Capítulo 1 (parte 2)

1405 Words
Lo que más le gustaba a Alexia era sentir el suelo bajo los pies. Estar descalza le daba una libertad que no encontraba en ningún otro lugar dentro de aquella mansión. Apenas cruzó la puerta de entrada, sus zapatos salieron volando y el mármol frío la recibió como un suspiro. Rebecca ya la esperaba. Apenas la vio, la tomó del brazo con urgencia y la arrastró por el pasillo hasta una habitación apartada. —Papá está reunido con Spencer… y con otro hombre que viste como militar —susurró con dramatismo. —Lo más probable es que sea tu nuevo guardaespaldas —respondió Alexia, acomodándose un mechón del cabello. —¿Tan rápido? —Sabes cómo es padre… si lo anuncia, es porque lo decidió hace tres semanas. Rebecca bufó, cruzándose de brazos. —Será agotador tener a alguien siguiéndome a todos lados. —Tendrás un buen amigo —dijo Alexia con una sonrisa—. Como Spencer, que es el jefe de Seguridad. —No sé… —Rebecca frunció la nariz—. Mejor vayamos al patio. Tengo galletas, gelatina… y está Estrella. Estrella: la pequeña Pomerania blancuzca que adoraba ladrar en tono agudo cada vez que veía a Alexia. Ella la toleraba pero a veces sentía que era demasiado molesta. —De acuerdo, déjame ponerme ropa más cómoda y voy. —Te espero aquí abajo —canturreó Rebecca, ya más animada. Alexia subió las escaleras de dos en dos. Eligió unos pantalones cortos y una camiseta oversize color crema con una palabra grande y atrevida al frente: f**k. Si su padre la veía, seguramente frunciría el ceño, pero hoy no tenía energía para complacer a nadie. También cambió la manga que cubría su antebrazo izquierdo, ocultando cuidadosamente la herida que no quería que nadie viera. Cuando bajó, Rebecca le tomó la mano enseguida. Salieron al jardín, donde improvisaron una cocina con mesas, recipientes y los ingredientes que la señora Amanda les había preparado. Hicieron sándwiches y decoraban un pastel pequeño, Estrella corría de un lado a otro queriendo comerse todo a su paso. La diferencia entre ambas hermanas no estaba solo en la edad o en el color del cabello. Era evidente en cada gesto, en cada mirada servicial hacia Rebecca, en el respeto que recibía… y en el que Alexia no siempre obtenía. El marqués salió al patio acompañado de Spencer y del hombre nuevo. Era alto, rubio, ojos azules, de unos 1.80 de estatura. Sus pasos eran controlados, de alguien que sabía exactamente dónde poner el pie. Spencer le mostraba el terreno, señalaba las cámaras ocultas y explicaba el protocolo de seguridad. Cuando estuvieron cerca, Edward Raven se detuvo. —Como verás, tu deber será con ella —dijo el marqués, señalando directamente a Rebecca—. Mi hija Rebecca… cariño, ven aquí. Rebecca dejó el pastel y se acercó con un movimiento elegante y un poco tímido. —Él será tu guardaespaldas personal. El hombre inclinó ligeramente la cabeza. —Soy Asher Foster. Un gusto, Lady Rebecca —dijo con una seriedad casi intimidante. —Ella será tu prioridad absoluta —continuó Edward—. Rebecca heredará el título, y su seguridad es lo primero. —Entendido. —Asher asintió—. ¿Cuáles son los horarios de su nana? —preguntó, sin apartar la mirada de Alexia, que seguía sosteniendo un sándwich en la mano. Alexia soltó una carcajada inmediata. Spencer, incómodo, carraspeó. —Rebecca no tiene nana —aclaró—. Ella es su hermana mayor… Alexia. Por un segundo, el gesto de Asher se quebró. Apenas un parpadeo. Pero fue suficiente. «Mierda» pensó Asher. «Metí la pata.» —No se preocupe, puede tratarme como nana si quiere —dijo Alexia, encogiéndose de hombros antes de darle otro mordisco al sándwich. —Claro que no. No eres mi nana —replicó Rebecca, indignada—. Eres mi hermana. Asher se irguió. —Mis disculpas, mi Lady. —Nada de Lady, ni señorita Raven —corrigió Alexia con firmeza—. Solo Alexia. Señor Spencer, ¿me permite el currículum? Spencer sabía que cuando se trataba de la seguridad de Rebecca, Alexia era sorprendentemente exigente. Ella hojeaba el documento con rapidez. Sus ojos se ampliaron apenas. Asher Foster. 