La mañana siguiente amaneció radiante, como si el cielo ignorara deliberadamente la tensión que se cocinaba dentro de las paredes de la mansión. Desde el comedor se escuchaban cubiertos y voces suaves; toda la familia había bajado a desayunar… excepto Alexia.
Había intentado ignorar el vacío en su estómago, pero a las nueve la necesidad de comer fue más fuerte que el deseo de evitar miradas. Se dio una ducha rápida, se puso una prenda sencilla para ir al orfanato y salió de su habitación todavía sin zapatos, intentando no llamar la atención mientras bajaba las escaleras.
Pero se detuvo en seco.
La puerta principal se abrió con la solemnidad de un acto ceremonial.
Lord Raven acababa de llegar.
Un murmullo helado recorrió la mansión. Incluso los guardias enderezaron la postura, tensos. Asher, que estaba de pie junto a la puerta de la sala, observó la escena con un instinto inmediato de alerta.
Rebecca, que jugaba en el suelo con su pequeño Pomerania, quedó inmóvil, como si un comando silencioso le hubiera recorrido la espina dorsal. Su expresión cambió de niña despreocupada a perfecta heredera en un parpadeo.
—Abuelo —exclamó, emocionada.
—Mi hermosísima Rebecca… ven aquí. —Lord Raven abrió los brazos. En un gesto cálido —. Estás más hermosa cada día.
La abrazó brevemente y como si hubiera pasado desapercibida a pesar de estar ahí presente, Lord Raven observó a Alexa de pie a cabeza.
Alexia empezó a descender con cuidado por cada peldaño.
—Marques Raven —saludó, ella con una pequeña reverencia de manera educada.
Su mirada recorrió las piernas descalzas de Alexia como si evaluara un error táctico en un soldado.
—Alexia. Colócate zapatos.
No levantó la voz. Pero no hizo falta. La orden cayó como un peso que aplastó cualquier posibilidad de discusión.
Ella solo asintió. Bajó el último escalón, se agachó y metió los pies en los zapatos apresuradamente.
—Lamento no quedarme —dijo Alexia con educación impecable—. Debo ir al orfanato a cumplir un par de deberes.
Lord Raven asintió con frialdad, como si evaluara si esa excusa era aceptable.
—Bien. Cumple correctamente con tu trabajo.
Había un filo peligroso en la palabra correctamente.
Rebecca observó a Alexia que se inclinó y la abrazó con suavidad y le susurró algo que Asher no alcanzó a oír, pero reconoció la forma: vuelvo al medio día.
Alexia hizo una segunda reverencia, esta vez dirigida a Lord Raven, y se marchó con pasos silenciosos. Lord Raven observó la puerta cerrarse antes de volver su mirada hacia su nieta.
—¿Dónde están tus padres, mi pequeña?
—En el estudio —respondió Rebecca, acomodándose un mechón detrás de la oreja, con una sonrisa.
Entonces los ojos del hombre se posaron en Asher.
Rebecca lo presentó.
—Es mi guardaespaldas personal… el señor Asher Foster.
Asher asintió con un respeto seco.
Lord Raven simplemente lo evaluó. No con hostilidad… sino con esa clase de examen que deja claro que está calculando tu valor, tu utilidad y tus defectos al mismo tiempo.
Rebecca guió a su abuelo por los pasillos hasta el estudio. Asher caminó detrás de ellos manteniendo distancia, pero con la atención afilada.
Al abrir la puerta, los marqueses estaban conversando relajadamente, pero al ver a Lord Raven ambos se levantaron de inmediato.
—Padre —dijo el marqués—, creí que vendrías más tarde.
—Temo decepcionarte —respondió Lord Raven. —Como hombre ya jubilado… no hay mucho que hacer.
La conversación que siguió fue correcta, impecablemente educada… casi inhumana. Hablaron de clima, compromisos y la fiesta.
No había risas, ni interrupciones, ni tropiezos.
Era como presenciar una clase práctica de etiqueta aristocrática donde cada palabra debía ser aprobada antes de pronunciarse.
Asher fuera de la puerta podía escuchar todo y le quedó claro algo: Cerca de ese hombre, todos eran versiones reducidas de sí mismos.
Cuidar a Rebecca resultó fácil en papel: acompañarla, seguirla, estar atento. Pero la niña parecía inquieta desde que él había llegado. No le hablaba. No le preguntaba nada. No hacía bromas como con los otros empleados.
