CAPITULO XI Como oxígeno en el alma

1621 Words

Oliver, al verme tirada en el piso, se acercó y me dio su mano. Observé aquellas manos extendidas hacia mí, aquellas manos finas, que un día me consolaron en mis momentos de tristeza. Las manos que un día me trajeron flores, y que acariciaron mis cabellos bajo el cielo azul de nuestra Puebla, (México). Y yo con un dulce beso tímido y cálido le respondía con tanta ternura. Pero aquellas manos extendidas hacia mí, las dejé estiradas, rechazándolas por completo, pues aquel hombre ya no era el mismo. En ese poco tiempo en Denver, me había demostrado solo una cosa, que hay amores que se convierten en pétalos marchitos y secos, que cuando sopla el viento, estos se expanden a otros horizontes; porque cuando ya no existe el amor se debe soltar definitivamente. Así lo hice, me levanté de aquel piso

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