Alessandro di Stefano El día comenzó como cualquier otro. Mis escoltas me recogieron temprano para llevarme a la oficina. Mi equipo me esperaba con los informes del día y las reuniones programadas. Cada paso, cada palabra, cada firma en los contratos, todo se desarrollaba con la rutina meticulosa que había construido a lo largo de los años. Pero nada de eso lograba distraerme de la imagen de Amelia. Mi oficina estaba en uno de los edificios más altos y modernos de la ciudad. Desde la ventana, podía ver toda la urbe extendiéndose bajo mis pies. Era una vista que solía darme una sensación de control y poder, pero hoy se sentía diferente. Recostado en mi silla ortopédica, revisaba los informes de la noche anterior. Había transacciones importantes que necesitaban mi atención, movimientos e