32 años. Ex militar. Incursiones en el Medio Oriente. Tres años como guardaespaldas. Dado de baja por estrés postraumático. —¿Será un problema su TEPT? —preguntó Alexia sin suavizar el tono. —Ninguno —respondió Asher, viéndola directamente a los ojos por primera vez. Alexia cerró la carpeta. —Si Spencer decidió que usted es el mejor para cuidar a Rebecca, confío en su juicio. —Spencer, lo dejo para que le indique todas las reglas de la casa —dijo el marqués antes de alejarse. —Sí, señor Raven —respondió Spencer con su tono firme de siempre. El marqués se marchó contestando una llamada y Spencer se volvió hacia las dos jóvenes. —Nos retiramos, señoritas. —Hasta luego, Spencer —respondieron Rebecca y Alexia al unísono, con la alegría natural que siempre le tenían. Ellas volvieron a su juego improvisado, riendo mientras untaba crema en el pastel desequilibrado. Asher los observó apenas un segundo: la escena era cálida, doméstica. Una familia que parecía perfecta, pero olía a secretos. Spencer continuó caminando y Asher lo siguió. Ya dentro de la mansión, recorrieron los pasillos hasta llegar a la Oficina de Seguridad. Pantallas gigantes. Cámaras en cada esquina. Monitores que parpadeaban con los movimientos del personal, de la familia, de todo. Spencer abrió una puerta lateral hacia una zona apartada: una pequeña cocina destinada al personal de seguridad. Allí, solos, finalmente habló con la voz grave de quien ya había visto demasiado. —Bien, Foster. Escucha con atención —dijo apoyando las manos en la mesa metálica—. Las reglas aquí no son sugerencias. Son ley. Asher enderezó la espalda. Spencer comenzó: —Dentro de la mansión se trata a los marqueses como Señor y Señora. Si hay visitas, se les dice Marqués o Marquesa. No hay excepciones. Asher asintió sin interrumpirlo. —Lo que veas o escuches aquí, no sale de estas paredes. La familia… tiene dinámicas particulares. Diferentes a lo que quizá imaginas. Y tú no haces preguntas, ni tampoco intervienes. Un silencio denso cayó entre ellos. —Entiendo —respondió Asher. Spencer lo miró con más dureza aún. —No se toca a las hijas del Marqués. Asher parpadeó. Spencer continuó sin suavizar el impacto: —Olvídate de siquiera imaginar acostarte con Alexia. Ni con Rebecca cuando sea adulta. Aquí esa regla es absoluta. Y antes de que abras la boca… sí, lo digo porque ya ha pasado antes. Empleados que confunden cercanía con derecho. Asher apretó la mandíbula. —No soy ese tipo de hombre. —Más te vale —sentenció Spencer—. Porque si cruzas esa línea, no solo te quedas sin trabajo… Será el marqués quien se encargue personalmente. La advertencia no era metafórica. Spencer siguió: —Tendrás un día libre a la semana. Lunes o martes, dependiendo de los eventos. Y créeme, hay muchos. Bailes, cenas, reuniones, celebraciones del Reino… siempre algo. Le entregó una hoja con horarios detallados. —Nunca ocultes nada al marqués respecto a tu trabajo. Jamás. Si él descubre que le mentiste… no volverás a conseguir trabajo como guardaespaldas en ningún lugar. Y eso te lo digo por experiencia con otros. Asher tomó aire. —Entiendo, señor. Spencer finalmente se relajó un poco. Solo un poco. —Bien. Se te asignará una habitación en la planta baja, cerca de la salida este. Desde ahora ese será tu punto de vigilancia. Le pasó un pequeño dossier. —Este es el horario de la señorita Rebecca. Y tenlo en cuenta… —Spencer lo miró con una seriedad extraña—. En tres días será su cumpleaños número doce. Toda la nobleza asistirá. Y eso significa más riesgo. Asher tomó la carpeta. —Comprendo. Gracias por la oportunidad, señor Spencer. —Recorre la mansión, memoriza las rutas, los accesos, las salidas. Y Foster… —lo miró con una ceja alzada—. Mantente alerta. —¿Qué amenazas puede tener la Familia? —preguntó Foster. —Los marqueses, tiene un gran negocio de gemas preciosas y es un mercado delicado, también el Reino de Wittmar tiene ciertos altercados con países y el marqués y otros nobles se encargan de esa relación diplomática. —Comprendo. Asher asintió y salió.
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