Lunes, primer día de trabajo
Liza Fernández.
Las palabras de Liz Macroni despertaron en mí una pequeña curiosidad y pensé: « ¿Será
verdad lo que le dijo a Oliver de mi parecido con su madre?, o simplemente fue una
estrategia, para no decirme lo que realmente le había dicho». No obstante, aquello se iba a
quedar como una nube en mi mente, porque ese día iba camino a encontrarme con algo
nuevo: mí puesto de trabajo. «Todos los retos que te imponga la vida se deben aceptar,
porque, tal cual como los mires, así también se actuará». Ese era mi punto de vista.
En mi situación, tener un pequeño trabajo en "limpieza", aunque para el resto del mundo
fuera algo simple; era un gran vehículo para empezar mi superación. Allí radicaría mi total
esfuerzo e integridad para hacerlo todo bien. Ese día llegué entusiasmada a la compañía. La
oficina de mantenimiento estaba en la planta baja. Junto a Nancy, llegamos en el trasporte
de la empresa de limpieza. Macroni era un edificio grande de cinco niveles, todo moderno y
con inmensas ventanas. Se veía un gran movimiento entre técnicos y personal. Todos
estaban bien vestidos. Mis ojos se desplazaban, me gustaba el lugar donde mi Oliver dejaba
todo su talento y todos los conocimientos que había adquirido en México; lo que se
denomina fuga de cerebros en otras naciones. Yo estaba allí, quizás no con grandes
conocimientos, pero sí con ganas de devorarme al mundo. Con la frente en alto y con
mucha actitud, caminé con Nancy para que me indicara todo. Pasamos a una pequeña
oficina.
― Esta es la oficina del personal de limpieza ― me comunicó. Luego me pasó un
uniforme: era una bata larga azul, con las letras de la empresa estampadas―. Toma...,
póntelo ― también me hizo entrega de un carro de cuatro ruedas con dos tubos, paños y
productos, tanto para limpiar los pisos como para asear los escritorios.
―Gracias ― le dije.
―El carro está bien equipado para comenzar ―aclaró―, conmigo limpiarás las oficinas,
las áreas de descanso y sus baños ― ella limpiaría la parte A, que era la del dueño y otros
importantes en el área, y yo el lado B, donde estaban los técnicos e ingenieros. Ese día me
mostró todo el edificio, pero cuando llegamos al quito piso, me expuso una puerta grande y
me informó—: Esta se debe limpiar solo cuando lo diga el dueño, el señor Jorge Macroni
― yo me quedé mirándola con cierta curiosidad, mientras ella continuaba explicándome,
pero algo extraño sentí en ese momento y en aquel lugar; una fuerza sobrenatural me atraía
desde allí. Luego desapareció, cuando Nancy me llamó para indicarme que ya era el
momento de comenzar a trabajar.
Yo iba detrás de ella y observaba todo, porque la semana siguiente tendría que hacer sola
mi trabajo. Prestaba atención y asentía a todo lo que ella me decía, pero en ningún
momento pude quitar de mi mente aquello que había sentido en el piso cinco.