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Cuando el amor retorna del más allá

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Blurb

El verdadero amor no muere, lo heredan otros y lo viven con la misma intensidad.

Esta novela inspirada en uno  de los poemas que William Shakespeare, dirigió a su amada esposa cuando murió,  las palabras  fueron "La vida es muy corta para amarte en una, prometo buscarte en la otra. Así nace esta historia encabezada por una protagonista llamada Liza María Fernández, nombre idéntico  al de su madre muerta y que amó con mucha intensidad a un hombre, pero que la muerte impidió que ese amor floreciera, quedando su amor suspendido y, quien lo hereda no es más que su hija que le da vida a otra relación diecinueve años más tarde con Jorge Macroni sobrino del quién fue el amado de su madre y juntos logran vivir un amor igual al de aquella pareja sin saberlo.  

Protagonista con  idénticos nombres  y parecidos físicos a los de la antigua pareja, el mismo amor con el que se amaron, secretos por descubrir, suspenso, intriga y pasión  hacen que esta historia sea entretenida y emocionante desde el primer capítulo.

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INTRODUCCIÓN
Querido lector gracias por venir a leer te pido disculpas por los errores que aquí encuentres esta novela se está procesando.    La música en el aire era la perfecta combinación de su melodiosa voz: "¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!", se escuchaba mientras entraba caminando lentamente por la alfombra que decoraba la iglesia, y que formaba un perfecto camino hacia el altar. La acompañaban los aires de seguridad que siempre demostró. Sin nadie que la entregara en mis brazos, yo la esperaba con mi traje azul oscuro y una rosa blanca en el bolsillo. Venía vestida con su traje de novia, el cual hacía juego con su dulce sonrisa. Con las dos manos levantaba por la mitad su vestido, dejándose apreciar como escarchas en sus pies, las sandalias a medio cerrar. Así se veía Liza Fernández, como toda una princesa; la chica mexicana que robó todo mi amor.    No me importó tener que llevarme el mundo por delante, mucho menos renunciar a otros proyectos por su amor, pues ella estaba allí como lo habíamos planificado; entonando aquel canto con su voz de seda en nuestro matrimonio. — ¡Tiene que haber muchos corazones con flechas! — les decía a los decoradores el día anterior de nuestra ceremonia ― Los quiero por todos lados.    Los invitados, al verla llegar con su dulce melodía, se levantaron de sus asientos para aplaudirla, mientras que los flashes de las cámaras fotográficas caían como luces mágicas iluminando la escena. Tomé su mano y, juntos frente aquel altar, donde resaltaban las flores y aquellos corazones que solicitó, le recordé cuánto la amaba. El amor que sentíamos el uno por el otro tuvo su sello, cuando el sacerdote bendijo nuestra unión; luego nos dimos un beso mientras posaba mis manos en su barriga. Los nueve meses de embarazo casi cumplidos y la emoción de tener un hijo, adelantaron todo y paralizaron otras cosas. Algunos meses antes de casarnos me dijo: —Jorge, el tiempo vuela y debemos tener prisa. El matrimonio debe ser días antes de que nazca nuestra hija, por eso elegí el diecisiete de diciembre... Es la fecha justa, porque es el día de mi cumpleaños, ¿no crees? — Sí amor, nueve meses pasan muy rápido — le susurré al lado del candelabro, con una vela blanca que iluminó el beso típico de dos enamorados.    Todo había quedado como ella lo quería, hasta la decoración del cuarto de nuestra hija que entusiasmaba, incluso, a los empleados de la casa. Yo le decía Liz y ella me corregía: "¡Liz Macroni!" Todos la esperaban en casa, todos queríamos tenerla cerca. Los días previos al casamiento fueron de locos, con nuestra hija a punto de nacer y el ajetreo de llegar a tiempo con todo para la fiesta. Se hizo muy difícil encontrar un tiempo para relajarnos. El casamiento superó nuestras expectativas, nuestra pequeña aguantó en el vientre y dejó que su madre realizara el matrimonio soñado. Todo era risas y felicidad, hasta que de pronto nuestro mundo cambió para siempre. Una maldita curva nos hizo volcar. Dimos varias vueltas y quedamos en un barranco. Liza no se podía mover, pues llevaba el cinturón puesto; no podía soltarse. — ¡Sácala! — expresó ella, pero yo estaba invadido por la duda ― Hazlo rápido o moriremos los tres ― profirió. Ella sabía que yo tenía conocimientos de medicina, pues aunque había abandonado la carrera, aprendí lo suficiente. Liza perdía mucha sangre, tenía una herida muy grande en su cabeza, debido al fuerte golpe que recibió al volcarse nuestro vehículo. Íbamos camino a brindar con familiares y amigos en nuestra mansión de Denver, pero todo cambió. No pude hacer nada para salvarla, pues al intentar sacar a nuestra pequeña de su vientre, Liza se desangró a mi lado. Pude, entre la desesperación y el llanto, salir de aquel lugar.  Un hombre me vio salir del barranco con mi hija en brazos, lleno de sangre, y me prestó ayuda. Así llegué al hospital, mi hija fue recibida en pediatría y yo quedé en observación. — ¡El mundo puede cambiar en un instante! ―comprendí ese día entre sollozos―.       Nuestra hija se llamará Liz, en memoria de su madre Liza―. Fueron mis palabras para el médico que la asistió. Mi Liz Macroni Fernández, será el recuerdo más hermoso del gran amor fugaz y eterno. Mientras leo el epitafio en su tumba, como todos los años, me viene de leer esta líneas de mi diario: Liza Fernández (17 / 12 / 1981 – 17/ 12/ 2000). Q.E.P.D. “Nunca te voy a olvidar, aunque tenga que retornarte del mas allá”. De tu esposo, con amor sin igual: Jorge Macroni. Denver, Colorado.              

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