Comprando Placeres.

1465 Words
Narra el autor... La sala en la que se llevaba a cabo la subasta estaba llena de murmullos discretos y risas sofocadas. Las luces tenues iluminaban lo suficiente para mostrar las figuras elegantes que ocupaban los asientos, todos hombres poderosos, vestidos con trajes de diseñador. Sobre el escenario, una tras otra, las mujeres eran presentadas como si fueran trofeos, desfilando bajo las miradas hambrientas de los asistentes. Alessandro di Stefano estaba sentado en la última fila, con el rostro inmutable y la mirada fría. No era la primera vez que asistía a una subasta de este tipo, pero esta noche su paciencia era escasa. Los organizadores hablaban con fervor sobre la "calidad" de la mercancía, enumerando nacionalidades, edades y habilidades. Nada de eso impresionaba a Alessandro. Las mujeres subían al escenario con las cabezas bajas, sus rostros eran un reflejo de miedo y resignación. A pesar de los vestidos finos y los intentos de arreglarlas, ninguna de ellas parecía brillar a los ojos de Alessandro. Eran simples cuerpos, desprovistos de vida y dignidad, y no había nada en ellas que despertara el más mínimo interés en él. Los precios empezaron a elevarse rápidamente con cada oferta. Las manos de los asistentes se alzaban sin vacilación, deseosos de obtener su "premio". Alessandro, por su parte, no hacía ningún movimiento. Cruzado de brazos, su mirada oscura recorría cada una de las mujeres con una mezcla de indiferencia y desprecio. Nada en ellas le parecía suficiente. No buscaba algo en particular, pero lo que veía le resultaba insignificante, vacío. Una nueva mujer fue presentada. El subastador hizo un esfuerzo por venderla como una joya exótica, pero a Alessandro no le impresionaba. Sus labios se apretaron en una fina línea de insatisfacción. Los aplausos y las ofertas no lograban capturar su atención, mientras su mirada seguía analizando, buscando algo que no encontraba. Finalmente, suspiró con molestia, apenas moviendo la cabeza en señal de desaprobación. No había nada aquí para él. Ninguna de esas mujeres, por más que las adornaran y maquillaran, valía su tiempo. Esta subasta era una pérdida de su valioso tiempo, una farsa más que alimentaba los deseos vulgares de los hombres que lo rodeaban. — Esto es un chiste... — murmuró para sí mismo, levantándose del asiento. Sin decir una palabra más, Alessandro salió de la sala, dejando atrás el eco de las ofertas y las risas. Afuera, el aire fresco le devolvió algo de calma, pero la insatisfacción persistía. No era el hombre que buscaba complacerse con cualquier cosa, y aquella subasta había dejado en él una sensación amarga de vacío. Minutos después, Augus aparece tras de él. — Vamos a otro lugar, ya sabes a quién llamar. — Sí, señor. — ¿Dónde está Simone? — Terminando de pagar. Parece que le gustó una de las chicas. — Alessandro sonríe y niega con la cabeza. — No pierde la costumbre. Vámonos. — La camioneta llega y ambos suben a ella. — Será un regalo para los chicos. Hicieron muy buen trabajo con el negocio anterior. Lo merecen — agrega Augus. — Un regalo que primero follará él hasta el cansancio. — Augus ríe. La camioneta se detiene frente a otro club, esta vez en el centro de la ciudad, propiedad de Alessandro. Los dejan pasar sin contratiempos y, una vez dentro, los recibe la administradora del lugar. — Señor, su acompañante lo espera... — Fue todo lo que necesitó escuchar Alessandro para perderse por un pasillo y subir las escaleras hacia la zona de habitaciones privadas del club. Saca el aire antes de girar la manecilla y abrir la puerta, solo para encontrar dentro a una hermosa chica con una presencia casi angelical, vistiendo una lencería de tres piezas de encaje color piel con bordados florales. Lleva el cabello suelto, que cae en ondas hasta su espalda, y sus pies están descalzos. — Necesito todo de ti, princesa — Le dice Alessandro, quien la mira con deseo y una sonrisa de complacencia. Le gusta lo que ve; la chica es muy bonita. Ambos caminan hasta encontrarse en medio de la habitación y se funden en un apasionado beso. Alessandro cerró los ojos y suspiró. Se permitió relajar