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Entre Sombras y Secretos.

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Blurb

En esta historia exploraremos dos mundos, dos almas, dos corazones... Ella una mujer echa sonrisa, carisma, sensualidad y luz. Amelia es la típica chica que sueña, que cree y proyecta mucho amor, una con un gran espíritu de supervivencia y superación amante de la música y de las buenas vibras. Él por el contrario es un hombre de cuidado. Tan déspota, prepotente y sanguinario como ningún otro. Alessandro tiene una personalidad difícil de manejar, es un hombre cerrado a las ideas. de los demás y su corazón cerrado con mil candados es impenetrable...

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Mercancía.
Narra el autor... — Señor, el auto está listo. — Dame cinco minutos, Augus. — El mencionado asiente y cierra la puerta de la oficina con el mismo cuidado con el que la abrió. Sabe que su jefe es bastante cuidadoso con el ruido; cualquier movimiento en falso puede alterar su estado de ánimo, lo cual sería extremadamente desastroso. Los cinco minutos se multiplican tanto que Augus se ve tentado a volver a anunciar la salida, pero teme un regaño. Su jefe no es un hombre puntual; más bien, se toma su tiempo para hacer todo, para dejarse desear, y así logra que todos respeten su lugar. Un egocéntrico de mierda... — Vamos. — Escucha Augus una vez que la puerta se abre. — Busca a Simone, quiero verlo antes de que finalice la noche. Y, por favor, aleja a Marcia de mí; hoy no soportaría verla. — Da algunas indicaciones mientras camina hacia el ascensor privado. Augus lo escucha atentamente, pues olvidar algún detalle no está permitido. Toman el ascensor y una vez afuera del imponente edificio Nerone Luxury Group una lujosa camioneta blindada junto con otros autos los esperan afuera. Suben al auto el cual se pone de inmediato en marcha bajo la orden de Augus rumbo a un club cerca de la zona portuaria; una fiesta que esconde detrás de los lujos algo muy más turbio. Al llegar al club, la atmósfera cambia drásticamente. El edificio, de líneas modernas y acabados en cristal, resplandece bajo las luces de la calle. Una fila de autos de lujo se extiende frente a la entrada, y el sonido de motores potentes y risas nerviosas llena el aire. La seguridad es imponente: guardias de seguridad con trajes oscuros y auriculares vigilan cada rincón, asegurándose de que solo los invitados más selectos crucen las puertas. Augus sigue de cerca a su jefe mientras avanzan por la alfombra roja, observando con atención la elegancia de los asistentes. Las mujeres deslumbran en vestidos de gala, tejidos de seda que brillan con cada movimiento. Los hombres, bien vestidos en trajes de tres piezas, muestran relojes costosos y joyería que habla de su poder y estatus. Es un desfile de riqueza, y el aire se siente denso con la ambición y el deseo que emanan de todos los presentes. Dentro del club, la música suave de un cuarteto de cuerdas se mezcla con murmullos y risas. Las luces tenues resaltan las mesas decoradas con candelabros brillantes, mientras las copas de cristal tintinean en brindis silenciosos. Cada rincón está diseñado para impresionar, pero también para intimidar; es un lugar donde el poder se respira, y cada conversación podría ser un movimiento estratégico en un juego mucho más grande. A medida que se abren paso entre la multitud, Augus siente la presión del ambiente. Todos los rostros parecen esconder secretos, alianzas y rivalidades. La tensión es palpable; cualquier gesto o palabra podría desencadenar un conflicto. Su jefe, con su porte sereno y confianza inquebrantable, se mueve como un depredador en su hábitat, consciente de que en este juego de altos stakes, la percepción es clave. — Augus, localiza a Simone —dice su jefe, su voz firme y clara entre el bullicio. — Quiero que esté a mi lado esta noche. Y mantén a los ojos bien abiertos; nunca se sabe quién podría intentar aprovecharse de una oportunidad. Augus asiente, sintiendo el peso de la responsabilidad. A medida que se dispersan entre la multitud, sabe que esta noche no solo se trata de una fiesta; es un encuentro donde se tejen las redes del poder, y él está en el centro de todo. Ya dentro del club son interseptados por una mujer, una muy elegante y un escote qué deja cero a la imaginación. Ella les sonríe y los saluda amablemente. — Buenas noches caballeros. ¿Me dejan ver su invitación? — Augus abre su saco y saca de el un sobre n***o con letras doradas y se lo entrega a la mujer frente a ellos. — Muy bien. Tomen asiento donde gusten y enseguida irá uno de mis chicos por ustedes. El evento de hoy es muy especial. — Siempre dices eso. Si no veo nada que me guste me desquitare con Ivan por hacerme perder el tiempo cada vez. — Dice con fastidio el jefe y camina dejando a la mujer con la palabra en la boca. — Más te vale que se hayan esforzado Verónica. Dice Agus y camina tras su jefe. Para Augus, lidiar con el carácter de su jefe es una tarea difícil. Muchas veces se ve obligado a ceder el turno a Simone, quien sabe cómo mediar en las situaciones más tensas. Aunque ambos son asistentes y mano derecha de Alessandro di Stefano, sus roles están bien definidos. Augus se ocupa principalmente del mundo empresarial legal, mientras que