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Maya, solo mía

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Blurb

(Segunda parte de Maya: Mi dulce obsesión)

Maya quedó marcada por la traición de Michael Style, el hombre que amó y que la dejó sola en el momento más difícil de su vida. Embarazada y rota, decidió huir para proteger a su bebé y empezar de nuevo lejos de todo. Más de tres años después, Maya es una mujer fuerte, dedicada por completo a su hijo de tres años. Consigue trabajo como asistente personal en una empresa importante y allí conoce a Gabriel Hamilton, un CEO frío y malhumorado que, sin buscarlo, comienza a interesarse en ella.Cuando Michael reaparece, el pasado que Maya intentó enterrar vuelve a amenazar su nueva vida. Entre recuerdos, heridas abiertas y nuevas oportunidades, Maya deberá elegir entre lo que fue y lo que podría llegar a ser.

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El inicio
Maya Me desperté cuando mi alarma sonó por tercera vez, mierda, otra vez tarde.Apagué el teléfono a tientas, cuidando no moverme demasiado. Siempre era lo mismo: mi pequeño silenciaba mi alarma. Giré el rostro y lo observé.Leonardo dormía profundamente, abrazado a mi brazo como si fuera su ancla al mundo. Cabello castaño revuelto, pestañas largas y esos ojos grises —idénticos a los de su padre— que ahora permanecían cerrados. A veces me quedaba mirándolo más de la cuenta, preguntándome cómo era posible que se pareciera tanto a alguien que ni siquiera conoce. Porque sí, era igual a él en el físico en el carácter.En esa manera testaruda de aferrarse a mí y yo también me lo preguntaba: ¿cómo se puede ser tan parecido a un desconocido? —Leonardo… —murmuré en tono de reclamo, aunque mi voz salió suave, casi una caricia. Él respondió con un pequeño bostezo, estirándose sin soltarme. Tenía apenas tres años y medio y ya había dejado claro que no soportaba dormir solo. Ni siquiera cuando yo debía trabajar. Su lugar era aquí, pegado a mí, como si temiera que al despertar yo pudiera desaparecer. Me incorporé un poco y aparté con cuidado un mechón de cabello de su frente. —Amor, mamá tiene que levantarse… —susurré. Leo frunció el ceño, aún medio dormido, y se giró más hacia mí, escondiendo el rostro en mi cuello. Sentí su respiración tibia y regular, y algo en mi pecho se apretó con fuerza. —No quiero que te vayas… —me dice, con la voz espesa de sueño y ese puchero que siempre logra desarmarme. Me inclino sobre él y apoyo la frente en la suya. —Cariño, tu nana Marianne te cuida bien —le digo con suavidad, acariciándole la mejilla—. Te va a preparar el desayuno que te gusta y después pueden jugar. Leonardo niega con la cabeza, aferrándose a mi pijama con sus manitos pequeñas. —Pero… —Pero nada, amor —lo interrumpo, sonriendo aunque por dentro me duela—. Mamá tiene que trabajar para que tengamos helado los domingos, ¿recuerdas? Me observa en silencio, pensativo. Sé que está luchando contra el sueño y contra la idea de quedarse sin mí. Sus ojitos grises se humedecen un poco y siento ese nudo familiar en la garganta. —¿Vuelves rápido? —pregunta al fin. —Lo más rápido que pueda —le prometo—. Y esta noche dormimos juntos otra vez, ¿sí? Eso parece convencerlo un poco. Se da vuelta en la cama, abrazando su almohada, aunque todavía me mira de reojo para asegurarse de que sigo ahí. —Te amo, mamá —murmura. Me inclino y beso su cabecita con cuidado. —Yo te amo más que a nada en el mundo, Leo. Me duché a las apuradas, sin siquiera darme tiempo de secarme el cabello. Lo até como pude, me puse el vestido corporativo —sencillo, sobrio, casi una armadura— y tomé mis papeles antes de salir corriendo. Un taxi me llevó hasta la empresa mientras repasaba mentalmente todo lo que tenía que hacer ese día, con el corazón todavía dividido entre el trabajo y la cama que había dejado tibia por el cuerpo de mi hijo. No tardé en llegar. Desde que me mudé de México empecé desde cero aquí, en Boston, una ciudad que al principio me pareció fría y distante, pero que con los años aprendí a llamar hogar. Nada fue fácil. Lo único que tenía era el dinero que me presto ella. Laura, mi mejor amiga, fue mi ancla. Su familia tenía un pequeño departamento aquí y me dio refugio, silencio, unos meses de paz antes de que naciera Leo. Ella me sostuvo cuando yo ya no podía más. Hasta hoy, es la única persona que sabe que tengo un hijo. Dejé atrás a la mujer que fui y me reinventé desde abajo. Gracias a los contactos del padre de Laura logré entrar en Hamilton & Crowe Corporation, la empresa de los Hamilton. Al principio limpiaba oficinas de noche mientras cuidaba a Leo de día. Trabajaba, estudiaba cuando podía, dormía poco y soñaba menos. Pero cada esfuerzo rindió frutos. Paso a paso, sin que nadie supiera de dónde venía ni todo lo que había perdido, fui ganándome un lugar. Cuando llegué a los pasillos principales me interceptó una mujer de traje gris impecable, tablet en mano y expresión severa. —El señor Hamilton está en su oficina… y está muy enojado.