Capítulo 1 POV Neria
El grito me atravesó como si alguien hubiese abierto la noche en dos.
—¡Elisa! ¡Neria! ¡¿Dónde diablos están?!—la voz de mi padre retumbó por toda la casa, cargada de rabia y alcohol—. ¡Vengan ahora!
Me quedé inmóvil en la oscuridad, padre se ponía tan mal cuando bebía. La puerta se abrió y por un momento pensé que era él pero por suerte fue mi mamá que asomó primero la cara y después el cuerpo entero, con esa rapidez que solo da el miedo aprendido.
—Empaca —susurró—. Ahora.
—¿Qué pasa? —pregunté en voz baja, con la garganta apretada.
—Lo que tenía que pasar. —Cerró la puerta a medias y encendió una linterna pequeña que apenas iluminó nuestras manos—. Lo rechace así que no tenemos más tiempo, Neria. Ponte lo que puedas y mete lo demás en esta mochila. Nos vamos.
—¿Nos vamos? —La palabra se sintió extraña en mi boca. Como si no me perteneciera. — ¿Acepto tu rechazo?
—No cariño pero, como quiera nos vamos—dijo con firmeza—. Esta noche, que si no nos mata a las dos.
Mi padre volvió a rugir esta vez su voz se sentía más cerca. No necesitaba ver su rostro para saber que ya estaba fuera de control. Mis manos se movieron sola, camiseta gruesa, los jeans menos rotos, calcetines, cepillo, el sobre con dinero escondido bajo la cama. Cuando estuve lista vi como mi madre guardaba un sobre.
—Es una carta de aceptación —respondió sin titubear—. Para volver a la manada que me vio crecer. “Bosque de Otoño”
El nombre me cayó encima como un recuerdo prestado. Lo había escuchado de niña en susurros que no eran para mí, Bosque de Otoño era un lugar del que nadie hablaba con ligereza.
—¿Te dejaran volver? ¿Me aceptaran a mí? —pregunté.
—Sí —dijo, y su voz tenía una certeza que me sostuvo—. Tu abuela lo arregló. Me dejarán volver y a ti conmigo.
El golpe contra la mesa retumbó y nuestros nombres salieron de su garganta como un rugido. Mamá me tomó de la muñeca.
—Respira —susurró—. Vamos a estar juntas.
Escapamos por la ventana del baño, como tantas otras veces. Pero esa noche, no miramos atrás.
—¿Hace cuánto lo planeabas? —logré preguntar cuando nuestro auto se perdía en la oscuridad de la carretera.
—Desde la primera vez que te golpeó —respondió sin rodeos—. Pero hoy no pienso esperar otro minuto.
—¿Qué pasó hoy?
Sus nudillos se pusieron blancos en el volante. La luz de un tráiler nos bañó y desapareció.
—Me prometió que te dejaría en paz —dijo al fin—. Y mintió. Se rió. Dijo que una omega no sirve de nada si no aprende a obedecer. Como si él no fuera omega también.
La palabra “omega” cayó en el coche como un peso muerto. No necesitábamos explicaciones: ser omega y ser mujer siempre había significado ser la última, la que baja la cabeza, la que no puede reclamar nada.
—No volverá a lastimarnos, mamá —dije, aunque la voz me tembló.
Ella no respondió. Solo apretó el volante con más fuerza, como si esa simple acción fuera una promesa que ambas entendíamos.
Y entonces lo supe, esta noche no era una huida más. Era el comienzo de algo que aún no tenía nombre.
Sin embargo, lo que nos faltó entender a ambas fue que el vínculo que unía a mis padres seguía activo. Mi padre jamás aceptó su rechazo, y eso significaba que, aunque corriéramos lejos, él siempre la sentiría. Siempre la encontraría.
La carretera empezó a estrecharse cuando entramos a la zona boscosa que rodeaba la frontera de Bosques de Otoño. Mamá mantenía la vista fija al frente, el motor rugía más fuerte de lo habitual. Y entonces, de la nada, algo se interpuso.
—¡Mierda! —gritó ella, frenando de golpe.
El auto patinó, giró apenas unos centímetros y se detuvo. Antes de que pudiera preguntar qué pasaba, la puerta del conductor se abrió con violencia. El rostro de mi padre apareció en medio de la oscuridad, desencajado, con los ojos inyectados de furia.
—¡No puedes irte de mí! —rugió, tirándola del brazo hacia afuera—. ¡Eres mía, Elisa! ¡Mía!
—¡Suéltame! —gritó mamá, forcejeando—. ¡No tienes poder sobre mí!
—Siempre lo tendré. —Su voz era la de un animal acorralado—. ¡Siempre!
El cuchillo brilló bajo la luz del auto antes de que yo pudiera reaccionar. El primer corte fue rápido. El segundo, desesperado. Después, todo se volvió confuso. Mamá cayó de rodillas, jadeando, mientras él la sujetaba del cabello y descargaba otra puñalada.
—¡MAMÁ! —grité con un hilo de voz quebrado.
Intenté abrir mi puerta, pero mis manos temblaban tanto que apenas podía mover el seguro. Cada golpe era un sonido sordo que me taladraba el pecho. La respiración me ardía. Él seguía gritando cosas que ya no podía entender, insultos, promesas vacías, palabras rotas.
—¡Nos ibas a condenar a los dos! —rugió, empujándola al suelo—. Si no eres mía, no serás de nadie.
Me lancé fuera del coche. No tenía un plan. Solo quería llegar a ella. Pero en cuanto di dos pasos, él se giró y sus ojos me encontraron. Ya no había nada humano en esa mirada.
—Tú también… —susurró, como si me hablara al oído—. Tú también eres mía.
Levantó el cuchillo y caminó hacia mí. No tuve tiempo de correr. Su sombra me envolvió, el metal brilló y mi respiración se cortó. Sentí la muerte a un paso. Pero antes de que la hoja descendiera, un rugido atravesó el bosque.
De entre los árboles, tres sombras irrumpieron en la carretera. Se movían con sincronía, sin hablar. Dos se lanzaron sobre mi padre, derribándolo contra el suelo con fuerza sobrehumana. El tercero me rodeó y me tomó del brazo, cubriéndome con su cuerpo.
—Estás a salvo —dijo una voz ronca, sin apartar la mirada de él—. Cruza la línea, niña. ¡Ahora!
Crucé la frontera tambaleándome, con las piernas temblando y la garganta cerrada. El sonido de la pelea se mezclaba con los sollozos que no podía contener. Lo siguiente fue un silencio helado.
Uno de las gammas corrió hasta donde estaba mi madre, pero su expresión lo dijo todo antes de que pronunciara palabra alguna.
—No… —susurré, negando con la cabeza—. No… no…
—Lo siento —dijo otro, bajando la mirada—. Llegamos tarde.
Me dejé caer sobre la tierra húmeda. Mis manos estaban manchadas de su sangre. No recuerdo haber gritado, pero mi garganta ardía como si lo hubiera hecho. La frontera que debía ser nuestro refugio se había convertido en el lugar donde la perdí. ¿Ahora que haría sin mi mamá?