El mármol bajo sus botas brillaba impecable, demasiado perfecto, demasiado caro. Cada paso parecía un recordatorio de que ese lugar no era para cualquiera… y que un error podría costarle más que el trabajo.
Mientras avanzaba, levantó discretamente la mirada hacia el corredor abierto que daba al jardín. Desde ahí vio a Rebecca y Alexia. La menor reía, una risa suave, juvenil; la mayor la seguía imitando los pasos de los soldados.
Alexia tenía cabello castaño claro y Rebecca era rubia pero ambas tenían los ojos verdes del Marqués.
Asher se apoyó sutilmente en una columna, observándolas desde la distancia, sin perder detalle.
Rebecca correteaba con un juguete en las manos, cabello al viento, completamente ajena a la oscuridad que movía en los hilos de su propia casa. Alexia, por su parte, notó la presencia de Asher por un segundo. Sus miradas se cruzaron.
Un segundo.
Nada más.
Pero suficiente para que él sintiera un ligero cosquilleo en la nuca, como si alguien hubiera encendido un interruptor interno. Ella bajó la mirada y retomó su papel de hermana mayor… pero Asher supo que lo había evaluado.
Y él también la evaluó.
Demasiado libre. Demasiado confiada y algo extraña para alguien de la nobleza.
Solo había cuidado al hijo de un noble hace tres años, pero no personalmente, sino como parte de un equipo, son arrogantes, pretenciosos y con un carácter de mierda.
«Quizás solo la mayor sea la arrogante»
Siguió caminando, repasando mentalmente cada detalle de seguridad, cada salida, cada ángulo muerto que las cámaras cubrían sólo a medias. Todo lo registraba. Todo lo analizaba. Así funcionaba su mente: no sabía descansar.
Cuando el reloj marcó las seis, la mansión cambió su respiración. Se escuchaban movimientos distintos, los empleados se apresuraron; las puertas se ajustaron; incluso la luz pareció volverse un poco más dorada, más formal.
La familia estaba por llegar para la cena.
Asher se posicionó al lado de la escalera principal como le habían indicado.
Primero entró la Marquesa, impecable, elegante, con ese aire frío que solo alguien acostumbrado al poder puede cargar sin esfuerzo. Sus ojos pasaron por Asher como quien inspecciona un objeto nuevo que aún no decide si vale la pena.
Luego apareció el Marqués Raven. No necesitaba levantar la voz para imponer presencia. Su sola entrada hacía que el ambiente se tensara. Cada empleado bajó la cabeza. Asher también.
Fue entonces cuando Rebecca y Alexia aparecieron desde el pasillo, acercándose con pasos suaves. La pequeña corrió hacia su madre para abrazarla, aferrándose a ella en un abrazó. Alexia caminó más lento, manteniendo la compostura que a Rebecca aún le faltaba.
Estaba descalza y su ropa se veía sucia.
El Marqués habló sin mirar a Asher directamente:
—Espero que ya le hayan explicado sus funciones.
—Sí, señor —respondió Asher firme, con la espalda recta.
El Marqués asintió apenas, como si eso fuera todo lo que necesitaba oír.
Todos entraron al comedor. Incluido Asher y Spenser.
Asher se situó a una distancia prudente. No debía intervenir a menos que hubiese una orden directa, pero Spencer le había dejado claro que debía observar todo. La seguridad en esa familia no solo estaba afuera… también se jugaba adentro.
El comedor era amplio, solemne, con una mesa larga de madera oscura que brillaba bajo la luz dorada del candelabro. Todo estaba dispuesto con una precisión casi obsesiva: cubiertos alineados al milímetro, copas sin una sola huella, servilletas dobladas como si fueran parte de un ritual.
Asher se colocó detrás de la silla de Rebecca, lo bastante cerca para intervenir, lo bastante lejos para no ser visto como una sombra amenazante. Desde ahí tenía control de todo el panorama.
El Marqués se sentó en la cabecera con postura de mando, su esposa a la derecha, Rebecca a la izquierda, y Alexia junto a ella. Cuando no había invitados, la familia relajaba el protocolo.
Parecían perfectos.
Demasiado perfectos.
Y Asher sabía, por experiencia, que la perfección siempre ocultaba grietas profundas.
La cena empezó envuelta en un silencio denso. El único sonido era el leve choque de los cubiertos. Ni una palabra innecesaria. Ni un gesto fuera de lugar, comían y bebían sin interrupción.
La Marquesa fue la primera en romper la tensión:
—Alexia, ¿cómo estuvo el evento en el hospital?
