. Le gustan los lugares oscuros para hacer sus tratos. —¿A qué hora? —preguntó Juliana. —A las ocho de la noche. Nos da tiempo de llegar. Guardaron sus cosas, revisaron la cabaña por última vez, y salieron al camino de tierra. El mismo amigo de siempre los estaba esperando en un auto distinto, también n***o, también sin placas. —¿Listos? —preguntó el hombre, con su voz grave. —Listos —respondió Mateo. Subieron. El auto arrancó, levantando una nube de polvo a su paso. Juliana miró por la ventana trasera, viendo cómo la cabaña se hacía cada vez más pequeña hasta desaparecer entre los árboles. Sintió una punzada en el pecho, como si estuviera despidiéndose de algo que nunca volvería. —Vamos a volver —dijo Mateo, como si le hubiera leído el pensamiento—. Cuando todo esto termine, vamos a volver. Juliana asintió, pero no dijo nada. Las promesas, en tiempos de guerra, a veces se rompen como cristal. El viaje fue largo y silencioso. Juliana se quedó dormida en el asiento trasero, con la cabeza apoyada en el hombro de Mateo. Soñó con su abuela, con su casa pequeña, con sus lápices de colores. Soñó con Santiago, con Javi, con las empanadas calientes y las risas en el patio trasero. Soñó con una vida normal, sin miedo, sin peligro, sin Ricardo acechando en las sombras. Cuando despertó, ya estaba oscureciendo. El auto se había detenido en un descampado, a unos metros de un almacén abandonado. Las paredes estaban cubiertas de grafitis, las ventanas rotas, y la puerta principal colgaba de un solo gozne. —¿Es aquí? —preguntó Juliana, frotándose los ojos. —Es aquí —respondió Mateo, y su voz era grave, tensa—. Tienen que quedarse aquí. Si no salgo en una hora, llamen a la policía. ¿Entendido? —Entendido —respondió el conductor, con su rostro imperturbable. Mateo abrió la puerta del auto. Juliana lo agarró del brazo. —Ten cuidado —dijo—. Por favor. Mateo la miró. Por un momento, sus ojos negros perdieron la frialdad habitual y se llenaron de algo que se parecía al miedo. —Siempre lo tengo —dijo, y la besó en la frente. Luego se bajó del auto y caminó hacia el almacén, con las manos en los bolsillos y la cabeza alta. La puerta crujió al abrirse, y la oscuridad lo engulló. Juliana se quedó en el auto, con el corazón latiéndole a mil por hora, mirando la puerta por donde había desaparecido. El conductor no decía nada. Solo miraba el reloj, contando los minutos. Pasaron diez. Veinte. Treinta. Juliana estaba a punto de perder la calma cuando escuchó un ruido. Un golpe. Un grito. Y luego, el sonido de pasos corriendo. La puerta del almacén se abrió de golpe. Mateo salió corriendo, con el rostro demudado y el brazo sangrando. —¡Arranca! —gritó, subiendo al auto—. ¡Arranca ya! El conductor no esperó a que le repitieran la orden. El motor rugió y el auto salió disparado, levantando una nube de polvo a su paso. Detrás, varios hombres salían del almacén, pero ya era tarde. Estaban muy lejos. —¿Qué pasó? —preguntó Juliana, tomando a Mateo del brazo—. ¿Qué te hizo? —Me descubrió —respondió Mateo, con la voz entrecortada—. Sabía lo de la grabadora. Me estaba esperando. Esto fue una trampa. Juliana sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. —¿Y ahora qué vamos a hacer? Mateo la miró. Sus ojos negros estaban llenos de una furia helada, pero también de algo que ella no había visto antes. Miedo. Un miedo profundo, visceral, que le apretaba el pecho. —Ahora, huir —dijo—. Más lejos. Más rápido. Y rezar para que no nos encuentre. El auto se perdió en la noche, llevándolos hacia un destino incierto. Detrás, el almacén abandonado quedaba vacío, con los ecos de la pelea resonando en sus paredes. Y más atrás, en la mansión de los Fuentes, Ricardo sonreía, porque sabía que la cacería estaba por terminar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD