No muchos lo comentaban pero gracias al dueño de la tienda de productos agrícolas Marcelo se enteró que hacía ya veinte años que nadie vivía en esa propiedad y la razón principal era que todas las familias que allí habitaron habían desaparecido sin dejar rastros, la lógica estipulaba que simplemente se habrían mudado mas el motivo era un auténtico misterio que nadie había logrado resolver. Muy lejos de producir miedo en Marcelo aquella historia solamente endulzó sus oídos llevándolo a sentirse privilegiado de vivir en una casa con historia propia.
Un semana después Marcelo recibiría con gran felicidad el telegrama de los interesados en el trabajo y sin vacilar les preguntaría si estaban dispuestos a trabajar duro puesto se hallaba más que ansioso por mudarse a su nuevo hogar; los trabajadores estaban prestos a dar inicio por lo que él viajó de nuevo a Penumbras City para comprar en el corralón de la ciudad todos los materiales necesarios maderas, ladrillos, cemento, pegamentos, cal, arena, herramientas, etcétera.
Para la siguiente tarde los nuevos empleados estaban prontos al trabajo estableciendo la vivienda de ellos en el establo que era la edificación mejor conservada. Al día siguiente Marcelo debía de retornar a Puerto Madero con la finalidad de arreglar la venta de su hogar, no sin antes dejar un convenio con el dueño del corralón y con el encargado de la ferretería para que les proporcionara todo lo necesario a sus empleados y que él pagaría a su regreso.
Mes y medio más tarde Marcelo había vendido por una jugosa suma su viejo hogar, mientras tanto la refacción de la cabaña demoraría medio mes más por ende tuvo que vivir con un amigo mismo que le había recomendado viajar a Penumbras City. El periodo establecido se cumplió y ya pudo mudarse; tras ver como quedó la cabaña Marcelo decidió contratar a los hombres de manera permanente para que trabajaran en sus nuevos sembradíos de maíz.
Un hecho de no menor importancia es que la cabaña ya venía con muebles pero Marcelo se negó a utilizarlos ordenando a sus empleados desecharan los mismos ya que él compraría nuevos y en efecto así lo hizo. Por dentro la cabaña era inmensa contando con dos pisos, ocho habitaciones tres arriba y cinco abajo, dos baños una amplia sala, cocina con despensa de similar tamaño a uno de los cuartos principales; sus empleados lo ayudaron a colocar los muebles en los lugares adecuados según sus instrucciones, Marcelo solamente emplearía para su uso personal una de las habitaciones inferiores, la cocina y la sala que convertiría en un living.
Dejando que sus empleados se establecieran en las casas que estaban detrás de la cabaña y que ya estaban refaccionadas. Temprano en la mañana siguiente Marcelo fue directo a comprar semillas de maíz, maquinarias y herramientas adecuadas, adquiriendo también siete potros domados, nueve vacas, y veinticuatro gallinas más dos gallos.
Los hombres tras recibir su paga fueron a visitar a sus familias dejándoles el dinero con la finalidad de brindarles el sustento básico, retornando a la cabaña antes del atardecer.
El tiempo fluía con total calma brindando progreso y fortuna ya que la plantación crecía sin mayores contratiempos que los usuales; en retrospectiva Marcelo era un patrón excelente sin pretensiones quien estaba más que dispuesto a ensuciarse las manos trabajando codo a codo con sus empleados quienes lo consideraban un amigo. Cierto día Marcelo compró un lechón gordo para celebrar la primer cosecha exitosa, mas en vista de su nula capacidad para matar aquel animal el encargado de la tarea sería su capataz, mientras eso era llevado a cabo Marcelo propuso cenaran todos con él en su cabaña mas al oír la idea casi todos los empleados al unísono respondieron que era mucho más cómodo si cenaban bajo las estrellas pues era una hermosa noche para estar dentro. Así lo hicieron siendo un suceso que no despertó la curiosidad de Marcelo, ya que sabía sobre los rumores de desaparecidos acaecidos en su vieja cabaña.