y disfrutar de lo que tenia en frente. Él no es un hombre para nada delicado; no lo es, no lo será y aunque le parezcan linda muchas mujeres, aunque le atraigan no siente que eso sea especial. Ciertamente no está buscando el amor, puesto que el mundo que lo rodea es tan peligroso que no es que no quiera es que no siente que alguien vaya a quererlo al conocer el pasado que tiene, al conocer la vida que lleva. Él de alguna manera sabe que le hace daño a otras personas, y es por eso que no se siente con derecho a ser amado. No lo amaron sus padres, no lo ama su familia; así que, por qué va a amarlo una recién llegada. Prefiere evitarse el tener que sufrir, prefiere evitarse el tener que meter su corazón en un juego que no conoce. Así que prefiere disfrutar de los placeres siendo el dominante. Para él controlar el mundo de los negocios tanto legales como ilegales es placentero porque puede mover las fichas que quiera sabiendo que va a ganar. Le gusta cuando tiene el poder sobre algo, sobre alguien y en este momento tiene poder sobre la mujer que lo va a complacer esta noche. Así que luego de disfrutar del beso entierra sus dedos dentro de su cabello y le obliga a agacharse. Ella queda de rodillas a lo que él inmediatamente baja al cierre de su pantalón, le muestra su polla y le pide que abra la boca. Ella lo hace, lo complace dándole un buen sexo oral. Él controla su cabeza controla su mandíbula y no le importa si escupe, se babea. Solo importa que lo haga bien. Es un tipo auditivo y le gustan los sonidos obscenos, los sonidos de dolor, eso le gusta... Alessandro juega rompiendo su braga dejando marcas en su cuerpo. Enntra en ella una y otra vez sin permitirle obtener un orgasmo. Ella no ha entendido que para él ella es solo un juguete, uno que no tiene permitido disfrutar; solo está ahí para complacerlo a él, para que él obtenga todos sus placeres. Ella recibe el dinero y él obtiene placer. El acto continuó con él metiendo y sacando su polla usando su mano para guiarse, esa misma que agarra su cabello con fuerza y golpea esos pezones. Ella grita de placer, de dolor, ella aguanta y soporta. Conoce bien a su cliente y sabe lo que le gusta... ****** ****** ****** Alessandro descansa tranquilo con la servidora en brazos, su respiración es lenta y controlada, por fin esa noche consiguió relajarse. Había asistido a esa subasta buscando comprar y encontrar algo especial, algo nuevo para que fuera su deposito, pero como las veces anteriores, fue solo una pérdida de tiempo. La puerta se abre abruptamente y por ella entra una pelinegra echa una fiera. — ¡Eres un desgraciado! Perro. — Camina en dirección al lado de la cama donde se encuentra la chica quien al escuchar los gritos salta como un resorte de la cama. — ¡Y tú perra. No haz aprendido la lección! Maldita desgraciada. — La agarra del cabello y la baja de la cama con fuerza. La chica cae al piso y se golpea la cabeza y espalda con un sillón. A todas esta Alessandro ni se inmuta. La chica intenta levantarse sin éxito y la pelinegra se agacha a propinarle tantas cachetadas como puede. Con todo el bullicio entran los de seguridad y separan a las mueres. — ¡Sueltenme! — Grita histérica. Ellos miran a su jefe quien asiente. Ellos obedecen y se llevan a la chica golpeada quien tiene aparentemente la cara destruida. Marcia, la mujer molesta mira a Alessandro quien termina de poner sus pantalones con rabia a lo que él responde con un. — No tienes nada que reclamar así que no te atrevas a dirigirme la palabra. — Eres un descarado. Te acabo de encontrar con una zorra... ¡Respétame carajos! — Respétame tú. Respeta mi puto espacio y ponte en tu lugar. Eres una zorra más y me caga qué te creas con privilegios. ¿Acaso no recuerdas de donde te saqué? — Alessandro la mira con severidad a lo que ella baja la guardia. Acaba de recordarle su lugar y aunque camine con el mentón en alto sabe y debe hacerse a la idea de que delante del jefe, su jefe. No es nada... Él la compro a ella así como hizo con todas las demás y aunque se sienta con derechos la realidad es que no tiene ninguno. — Lárgate...
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