Asher no sabía aún si era miedo, respeto… o simple duda.
Cuando la profesora de piano terminó la clase a las 11:30, Rebecca se quedó sola con él. Se quedó en el banco, tocando notas dispersas, como si buscara palabras que no se atrevía a usar.
—¿Sabe tocar piano, señor Foster? —preguntó finalmente.
—No.
Rebecca movió los dedos por las teclas, nerviosa.
—¿Sabe tocar algún instrumento?
—No.
Ella tragó saliva. Quiso hacer otra pregunta, pero el “no” ya estaba listo en su mente. Guardó silencio, frustrada.
Entonces un ruido en la entrada principal la hizo levantarse inmediatamente. Reconoció la voz incluso antes de verlo.
—¡Tío Christ! —corrió hacia él.
Christopher, cuatro años menor que el marqués, la levantó en brazos girándola con una energía totalmente opuesta a la del resto de la familia.
—Becca, preciosa, ¿cómo estás? —le dijo besándole la frente—. Estás cada día más hermosa.
Ella sonrió alegre.
—¿Dónde están los gemelos?
—Vendrán pronto. Yo me adelanté para hablar con tu abuelo.
Rebecca tomó aire con emoción infantil.
—¿Quieres escucharme tocar el piano?
Los ojos de Christopher brillaron.
—Siempre quiero escucharte tocar el piano.
Asher, desde detrás, observó la escena, parecían que a solas eran totalmente diferentes que con compañía.
Cuando Alexia llegó a la mansión, repitió su rutina casi de forma automática. Se quitó los zapatos y los dejó alineados junto a la puerta, como si ese gesto fuera la única manera de recordarse que aún estaba en casa. Luego recogió su cabello, dejando el cuello al descubierto.
Entonces lo oyó.
El piano.
Reconoció las notas dispersas de inmediato: Rebecca.
Eso la tranquilizó… por un segundo.
Avanzó por el pasillo con pasos lentos, medidos. No tenía prisa. Tampoco quería llegar demasiado pronto. La puerta del salón estaba entreabierta.
Vio primero a Asher, recostado contra la pared, inmóvil, atento. Su presencia aún le resultaba extraña.
Pero después lo vio a él y el aire se le quedó atrapado en el pecho.
Christopher.
Alexia se detuvo apenas un instante, lo suficiente para que el cuerpo reaccionara antes que la mente. Tragó saliva con dificultad. Asher, desde su posición, lo notó. Vio cómo sus hombros se tensaban, cómo su respiración cambiaba, cómo esa mujer que hasta entonces se movía con ligereza parecía encogerse un centímetro.
Christopher estaba sentado cerca de Rebecca, observándola tocar con una sonrisa relajada, casi encantada. Cuando levantó la vista y la vio entrar, su expresión se transformó lentamente.
—Alexia… qué gusto verte —dijo, recorriéndola de arriba abajo sin disimulo—. Veo que aún sigues prefiriendo estar descalza.
El comentario cayó pesado. Demasiado íntimo.
—Tío Christopher —respondió ella.
Nada más.
No sonrió. No avanzó. No retrocedió.
Solo sostuvo la mirada el tiempo justo para que quedara claro que lo había escuchado… y que no le agradaba.
Rebecca siguió tocando, ajena —o fingiendo estarlo—, mientras Asher observaba en silencio, entendiendo que el peligro dentro de esa mansión no siempre llevaba uniforme.
A veces sonreía. A veces bromeaba. A veces se sentaba demasiado cerca.
Y Christopher…
Christopher observaba a Alexia de forma descarada. Se detiene un segundo más de lo correcto. Asher no necesitaba conocer la historia para saber que ahí había una grieta.
Alexia permanecía de pie, con los brazos cruzados de forma inconsciente, como si intentara proteger algo que no debía ser expuesto. No apartaba la vista de Rebecca, pero su cuerpo estaba alerta, tenso.
Rebecca terminó la pieza con una nota suave y giró en el banco.
—¿Alexia, te gustó?
—Mucho —respondió ella de inmediato, acercándose—. Cada día lo haces mejor.
Christopher sonrió, complacido.
—Tiene talento… como su hermana —dijo, apoyando su mano sobre la espalda alta de Rebecca —. Aunque Alexia siempre fue más interesante que talentosa.
