CAPITULO XIII El regalo que suprimió mis lágrimas Encerrada en mi cuarto bajo las sabanas, mi corazón palpitaba muy deprisa, pues aquel hombre que había aparecido en mi vida como un oxígeno, Jorge Luis, hacía su presencia en aquella sala, donde minutos antes me habían realizado el corte. Me lo imaginé allí, con su tierna mirada que había robado mi alma, observando mis cabellos en el piso y preguntando, quizás, lo que había pasado. Mi mente producía diversos pensamientos suponiendo su presencia, los cuales fueron interrumpidos por el sonido de la puerta. Exclamé—: ¡Dios, está tocando la puerta! A la vez me preguntaba qué podía hacer. Era un momento tormentoso. Los nervios se alteraron, comencé asudar más de lo normal y sentí como un nudo en mi e

