Maya
Estuve todo el día trabajando sin parar. Gabriel Hamilton era mucho más exigente que Leo… y eso ya era decir bastante. Si mi hijo pedía atención, era porque necesitaba amor; Gabriel exigía perfección como si el mundo fuera a acabarse si algo no salía exactamente como él quería.
Desde temprano no me dejó sentarme más de cinco minutos seguidos. Reuniones, llamadas, documentos urgentes, correcciones mínimas que él transformaba en tragedias. Cada vez que pensaba que ya había pasado lo peor, aparecía una nueva orden.
A media tarde me llamó a su oficina.
—Siéntate —ordenó sin levantar la vista del monitor.
Obedecí, abrí mi laptop y acomodé los dedos sobre el teclado. Ya conocía ese tono: venía algo largo.
—Vas a escribir un correo para el consejo —dijo—. Asunto: Reestructuración inmediata de los plazos financieros.
Asentí.
—¿Lista?
—Sí, señor Hamilton.
Comenzó a dictar.
—“Debido a los recientes ajustes estratégicos implementados a partir del segundo trimestre, se hace necesario reevaluar los compromisos financieros previamente establecidos con el fin de optimizar—” —hablaba rápido, sin pausas, caminando por la oficina como un animal encerrado.
Tecleaba a toda velocidad, tratando de seguirle el ritmo.
—“…optimizar la eficiencia operativa sin comprometer la proyección de crecimiento anual ni la estabilidad de las alianzas comerciales existentes”—continuó sin respirar—. ¿Vas bien?
—Sí —mentí, porque apenas alcanzaba a procesar cada frase.
—Sigue —ordenó—. “Por lo tanto, se solicita una reunión extraordinaria con carácter urgente para revisar—”
Se detuvo de golpe.
—¿Qué escribiste recién?
—“Para revisar los plazos y redefinir—”
—No —me interrumpió con fastidio—. Dije revisar las proyecciones, no los plazos.
¿Escuchas cuando te hablo o solo finges?
Sentí el calor subir a mi rostro.
—Perdón, corrijo de inmediato.
—No es un error menor, Miller —dijo acercándose—. Es la diferencia entre parecer incompetentes o parecer improvisados.
Borré rápido, corregí la frase, volví a escribir.
—Sigue —dijo, cruzándose de brazos—. Pero esta vez presta atención.
Continuó dictando aún más rápido, como si lo hiciera a propósito. Mis dedos comenzaron a doler. Cuando terminó, se inclinó sobre mi hombro.
—Lee.
Lo hice. Mi voz salió firme, aunque por dentro estaba agotada.
—“…quedamos a disposición para coordinar dicha instancia en el menor plazo posible”—concluí.
Hubo un silencio pesado.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—Sí, señor Hamilton.
Soltó una risa seca.
—Es… aceptable —dijo—. Para alguien con tu formación.
Lo miré, sin entender.
—¿Mi formación?
—Sí —respondió con desdén—. No olvides que estás aquí por un favor. No por talento excepcional ni por experiencia destacable. Así que no esperes reconocimiento por hacer lo mínimo indispensable.
Sentí el golpe directo al pecho. No era solo una crítica laboral; era una humillación calculada.
—Entiendo —dije, tragándome todo.
—Imprime el correo, envíalo y luego organiza mi agenda para mañana. Y esta vez no te equivoques —agregó—. No tengo tiempo para niñerías.
Niñerías.La palabra me atravesó como un cuchillo. Pensé en Leo, en sus brazos alrededor de mi cuello esa mañana, en su voz pidiéndome que no me fuera. Pensé en todas las veces que había tenido que ser fuerte sin que nadie lo notara.
—¿Algo más? —pregunté con calma forzada.
—Sí —dijo mirándome fijamente—. Aprende a estar a la altura del cargo… o deja de ocupar espacio.
Asentí, cerré la laptop y salí de la oficina sin decir una palabra más.
Salí del trabajo cuando el cielo ya estaba oscuro. El cansancio me pesaba en los hombros y en los pies, pero aun así revisé mi bolso con cuidado, contando las monedas una por una para asegurarme de que me alcanzara para el autobús. A veces la vida se sentía así: una suma constante, exacta, donde no podía permitirme errores.
Todo lo hago por Leo. Me encargo de que tenga una buena educación, la mejor ropa que puedo pagar, comida sana, libros, juguetes que lo hagan pensar y soñar.
