Sofía.

1749 Words
Alessandro di Stefano Llego a casa poco antes de las nueve de la mañana. Es una de esas mañanas en las que la ciudad ya está despierta, pero para mí la noche no ha terminado del todo. El ruido de la calle, el sol colándose por los edificios… todo me resulta lejano. Estoy cansado, aunque no lo demuestro. Siempre impecable, siempre en control. El traje n***o que llevo, a medida, sigue perfecto, sin una arruga. El aroma de mi colonia sigue presente, como si fuera parte de mi piel. Mi reflejo en el espejo del vestíbulo me devuelve la imagen que el mundo espera de mí: imponente, pulcro, intocable. Pero por dentro, siento el peso de la noche anterior. La subasta, las caras vacías de esas mujeres, el ambiente cargado de poder y lujuria… Nada de eso me afecta ya, o eso me digo. Pero, en días como este, cuando llego a casa al amanecer, siento una especie de vacío, una desconexión con todo lo que debería importarme. Abro la puerta y ahí está ella. Sofia. La hermana de Simone. La única persona que, por algún motivo, logra atravesar esa armadura que me he construido con tanto cuidado. Me recibe con una sonrisa suave, la misma que me ha dado cada vez que llego a casa agotado después de una de esas noches. Es una sonrisa que pretende transmitir seguridad, tranquilidad… Pero yo la conozco demasiado bien. Esa tranquilidad no es real. Puedo ver el leve temblor en sus manos, el modo en que su mirada intenta ocultar lo que realmente siente. Ella tampoco está en paz, nunca lo ha estado. Pero aún así, lo intenta, y ese esfuerzo es lo que me detiene en la entrada por un segundo, sin decir nada. Solo observándola. — ¿Noche larga? — pregunta con ese tono ligero que intenta hacer que todo parezca normal, cotidiano. Asiento, soltando el aire por la nariz en algo que apenas parece una sonrisa. — Lo de siempre. Ella da un paso hacia mí, como si fuera a decir algo más, pero se detiene a mitad de camino, sus ojos recorriendo mi rostro con una mezcla de preocupación y algo más. Algo que nunca llega a decir. — ¿Tienes hambre? Puedo prepararte algo rápido antes de que te acuestes. — No es necesario — le respondo, más por costumbre que por otra cosa. Pero es verdad, no tengo hambre. Lo que necesito ahora es silencio, o al menos eso creo. Camino hacia el salón mientras me desabrocho los primeros botones de la camisa. Ella me sigue, sus pasos suaves, siempre en silencio, como si no quisiera romper la calma tensa que flota en el aire. Esa calma que ambos pretendemos pero que nunca termina de ser real. Sofia ha estado viviendo aquí bajo mi protección desde hace años. No es mi hermana de sangre, pero la trato como si lo fuera. O quizás como algo más. A veces me parece que es lo único que tengo en este mundo que no está contaminado por la suciedad que manejo día tras día. La única persona con la que puedo, de alguna manera, ser yo mismo. Me dejo caer en uno de los sillones de cuero y cierro los ojos por un momento, soltando el peso del mundo sobre mis hombros. Sé que ella está ahí, mirándome, y eso me da una extraña sensación de confort. En medio de todo este caos, su presencia es lo más cercano que tengo a un refugio. — ¿Cómo estuvo la noche? — pregunta, aunque sé que la respuesta no le importa tanto como mi estado. — Como siempre. Sin novedad — le miento. No porque quiera ocultarle algo, sino porque no hay nada que ella deba saber sobre lo que realmente sucede allá afuera. Ella asiente y se sienta en el otro sillón, manteniendo una distancia que ambos sabemos que es más simbólica que física. Sofia es fuerte, lo sé, pero también la conozco lo suficiente para ver las grietas. Esa sonrisa que me da no es más que una fachada. Quizás porque ella sabe que yo también llevo una. — Descansa un poco. Pareces... cansado. — Lo dice en voz baja, como si temiera que reconocer mi fatiga pudiera debilitarme de algún modo. — Estoy bien — respondo, aunque ambos sabemos que no es del todo cierto. Y entonces, en medio del silencio que sigue, la casa parece más vacía que nunca. Pero al menos, por un instante, compartimos esa soledad. Juntos. Mientras descanso en el sillón, mis pensamientos inevitablemente se desvían hacia ella. Sofía ha estado atrapada en una relación que la consume desde hace un tiempo. Puedo verlo cada vez que baja la mirada o cuando su sonrisa se apaga más rápido de lo habitual. Ese maldito que tiene su corazón en las manos no hace más que desgastarla, pero no puedo intervenir. No cuando ella lo ama, o al menos, cree que lo ama. Sería demasiado fácil para mí solucionar el problema. Un llamado, una orden, y todo estaría terminado. Pero no lo hago. No puedo. Porque aunque su relación la está destruyendo, sé que si yo elimino a ese hombre, la destruiré a ella también. Sería un golpe demasiado duro. La conozco bien, más de lo que