Nuestras miradas Así que salí, tomé el ascensor y mientras lo esperaba me alcanzó Nancy, que también regresaba de recoger la oficina del señor Jorge Macroni. — María, ¿qué te pasó?, saliste apresurada y me dejastesola limpiando la oficina —me dijo en forma de reclamo. — Disculpa Nancy, me puse muy nerviosa. Tuve que dejarte sola, tenía miedo. Pensé que había escuchado nuestra conversación. Pero te debo decir algo, él me detuvo en los pasillos y me pidió que lo ayudara a botar algunas carpetas. Creo que me recoció, él se dio cuenta de que yo soy Liza. —Eso es imposible —musitó. Pero yo insistí en decirle: — Me reconoció Nancy, estoy segura. — No. Estás paranoica, te imaginas cosas que no son. Estás irreconocible, además, ¿no has visto lo gorda que estás?, tu rostro ha cambiado. A