Asher apretó la mandíbula.
Antes de que Alexia pudiera responder, se escucharon pasos y voces en el pasillo principal.
—¡Rebecca! —exclamó una voz femenina.
Samantha apareció primero. Alta, impecable, con un vestido claro y una sonrisa entrenada. Detrás de ella entraron Chase y Cole, idénticos hasta en el gesto despreocupado, aunque uno llevaba el cabello ligeramente más largo que el otro.
—¡Tía Sam! —Rebecca corrió hacia ella.
—Mira nada más qué grande estás —dijo Samantha, besándole la mejilla—. ¿Lista para tu cumpleaños?
—Sí.
Los gemelos se acercaron enseguida.
—Hola, Becca —dijo Chase con una sonrisa ladeada.
—¿Ya nos vas a presumir lo bien que tocas el piano? —añadió Cole.
Rebecca rió.
—Alexia, qué sorpresa verte aquí —dijo Samantha, mirándola con amabilidad superficial—. Pensé que estarías ocupada con tus… voluntariados.
—Llegué hace un momento —respondió Alexia.
Christopher se levantó finalmente.
—Vamos, el almuerzo debe estar por servirse. Padre no gusta de esperas.
Asher notó cómo Alexia se relajó apenas cuando Christopher se alejó unos pasos. Lo suficiente para confirmar su sospecha.
Ella no le teme al abuelo, pensó.
Le teme a él.
El comedor volvió a llenarse, pero esta vez el ambiente era distinto. Más ruido. Más movimiento.
Lord Raven ocupó la cabecera. El marqués el lado opuesto. Samantha se sentó junto a Christopher. Los gemelos se acomodaron frente a Rebecca, llenando el espacio de murmullos juveniles.
Alexia tomó asiento al lado de su padre. Al parecer a nadie le importó que siguiera sin utilizar zapatos.
Asher se colocó detrás de Rebecca, pero su atención se dividía ahora entre dos puntos: la niña… y Christopher.
—Rebecca, debes comer más despacio —indicó Lord Raven.
—Sí, abuelo.
—¿Alexia? —preguntó Christopher de repente—. ¿Qué tal va el orfanato y el trabajo en el hospital?
El silencio cayó de golpe.
Alexia levantó la vista.
—Todo va bien.
Lord Raven observó la escena sin intervenir, como si estuviera evaluando una jugada.
Asher sintió un nudo en el estómago.
En el campo de batalla, las líneas eran claras.
Aquí no. El almuerzo continuó entre charlas ocasionales. Cuando todo terminó sin Alexia sintió un aire tenso.
Asher acompañó a Rebecca hasta el jardín trasero, se aseguró de que estuviera con los gemelos y luego se retiró con la excusa de revisar el perímetro.
No fue al jardín, se fue directo a la oficina de seguridad.
Spencer estaba solo frente a los monitores, revisando cámaras con la calma de quien cree haberlo visto todo.
—Necesito hablar con usted —dijo Asher, cerrando la puerta detrás de sí.
Spencer no se giró.
—Si es sobre el almuerzo, no es la primera vez que hay tensiones familiares.
—No hablo de tensiones —replicó Asher—. Hablo de Christopher Raven.
Eso hizo que Spencer levantara la vista.
—¿Qué pasa con él?
Asher dudó un segundo. No podía acusar sin pruebas. Pero el instinto… ese nunca se equivocaba.
—La forma en que mira a Alexia. No es apropiada.
Spencer suspiró, se recostó en la silla.
—No eres el primero, ni el último en notarlo.
Asher frunció el ceño.
—¿Y aun así no hacen nada?
—¿Cómo crees que te iría si acusas sin pruebas a un Lord? —respondió Spencer con frialdad—. En esta familia hay cosas que se toleran más de lo que deberían.
Eso no le gustó.
—Ella se tensa cuando él está cerca. Se encoge. No es normal.
Spencer lo observó en silencio unos segundos.
—Haz tu trabajo —dijo finalmente—. Que es cuidar a Rebecca, a nadie más. Y mantén los ojos abiertos.
No fue una orden.
Fue una advertencia.
Asher salió de la oficina de vuelta al jardín. Donde los jóvenes jugaban, pero también la sombra de Alexia desaparecía al fondo de los árboles.