Maya No sentía el suelo bajo mis pies. Leo seguía en mis brazos, y aunque intentaba entender, sus ojos se movían entre Michael, Evelyn y yo, claramente confundido. —¿Él es mi papá? —preguntó bajito, mirándome. Mi corazón se hizo trizas. —Marianne, ¿puedes llevar a mi hijo adentro? —logré decir, pasándole a Leo mientras él me seguía mirando. —Ámbar, adelántate —ordenó Michael a la niña rubia, bajándola de sus brazos. La pequeña salió corriendo tras Marianne hacia el edificio. Entonces me giré hacia Evelyn. —No vuelvas a dirigirle la palabra a mi hijo —le advertí, cada sílaba llena de veneno. Evelyn me fulminó. —Soy yo quien no va a permitir que destroces a mi familia —escupió, elevando la voz—. Claro… dejaste a Michael hecho mierda y ahora que tiene dinero vuelves arrastrándote com