Estoy ahorrando, moneda a moneda, para que cuando llegue el momento pueda ir a un colegio privado, uno donde tenga oportunidades reales, donde nadie lo mire por encima del hombro. Pero la verdad es que el dinero nunca alcanza. Siempre falta algo.
Laura me ayuda demasiado. Más de lo que me gustaría admitir. Me presta, me cubre turnos con la nana, me acerca contactos, me sostiene cuando flaqueo. Y aunque le agradezco con el alma, también me duele. No quiero ser una carga para nadie. Quiero poder sola. Siempre quise.
Por eso aguanto a Gabriel Hamilton, yo puedo vivir en la miseria, no me importa, pero mi hijo no. Yo nací llena de lujos hasta que mi madre murió y mi padre se casó con mi tía y todo se jodió, pero mi Leo tendrá todo tanto económicamente como emocionalmente.
El trabajo con él paga bien. Muy bien. Lo suficiente como para justificar cada humillación, cada mirada de desprecio, cada palabra afilada.
Me repito eso como un mantra cada mañana: es solo un trabajo, es solo un trabajo. Y aun así, hay días en los que me cuesta respirar después de salir de su oficina.
Mientras esperaba el autobús, mi mente viajó atrás, a un tiempo que parece de otra vida.
Estuve tres años en la mejor universidad de México. Tenía planes, sueños claros, metas que parecían al alcance de la mano. Era buena estudiante, dedicada, ambiciosa. Luego me fui a vivir con Michael… y dejé todo. Convencida de que el amor era suficiente, de que juntos podíamos con todo. Pausé mis estudios “por un tiempo”, me dije. Ese tiempo se convirtió en años.
Después nació Leo, y el mundo cambió para siempre.
Llegar a Estados Unidos no fue empezar de cero, fue empezar desde menos diez. Entrar a una universidad aquí fue casi imposible. Más siendo mexicana, con un acento que muchos escuchan antes que mis capacidades. Aun así, no me rendí. Estudié de noche, después de trabajar, después de acostar a mi hijo, con los ojos ardiendo de sueño y el corazón lleno de determinación, por eso sacar la carrera me costó mucho trabajo, pero si Dios quiere este año me graduo.
Llegué a casa agotada, con los pies adoloridos y la cabeza llena de pendientes, pero en cuanto abrí la puerta todo lo demás dejó de importar. Leo estaba allí, sentado en el suelo del living, armando una torre imposible de bloques, acompañado por Marianne.
Marianne era joven, de cabello oscuro y ojos negros, mexicana como yo. Nos entendíamos sin demasiadas palabras, quizá porque compartíamos más de lo que parecía: el desarraigo, el acento, las ganas de salir adelante lejos de casa.
—¡Mamá! Te tardaste —dijo Leo apenas me vio, levantándose de un salto.
Reí y me agaché para recibirlo. Se me colgó del cuello con la naturalidad de quien sabe que ese es su lugar seguro.
—Perdón, mi amor —le dije, besándole la mejilla—. El trabajo fue largo hoy.
—La señora Miller llegó bien cansada —comentó Marianne con una sonrisa comprensiva—. Ah, y le llegó el correo.
Asentí distraída mientras dejaba el bolso sobre la mesa. Tomé el sobre que Marianne me extendía y reconocí de inmediato la caligrafía elegante. El corazón me dio un pequeño salto cuando lo abrí.
Era una invitación, Laura se casa.Me quedé mirándola unos segundos, como si no pudiera creerlo. Mi amiga. Mi sostén. La chica que conmigo era “la nerd” del colegio, la que soñaba con cambiar el mundo desde un cuaderno lleno de apuntes, ahora se casaba… y no con cualquiera, sino con un hombre importante, alguien que la miraba como siempre mereció ser mirada.
Sentí una mezcla de emoción, orgullo y una punzada suave de nostalgia.
Me giré hacia Leo y lo alcé otra vez en brazos.
—Se casa la tía Laura. —le dije con una sonrisa.
Leo abrió mucho los ojos y luego sonrió, apoyando la cabeza en mi hombro.
—¿Va a haber pastel?
Reí de verdad, de esas risas que alivian el pecho.
—Mucho pastel, estoy segura.
Mientras lo abrazaba, pensé que la vida, a pesar de todo, a veces también sabía regalar momentos buenos. Y ese, sin duda, era uno de ellos. Me encantaría asistir pero no está en mis planes volver a México.