Una noche él estaba sentado en una silla mecedora en el pórtico de su hogar perdido en la inmensidad de la nada dejando que la imaginación fluyera en sí mismo contemplando la idea de algún día poder compartir semejante visión con sus hijos de quienes ya adultos lo buscarían y ya no habría nada que su ex esposa o ningún juez pudieran hacer para impedir ese lazo padre e hijos, súbitamente Marcelo sería arrancado de aquella fugaz ensoñación pues entre los maizales vio dos luces brillantes observándolo cual ojos de fiera a punto de atacar, pero en un parpadeo desaparecieron por lo que lo terminó atribuyendo a una posible pesadilla diciendo para sus adentros que tan solo fue producto del cansancio abandonando su silla e ingresando a su hogar buscando el merecido descanso en su suave y relajante cama. No sin antes cerrar puertas y ventanas por igual guiado por algún instinto que no comprendió muy bien en ese entonces. Mas al llegar a la cama el sueño escapó de su cuerpo manteniéndolo en constante alerta planteándose si esos ojos habían sido en verdad producto de su imaginación, siendo arrancado repentinamente de sus propios cuestionamientos al oír unos fuertes azotes en la ventana que daba a su habitación; procuró serenarse buscando una explicación lógica, tal vez había sido uno de sus empleados o un animal nocturno, mas nuevamente surgieron los golpes más enérgicos y más seguidos denotando una fuerza superior, el problema de ello fue que entonces los golpes sonaban dentro de su cabaña. Armado con su escopeta abandonó la seguridad de su habitación creyendo se trataba de un probable ladrón, requisó toda la cabaña sin dar con nada ni nadie, regresando a la cama permaneciendo en vital alerta hasta que el amanecer lo halló rendido por el cansancio sentado en el sillón de su habitación.
Pese al cansancio él no decayó sino que se incorporó tomó una ducha y dio comienzo a su día laboral reuniéndose con sus empleados quienes notaron las ojeras bajo sus cansados párpados incurriendo en ello más él argumentó estar bien continuando con el trabajo, sin embargo la duda rondaba dentro de su cabeza cual gusano corrompiendo un cadáver putrefacto así que cerca del mediodía terminaría por compartir su experiencia con sus empleados, aunque ellos trataron de calmarlo alegando todo era atribuible a la presencia de ratas, Marcelo supo reconocer en ellos una cierta mirada de pánico seguido de un silencio incomodo.
Sea cual fuere el caso no volvería a suceder nada similar pasando los meses llegando la época de una nueva cosecha, y luego otra y otra y otra y así fluyeron los años cansando a Marcelo quien ya no trabajaba junto a sus empleados debido a una lesión en la rodilla que lo obligaba a utilizar un bastón para mantenerse en pie, aunque aun proseguía compartiendo el almuerzo con ellos y disfrutando de charlas con quienes consideraba amigos bajo las noches estrelladas permitiéndose acostarse más tarde; su cabello encaneció y los dolores comenzaron a volverse habituales en su cuerpo, mientras que la ilusión de ver a sus hijos escapaba de su agotado corazón la casa que tantas fantasías había infundido en él pronto tornó la vida en un lugar siniestro y lleno de innumerables sueños sin cumplir, y fue en ese punto de su vida cuando comenzó a notar que mientras reposaba en su cómodo sofá frente al calor del hogar provisto de grandes leños, que entre las habitaciones clausuradas de su cabaña caminaban sombras más negras que la noche sin embargo al enfocar de lleno no había nada y las puertas de las habitaciones continuaban tan cerradas como siempre lo habían estado desde el día en que él se mudó.
Pronto las noches se volverían su eterna prisión, solo y sin nadie a quien recurrir pues nadie ni siquiera sus empleados veteranos deseaban acompañarlo luego de la puesta del sol. Golpes y ruidos, voces entrecortadas y gritos desgarradores minaban la cabaña, y el pobre Marcelo permanecía allí aferrado a su bastón siempre con una mano cerca de la escopeta que siempre dejaba cerca de sí antes del crepúsculo. Marcelo ya no compartía sus experiencias con nadie en cambio llevaba un registro de cada uno de los acontecimientos en un cuaderno que guardaba con cierto recelo puesto temía que de verlo podrían tomarlo por un enfermo mental.