Simone maneja los negocios ilegales y está más habituado a lidiar con los problemas que ese ambiente trae consigo. Sin embargo, no importa en qué ámbito trabajen, ambos comparten algo: la presencia imponente de Alessandro. Su jefe tiene un aura que impone respeto, y, a menudo, miedo en quienes lo rodean. Ni siquiera Augus, pese a estar acostumbrado a tratar con él, está exento de ese temor. Cada orden, cada mirada, está cargada de una autoridad que nunca deja espacio para dudas o titubeos. ****** ****** ****** Mientras la fiesta en el club sigue su curso, con risas discretas y copas tintineando, en la parte trasera la atmósfera es completamente distinta. Un par de camiones oscuros llega al lugar, escoltados por una caravana de vehículos de seguridad. Los faros iluminan el callejón detrás del club, revelando la figura de varios hombres armados que esperan con impaciencia. Las puertas traseras de los camiones se abren con un crujido metálico, y de ellas empiezan a bajar mujeres jóvenes, entre los dieciséis y los veintisiete años. Son de diferentes nacionalidades, sus rostros reflejando el cansancio y el miedo. Algunas intentan resistirse, negándose a salir del vehículo, pero los escoltas, sin paciencia, las empujan con brusquedad. Muchas llegan llorando, con los ojos hinchados por el cansancio y el terror, pero aún no han sido lastimadas físicamente. El viaje ha sido largo, con múltiples paradas, y en cada una de ellas, las jóvenes han sido recibidas con insultos y órdenes gritadas por sus captores. Iván, el dueño del club, se acerca para inspeccionar la "mercancía". Su mirada es fría y calculadora, como si estuviera evaluando un cargamento cualquiera. Sin una palabra, les echa un vistazo rápido, observando cada detalle. A pesar de lo destrozadas que están emocionalmente, él sólo ve el potencial que tienen para su negocio. — Están bien. — Dice, finalmente. — Llévenlas adentro y que las arreglen cuanto antes. — Sus hombres obedecen al instante, guiando a las mujeres por la entrada trasera del club. Dentro, el ambiente no podía ser más diferente: música, luces, conversaciones superficiales llenan los salones, mientras que detrás de esas paredes, las jóvenes son preparadas como si fueran piezas de un macabro espectáculo. Iván se queda un momento observando, cruzado de brazos, mientras las chicas son llevadas al interior. No le importan sus lágrimas, ni su dolor; para él, son solo un medio para seguir engrandeciendo su negocio. Al cabo de unos segundos, se da media vuelta y regresa al interior del club, dejando que sus hombres se encarguen del resto. Las chicas, aterrorizadas y exhaustas, son guiadas a una habitación al final de un oscuro pasillo. Las paredes están cubiertas con espejos y luces frías, creando un ambiente casi clínico. Al entrar, son recibidas por Verónica, una mujer de aspecto impecable y mirada afilada, quien no pierde el tiempo en evaluarlas. — Formen una fila. — Ordena, su voz cortante, mientras chasquea los dedos con impaciencia. Las jóvenes, temblorosas, obedecen. Verónica las observa con una mezcla de desdén y cálculo. Camina despacio frente a la fila, pasando por cada una de ellas, inspeccionándolas como si fueran mercancía expuesta en una vitrina. Con un gesto indiferente, les toca el rostro, el cabello, examinando cada detalle. — ¿Cuántos años tienes? — Pregunta de vez en cuando, sin esperar demasiado la respuesta.— Veinte. — Responde una de ellas, apenas murmurando, con la mirada baja.— ¿De dónde eres? — Pregunta a otra, mientras le aparta un mechón de cabello del rostro.— Ucrania. — Responde la joven, su voz rota por el miedo.Verónica asiente brevemente, sin mostrar emoción alguna. Sus ojos recorren la fila, buscando defectos, juzgando sin piedad.— No tengan miedo, niñas. — Su tono gélido está lleno de falsedad. — Aquí la van a pasar increíble. Solo tienen que hacer lo que les digan, y todo irá bien.Ninguna de las chicas responde. El terror en sus rostros es evidente, pero Verónica no parece inmutarse. A sus ojos, ellas no son más que una inversión a la que hay que darle el mantenimiento adecuado. De repente, la puerta de la habitación se abre y entran otras mujeres, las que ya trabajan en el club. Ellas están vestidas para impresionar, sus atuendos impecables, pero sus ojos reflejan una vida de resignación. Verónica las mira con severidad.— Encárguense de ellas. Que se den un baño, arréglenlas, vístanlas. Quiero que estén presentables. — La última palabra resuena con desprecio en su voz, como si cualquier imperfección fuera un fallo inaceptable. Las chicas del club asienten sin decir una palabra. Saben cuál es su lugar. Comienzan a guiar a las recién llegadas hacia las duchas, mientras Verónica las observa desde su trono invisible, supervisando todo con esa mirada fría y despectiva. El sonido de los grifos comienza a llenar la sala, mientras el ambiente se vuelve cada vez más opresivo. Para las nuevas chicas, esto es solo el principio de un ciclo interminable de control y sometimiento. Verónica, satisfecha con su inspección, se gira hacia la puerta y sale de la habitación, dejando que sus órdenes sean cumplidas sin cuestionamientos. Afuera, la fiesta en el club sigue, completamente ajena a la tragedia que se desarrolla tras bambalinas.

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