Capítulo 2. Leche derramada

1091 Words
Lionel cerró la puerta del despacho con un suspiro pesado. La imagen de Viola en ese camisón de seda todavía le rondaba la cabeza. La forma en que se había acercado, el calor de su cuerpo, el susurro de “papi” cerca de su oído… Sacudió la cabeza y subió las escaleras tratando de no pensar en esa maldita chiquilla. Rachel ya estaba en la cama, recostada contra los almohadones. La luz tenue de la lámpara de noche suavizaba las ojeras que se le marcaban cada vez más. Aun así, cuando lo vio entrar, sonrió. —Ven aquí —murmuró ella, extendiendo los brazos. Lionel se quitó la camisa y los pantalones, quedándose solo en bóxers negros. Se metió bajo las sábanas y la abrazó con cuidado, atrayéndola contra su pecho. Su esposa estaba frágil últimamente, pero aún olía a ese perfume floral que siempre le había gustado. —Gracias —susurró Rachel contra su piel—. Por aceptar a Viola. Sé que no era fácil para ti… pero significa mucho para mí. Lionel besó su frente y le acarició la espalda. —Haría cualquier cosa para hacerte feliz, Rachel. Lo sabes. Ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Había un brillo travieso en su mirada a pesar de su cansancio. Su mano bajó lentamente por el abdomen de él hasta meterse bajo la tela de los bóxers. Sus dedos envolvieron su v***a, suave, y empezaron a acariciarla con lentitud. —Rachel… —murmuró él, sorprendido—. No es necesario. Hoy no te sentías bien. —Shh —lo silenció ella, apretando suavemente—. Quiero. Necesito sentirte. Su mano se movió con más decisión, masturbándolo con movimientos firmes y expertos. Lionel cerró los ojos y soltó un gruñido bajo cuando sintió que se endurecía rápidamente bajo sus caricias. La besó con hambre, metiendo la lengua en su boca mientras su propia mano subía por el camisón de ella y encontraba su sexo ya húmedo. La giró con cuidado sobre la espalda y se colocó entre sus piernas. La penetró lentamente, centímetro a centímetro, disfrutando del gemido ahogado que escapó de los labios de Rachel. Empezaron a moverse juntos, primero con ritmo suave, casi reverente. Pero pronto la pasión tomó el control. Lionel la folló con más fuerza, sujetándola por las caderas. Los gemidos de Rachel llenaban la habitación mientras él entraba y salía de ella con embestidas profundas y precisas. Le besaba el cuello, le mordía el hombro, le apretaba los pechos. Ella clavaba las uñas, arqueándose contra él, pidiéndole más. —Más fuerte… —suplicó ella entre jadeos. Lionel obedeció. La penetró con golpes duros y rápidos, sintiendo cómo su esposa se contraía alrededor de su v***a. Cuando Rachel llegó al orgasmo, temblando y gimiendo su nombre, él la siguió poco después, corriéndose dentro de ella con un gruñido ronco. Se derrumbó a su lado, abrazándola con ternura. Rachel sonrió satisfecha y se acurrucó contra su pecho. —Te amo —susurró antes de quedarse dormida. Lionel la besó en el pelo y cerró los ojos, exhausto. Horas después, en medio de la noche, se despertó con la garganta seca. Miró el reloj: las 3:17 a.m. Rachel dormía profundamente a su lado. Se levantó con cuidado, se puso solo los pantalones de pijama gris y bajó descalzo hacia la cocina. La luz de la nevera estaba encendida. Viola estaba de pie frente a la puerta abierta, vestida con el mismo camisón champagne de antes. Bebía directamente de la botella de leche fría. Un hilo blanco le corría por la comisura de los labios, bajando por su barbilla y cayendo sobre la curva superior de sus pechos. Se quedó congelado en la entrada de la cocina. Viola giró la cabeza y lo miró. Sus ojos azules brillaron con algo oscuro cuando lo vio allí, sin camisa, con el pantalón bajo en las caderas. —Papi… —murmuró con voz ronca y dulce—. ¿Tienes sed también? Lionel tragó en seco. Dio un paso adelante, sin saber muy bien por qué. Tomó una servilleta de la isla y se acercó. Con el pulgar limpió lentamente la leche que le corría por la barbilla. —Estás hecha un desastre —dijo con voz baja. Viola no se apartó. En cambio, atrapó su pulgar entre sus labios y lo chupó suavemente, lamiendo la leche con la lengua. Sus ojos no se apartaron de los de él ni un segundo. —Es leche, papi… —susurró contra su dedo, con voz inocente y perversa al mismo tiempo—. ¿Quieres probar? El pulso de Lionel se aceleró. Sintió cómo su v***a empezaba a endurecerse dentro del pantalón. Viola soltó su dedo con un “pop” húmedo y sonrió. Dio un paso más cerca, presionando su cuerpo apenas cubierto contra el de él. —Puedo darte más si quieres… —susurró, rozando sus pechos contra su torso desnudo. Lionel bajó la mirada. La leche había mojado la tela del camisón, haciendo que se transparentara. Sus pezones se marcaban claramente. Sintió el impulso salvaje de agarrarla por la cintura, subirla a la mesada y… Se despertó de golpe, respirando agitado. Estaba en su cama. Rachel dormía plácidamente a su lado. Su v***a estaba completamente dura, palpitando contra el bóxer. —Mierda… —susurró, pasándose una mano por la cara. Se quedó mirando el techo durante varios minutos, intentando calmar su respiración y el calor que le recorría el cuerpo. "¿Qué carajo me pasa?" Era solo una chica de diecisiete años. Su hija adoptiva. Acababa de follársela a su esposa hacía unas horas y ahora tenía un sueño húmedo con la niña que habían traído a casa. Se reprendió con dureza. Conocía el historial de Viola: los hogares de donde la habían devuelto por comportamiento inapropiado, las quejas de seducción hacia figuras de autoridad. Sabía que era peligrosa. Y aun así, su mente había traicionado su autocontrol de esa forma tan sucia. Se levantó en silencio, fue al baño y se lavó la cara con agua fría. Se miró en el espejo con rabia. —No vas a caer en esto —se dijo en voz baja, casi como una orden—. No vas a ser uno más de los idiotas que ella corrompe. Pero mientras lo decía, todavía podía sentir el calor de la lengua de Viola alrededor de su pulgar. Todavía podía oír ese “papi” susurrado con voz pecaminosa. Volvió a la cama, pero tardó mucho en volver a dormirse.
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