La joven no levantó la vista del plato, solo respiró hondo antes de contestar:
—Concurrido de soldados, marines y guardias.
—¿Y qué hay del orfanato?
—Estuve dos horas en la mañana, no había mucho que hacer.
—Bien.
Rebecca observaba a su hermana con adoración silenciosa, como si quisiera absorber su fuerza, o tal vez aprender a imitarla.
El Marqués intervino sin suavidad alguna:
—¿Cómo estuviste en cuanto a comportamiento durante el evento?
Alexia arqueó apenas una ceja. Desafío puro.
—Como siempre. Si lo que quieres saber es si hice algo indecoroso con algún soldado, te digo que no tuve tiempo.
Rebecca soltó una risilla nerviosa. Pero el padre golpeó la mesa con la mano, un sonido seco, lleno de advertencia.
—No hables así frente a Rebecca. Lo sabes.
—Lo sé —respondió Alexia, sin rastro de arrepentimiento—. Puedo hablar de eso con ella en privado.
—Ni se te ocurra —intervino Janelle, con una voz suave pero afilada—. No metas esos temas en la cabeza de tu hermana, aún es joven.
—Es mejor que aprenda ahora cómo son las cosas —replicó Alexia, clavando los ojos en su padre—. No vas a esperar que algún idiota se le acerque… como me pasó a mí en la fiesta de debutantes.
El silencio cayó de golpe, como si alguien hubiese cortado el aire.
El Marqués la miró con tal furia, haciendo que Asher tensara la mandíbula. Era la mirada de un hombre a punto de romper algo… o a alguien.
—De eso no se habla —dijo él, voz baja, peligrosa.
—De eso no —repitió Alexia, sosteniéndole la mirada—. No sería conveniente.
La respiración del Marqués cambió. El tono se volvió filo.
—Cuida la forma en la que me hablas. Te lo he dicho muchas veces.
Ella bajó la mirada, pero Asher vio cómo sus dedos se apretaban en los cubiertos.
—Sí, padre.
La Marquesa, percibiendo que la tensión estaba a punto de explotar, carraspeó con elegancia.
—Mañana llega Lord Raven. Así que por favor, cuiden sus modales. Ya saben cómo se pone.
Rebecca sonrió.
—Qué bien, el abuelo viene.
Alexia, sin decir nada, tomó la botella de vino y sirvió la copa que tenía frente a ella. El Marqués reaccionó al instante.
—Retírenle la botella y la copa.
Pero ella fue más rápida: tomó la copa y se la bebió de un solo trago. El vino se derramó por sus labios y manchó la camisa crema que llevaba, la misma que esa tarde decía “f**k” en letras grandes.
La Marquesa cerró los ojos y el Marqués apretó la mandíbula. Todo aquello parecía rebeldía de una joven noble buscando atención.
Nadie habló después. La cena avanzó en un silencio helado.
Cuando sirvieron los postres, Alexia pidió permiso para retirarse. La Marquesa aceptó. Rebecca quiso seguirla, pero su padre solo necesitó una mirada para detenerla.
Alexia salió sin mirar atrás.
Ella cruzó el pasillo, abrió un pequeño buró decorado con flores blancas, y sacó una cajetilla de cigarrillos escondida en el fondo junto a un encendedor plateado. Luego se dirigió hacia la puerta trasera.
No lo hizo con prisa, sino con una calma que parecía peligrosa.
Ella salió afuera y se sentó en una banca que daba vista al jardín, encendió un cigarrillo con manos que aún temblaban del vino, del enojo, de algo más profundo que solo una discusión familiar. Inhaló y soltó el humo hacia el cielo nocturno.
No era una fumadora habitual, Solo necesitaba que algo la calmara.
Las siguientes horas transcurrieron en una calma engañosa. Los Marqueses y Rebecca estaban en el estudio, conversando sobre los preparativos de la fiesta y repasando lo que la niña había aprendido ese día. Desde afuera, cualquiera diría que era una familia perfecta, disciplinada, unida.
Desde adentro, era un sistema donde cada pieza debía moverse sin ruido.
Alexia seguía sentada en la banca del jardín, observando cómo el bosque se volvía una mancha más oscura a cada minuto. El viento traía olor a tierra húmeda y hojas viejas. En algún momento los párpados se le cerraron: un pestañeo largo, casi un derrumbe. Enderezó la cabeza bruscamente y soltó aire por la nariz, obligándose a espabilar.
Era hora de dormir… o al menos intentarlo. Alexia ha estado agotada estos días.