Una noche invernal de esas en que el frío es capaz de congelar al mismo infierno, el por entonces ya agotado y mayor Marcelo comenzó a notar que todos los sonidos provenían del ático y del sótano de forma simultánea, pero eso no fue todo porque ya que el miedo invadió cada hueso de su cuerpo erizando los bellos en su nuca y generando un sudor frío en todo su ser al notar con espanto que jamás había visitado tales sectores de la imponente cabaña, la parálisis lo mantuvo sujeto al sofá mas los ruidos engrandecían con violencia llevándolo a dominar sus sentidos y sujetándose de las paredes llegó a la puerta principal, abriéndola de súbito y totalmente agitado oyendo el retumbar de los latidos de su propio corazón en sus oídos corrió arrastrando su lastimada pierna cayendo rendido en dos ocasiones e incorporándose para continuar la marcha hacia las casillas donde sus empleados residían sin fuerzas para llamar a la puerta de la vivienda más próxima solamente lanzó un grito ahogado alertando a los hombres quienes abandonaron las habitaciones socorriéndolo, ayudándolo a ponerse en pie pues había caído nuevamente al suelo; su estado era deplorable las ropas rasgadas, los cabellos despeinados, mientras que todo su ser estaba completamente embarrado por el polvo y el sudor.
Ingresándolo a la vivienda del capataz brindándole un vaso de agua y dándole el espacio necesario para que se recuperara, al cabo de unos minutos que parecerían años Marcelo recuperó la compostura y totalmente resignado compartió sus terribles experiencias, y una vez acabado miró a los presentes esperando las miradas inquisitivas mas no fue así ellos luego de intercambiar miradas decidieron compartir con él el motivo por el cual siempre se negaban a ingresar a la cabaña aun pese a las constantes invitaciones de Marcelo, resultaba que los habitantes del área urbana de Penumbras City hablaban de fantasmas en esa cabaña y todos los que en ella vivían perdían la cordura y terminaban por desaparecer en el olvido sin dejar vestigios de su partida. Esa noche él durmió en la vivienda del capataz y temprano en la mañana tres de los hombres fueron en busca del médico quien lo revisó y tras oír las alegaciones del perturbado paciente quien cabe destacar temía lo declarara como un insano mental, pero para su sorpresa el buen doctor atribuyó los síntomas a un exceso de estrés y un creciente vínculo con las leyendas locales, brindándole la calma que tanto ansiaba y recetándole unos tranquilizantes que apaciguarían su padecimiento. Tras la partida del doctor el ya relajado Marcelo decidió retornar a su cabaña ante las miradas de preocupación de sus empleados quienes desaprobaban tal decisión mas sin decir nada.
Tomaba sus medicamentos sin objetar y en los horarios que el médico se lo había indicado sintiéndose relajado y pleno al contemplar la ausencia total de sucesos paranormales, recuperando la confianza en su hogar; pasaron los meses y una nueva cosecha arribó, pensando en brindarles un alivio a sus hombres Marcelo charló con ellos indicándoles que reposaran bajo los árboles mientras él les preparaba unos refrescantes vasos de jugo de naranja marchando a su hogar. Una vez allí Marcelo se dirigió a la cocina dándose a la tarea sin pensar demasiado en nada, pronto unos pasos lo arrancaron de súbito de su tranquilidad mas no sintió temor pensando con solemne calma que finalmente sus confiables empleados habían perdido el miedo aventurándose dentro de su hogar, diciendo: ʺNo se preocupen ya casi están las bebidas, me alegra que hallan venidoʺ. Mas al voltear solamente observaría aquellas antiguas sombras que solían atormentarlo en noches pasadas, mas esta vez ocurría durante el día y ello no sería lo único ya que pronto una voz provino desde inconmensurables abismos cual eco maldito incrementándose con cada rebote entre los muros expresando: ʺEs mi casaʺ. Lleno de pánico Marcelo sería testigo de una representación infernal, pues sombras aletargadas comenzaron a fluir nuevamente desde las habitaciones cubriendo paredes, y pisos extendiéndose hasta sus pies mientras sonidos de puertas y ventanas azotándose con furia titánica corroían la cabaña, el pobre Marcelo se deslizó hacia el suelo abrazándose las piernas adoptando una posición fetal repitiendo para sus adentros que todo era una pesadilla, pero no era así sin embargo tal como inició todo concluyó.