ella probablemente quisiera. Y sé que en el momento en que descubriera lo que hice, todo cambiaría entre nosotros. Sofía no es estúpida. Sabe a qué me dedico, sabe lo que hago. Pero hay una línea invisible que no quiere cruzar conmigo. Ella me ve como alguien que puede protegerla, alguien que está ahí cuando todo lo demás falla. Si me meto en esto, si hago desaparecer al tipo que la está consumiendo, se sentiría traicionada. No por lo que hice, sino porque sé cuánto significa para ella, y aún así decidí quitárselo. Esa es la maldita ironía. Mi trabajo es deshacerme de los problemas. Limpiar el terreno para que todo funcione a la perfección. Pero en este caso, mientras su corazón siga enredado con ese imbécil, mis manos están atadas. Me siento impotente. Algo que odio sentir. Porque mientras ella siga así, con el alma hecha pedazos, yo también lo siento. Verla debilitarse poco a poco, cada vez más, me hierve la sangre. Pero no puedo hacer nada. No todavía. Miro hacia Sofía, quien ahora se ha quedado en silencio, su mirada perdida en algún punto de la habitación. A veces, me pregunto si sabe lo que estoy pensando. Si se da cuenta de lo que realmente quiero hacer. Tal vez lo sospecha, pero se mantiene en esa ilusión de que las cosas mejorarán. Y así seguimos. Ella, atrapada en una relación que la destruye. Y yo, observando desde las sombras, esperando el momento en que pueda hacer algo sin romper su corazón en el proceso. — Iré por una ducha. Y tú no pienses tanto nena. — Me sonríe y asiento para luego marcharme a mi habitación. **** ***** ***** Mi nombre es Alessandro di Stefano, tengo treinta y cuatro años y lo que poseo no me fue dado; me lo gané. A sangre y fuego. Con decisiones que harían temblar a cualquier hombre. Pero yo no tiemblo. Nunca lo he hecho. Mi vida ha sido un constante equilibrio entre la crueldad y la estrategia. Para sobrevivir en este negocio, en este mundo donde los débiles son devorados, tienes que ser implacable. No hay espacio para la compasión o las dudas. Sobrevivir en este mundo no es fácil. Nunca lo ha sido, pero yo lo hago. Lo he hecho desde que tengo memoria. La gente ve lo que he construido, el imperio que controlo, y creen que todo fue cuestión de suerte, de contactos, de dinero fácil. No tienen idea de lo que he pasado para llegar aquí, ni de lo que soy capaz de hacer para mantenerme en la cima. Mi imperio… No, *nuestro* imperio, no se forjó de la nada. Tiene raíces profundas, tanto en la legalidad como en lo que se oculta en las sombras. No me limito a un solo juego; abarco todo. Desde negocios que pueden aparecer en la portada de una revista de finanzas, hasta operaciones que se sellan con silencios incómodos y miradas cómplices. Manejo ambos mundos, porque es así como se sobrevive. Simone, mi mano derecha, entiende el lado más oscuro de lo que hacemos. Mientras Augus se encarga de mantener la fachada pulcra y ordenada, Simone lidia con la mugre, con lo que nadie quiere ver, y lo hace bien. Es eficiente, despiadado cuando tiene que serlo. A veces me pregunto si él realmente disfruta más de este trabajo que yo. Y luego está ella… Sofia. No es mi hermana de sangre, pero eso no importa. Es la hermana de Simone, y aunque muchos creen que es solo un peón en mi juego, la verdad es que ella es mi única confidente. Quizá suene ridículo decirlo, pero es la única persona en este mundo que me entiende. Ella vive en mi casa, bajo mi protección, y aunque no lo diga, sé que en cierto modo eso la asfixia. Pero es así como tiene que ser. No puedo permitirme el lujo de que alguien tan importante como ella esté fuera de mi alcance. Sofia es fuerte, mucho más de lo que la gente cree. Siempre ha sido una especie de refugio para mí, aunque no lo sepa. Cuando estoy con ella, me siento más humano. Es como si, por un momento, pudiera quitarme esta maldita máscara que llevo todo el tiempo. Con ella, puedo hablar, puedo soltar algunas de las verdades que me carcomen, aunque nunca del todo. Le cuento solo lo justo, lo suficiente para mantenerla cerca, pero no tanto como para que se asuste. Porque, a fin de cuentas, si conociera todos los detalles, no sé si querría seguir cerca de mí. Simone no sabe hasta qué punto su hermana me importa. Quizás lo sospeche, pero nunca hablamos de eso. De hecho, nunca hablamos de nada personal. Así es como funciona nuestra dinámica, y no pretendo cambiarla. Con Sofia es diferente. Con ella no necesito fingir. No todo el tiempo, al menos. En este mundo lleno de sombras, tener una luz como ella es un lujo que pocos entenderían. Pero yo sé lo que significa. Es una de las pocas personas que me recuerda que, bajo toda esta brutalidad, sigo siendo humano. Aunque cada día cueste más mantenerme en contacto con esa parte de mí.
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