— Anunció una de las recepcionistas. Perfecto. Justo lo que necesitaba para comenzar el día.Asentí, tragué saliva y caminé directo a la pequeña estación de café. Mis manos se movieron solas, casi por reflejo: cápsula, taza, azúcar exacta, un chorrito mínimo de leche. Gabriel Hamilton podía ser un ogro, pero era un ogro extremadamente específico con su café. Si algo estaba fuera de lugar, lo sabría. Respiré hondo antes de entrar a su oficina. Gabriel Hamilton me odia. No es una suposición, es un hecho. Está buscando cualquier excusa para despedirme y lo sé desde el primer día. Hace apenas un mes que asumió como CEO y, antes de irse, su padre me nombró su asistente personal. El señor John Hamilton es un hombre amable, correcto, incluso cercano. Nada que ver con su hijo, que parece vivir permanentemente irritado con el mundo. Él fue quien me dio la primera oportunidad real en esta empresa, como un favor al padre de Laura, y yo jamás lo olvidaré. Entré. Su oficina es enorme, fría, con ventanales que dan a la ciudad. Gabriel estaba de espaldas, con las manos apoyadas en el escritorio, el saco perfectamente acomodado sobre sus hombros. Cabello oscuro, prolijamente peinado, y esos ojos azules que intimidan incluso cuando no te están mirando. Me acerqué en silencio y dejé el café sobre el escritorio. —Otra vez llegas tarde, Miller —dice sin mirarme siquiera. Aquí me conocen como Anne Miller. Uso el apellido de mi madre. Me quité el apellido de mi padre hace años, y Anne es mi segundo nombre. Maya quedó enterrada muy atrás, en un pasado que no pienso revivir. Anne es la mujer que sobrevive, la que sigue adelante. —Lo siento, señor Hamilton —respondí con voz firme, aunque por dentro me encogía. Él giró lentamente y me miró de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron sin pudor en mi cabello aún húmedo, en el cuello apenas descubierto por la blusa. Sentí el calor subir a mis mejillas, no de vergüenza, sino de rabia. —¿Ni siquiera tienes tiempo de presentarte de forma adecuada? —preguntó con desdén—. ¿Así trabaja mi asistente? Apreté los puños detrás de la espalda. —El tráfico estaba complicado y— —No me interesan las excusas —me cortó—. Estás aquí únicamente por una imposición de mi padre. No porque tengas lo que este puesto requiere y por si no te quedó claro, otra llegada tarde más y estarás fuera. El golpe fue directo, cruel. Sabía exactamente dónde atacar. —Entendido, señor Hamilton —dije, midiendo cada palabra—. No volverá a suceder. Él soltó una risa corta, sin humor. —Eso espero porque no pienso cargar con errores ajenos. Este no es un juego, Miller. Aquí se trabaja con excelencia o no se trabaja. Asentí una vez más, tragándome todo lo que quería decirle. Pensé en Leo, en sus manitos aferrándose a mi pijama esa mañana. Pensé en cada noche limpiando oficinas, en cada examen rendido con sueño, en cada sacrificio silencioso. Nadie aquí sabía nada de eso y no tenían por qué saberlo. Me giré para salir, pero su voz volvió a detenerme. —Y Miller… Me giré. —No confundas el favor de mi padre con mérito propio. Sentí el golpe, pero levanté el mentón. —Nunca lo hice —respondí con calma—. Por eso estoy aquí trabajando. Por un segundo, algo cruzó su mirada. Sorpresa, tal vez o molestia. No lo sé. No dijo nada más. Salí de la oficina con el corazón acelerado, pero la espalda recta. Puede que Gabriel Hamilton me despreciera, puede que intentara quebrarme, pero no sabía con quién se estaba metiendo. Yo ya había perdido demasiado en la vida como para dejar que un hombre malhumorado me arrebate lo único que construí con tanto esfuerzo y por mi hijo… era capaz de resistirlo todo. Notas del Autor (Recuerden leer primero: Maya: Mi dulce obsesión)

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