Dentro de la mansión, Rebecca y su madre salieron del estudio quince minutos después de que Alexia subiera, acompañadas por Asher, que se detuvo en el marco de la puerta de la habitación de la niña.
—Bien, mi hermosa jovencita —dijo la Marquesa con una dulzura que rozaba lo dramático—. Prepárate para dormir. En pocos días tendrás una fiesta preciosa… y mañana llega tu abuelo. Ya sabes que tienes que portarte bien.
Rebecca asintió con la obediencia perfecta que siempre tenía cuando su madre la observaba. Vestida con su bata de dormir, se sentó mientras Janelle peinaba su cabello rubio, igual al de ella, con movimientos lentos y meticulosos.
Al otro lado del pasillo, Alexia terminaba de ducharse. El vapor aún llenaba el baño mientras ella volvía a cubrir su antebrazo.
A las 9:30 en punto se realizó el cambio de guardia. Asher estaba autorizado a retirarse; Gaston tomaría el turno nocturno. La rutina estaba tan marcada que parecía un ritual militar.
Justo en ese instante Rebecca salió de su habitación. Pasó frente a Asher sin dedicarle ni una mirada, como si él fuera un mueble más del pasillo. Caminó directo a la puerta de Alexia y tocó dos veces.
Rebecca entró sin pedir permiso y se acomodó en la cama de su hermana. Alexia la observó unos segundos y entendió todo sin necesidad de palabras: Rebecca sabía que estaba triste, por la situación de su padre durante la cena. Se recostó junto a ella y la abrazó con ternura.
Ese gesto, el único lugar seguro que Alexia tenía, era también el único que Rebecca no podía perder.
Asher bajó las escaleras y se dirigió al cuarto de seguridad para firmar su salida.
En las pantallas, los guardias de turno seguían observando las cámaras, se rieron entre dientes.
—¿Viste? —dijo uno—. Ya se fue a la habitación de la hermana.
—Ya va para doce años, debería dejar de hacer eso —respondió el otro, aunque sin verdadero reproche.
—Te apuesto que hoy se levanta a la una a hacer la llamada —añadió el primero.
Asher frunció el ceño.
—¿A quién llama Rebecca a esa hora?
Los dos se miraron y soltaron otra carcajada.
—La niña no —respondió el más viejo—. Alexia. Baja a la cocina y llama a su madre. Tenlo en cuenta para que no pienses que es un fantasma.
Y tenían razón.
Como si algo dentro de ella estuviera programado, a la 1:00 a.m. Alexia volvió a despertar. Se puso una bata, salió sin encender luces, bajó las escaleras y caminó directo a la cocina. Nadie la interceptó; los guardias sabían que ella no era una amenaza.
Descolgó el teléfono fijo, subió a la mesa y apoyó los pies en una silla, como si necesitara elevarse un poco del mundo para poder hablar. Esperó en silencio, con una mano sosteniendo un mechón de cabello, como cuando era niña.
La voz llegó del otro lado.
—Alexia.
Ella cerró los ojos.
—Hola, mamá… ¿cómo estás?
—Muy bien, hija. ¿Y tú? ¿Qué tal va todo?
—Bien. Aunque te extraño.
La voz de su madre se suavizó.
—Es uno de esos días, ¿no?
—Sí… cada día me odia más. —La voz de Alexia se quebró apenas—. Desearía irme.
Hubo un largo silencio.
—Lo sé, cariño. —La mujer suspiró al otro lado—. Lamento ser una mala madre.
Alexia apretó los labios entre lágrimas.
—Sabes que no lo eres. Sé por qué lo hiciste. Y jamás te culparé por ello. Eres la mejor de todas.
—Sé que tratas de no causar problemas, pero sé que vivir en ese encierro debe ser tormentoso. —su madre suspiro tras el teléfono—. mejor cuéntame qué ha sucedido.
Conversaron durante una hora y media: temas triviales, historias del día a día, anécdotas de Rebecca, chismes sobre el nuevo guardaespaldas, los preparativos de la fiesta.
Lo normal.
Lo que cualquier familia hablaría a plena luz del día, pero ellas solo podían hacerlo en la oscuridad de la noche.
Cuando la llamada terminó, Alexia bajó de la mesa en silencio, colgó el teléfono, volvió a subir las escaleras y se acostó junto a Rebecca, que dormía profundamente.
Y como si nada de lo ocurrido esa noche hubiera sucedido… como si ella no hubiera derramado la verdad en un teléfono robado… como si no hubiese un pedazo de ella viviendo fuera de esa casa…
se obligó a dormir.