Capítulo 1. La nueva hija
Viola observó la imponente mansión a través de la ventanilla del auto con chofer que la llevaba a su nueva estancia, mientras este avanzaba lentamente por el largo camino de entrada bordeado de árboles centenarios. Columnas blancas relucientes se erguían majestuosas bajo la luz del atardecer, los jardines perfectamente cuidados se extendían como un tapiz verde esmeralda, y un aura de riqueza y poder casi tangible flotaba en el aire. A sus casi dieciocho años, Viola había aprendido en los hogares de acogida y en las calles de su dura vida anterior que oportunidades como esta no aparecían todos los días. Esta era su chance de cambiarlo todo.
No entendía del todo por qué los Grant la habían adoptado cuando faltaban solo unas pocas semanas para su cumpleaños. Ella ya era una adulta y las familias generalmente querían niños y niñas pequeñas, incluso las que tenían fines oscuros, por eso esto no tenía ningún sentido para ella. Pero no iba a quejarse. Si una familia con tanto dinero y estatus quería jugar a ser la familia perfecta con ella, estaba más que dispuesta a seguirles el juego… y a sacar todo el provecho posible. Cada sonrisa calculada, cada mirada inocente, cada roce casual serían herramientas en su arsenal como siempre.
Rachel, su nueva madre adoptiva, la recibió en la entrada principal con una sonrisa nerviosa pero cálida, extendiendo los brazos en un gesto de bienvenida. Era una mujer elegante, de cabello castaño impecablemente peinado y ropa que gritaba dinero discreto.
—Bienvenida a casa, cariño. Estamos muy felices de que estés finalmente aquí —dijo Rachel con voz suave, intentando transmitir calidez genuina.
—Gracias… Rachel —respondió Viola con esa voz dulce y suave que había perfeccionado a lo largo de los años, como un arma afilada.
—Por favor, no debes agradecerme...No sabes lo feliz que estoy... que estamos de tenerte aquí....—dijo y se acercó y la abrazó brevemente, haciendo que Viola pudiera inhalar el sutil perfume caro que emanaba del cuello de su nueva "mamá", que olía a flores blancas y lujo caro.
Y entonces lo vio.
Lionel Grant estaba unos pasos más atrás, observándola con atención silenciosa. Alto, de complexión fuerte y atlética, cabello oscuro con algunas hebras plateadas en las sienes que le daban un aire distinguido, y una presencia que llenaba el espacio sin necesidad de alzar la voz. Rondaba los cuarenta años. Traje impecable hecho a medida, mandíbula cuadrada y una mirada afilada, penetrante, que parecía capaz de leer el alma de cualquiera.
Viola sintió un leve escalofrío recorriéndole la espalda. Este hombre no parecía fácil de manejar. Mejor. Los fáciles ya los había roto a todos en los hogares anteriores y la aburrían con facilidad.
—Viola —dijo él con voz grave y controlada, extendiendo la mano firme—. Soy Lionel Grant. Espero que esta sea tu última casa.
Ella tomó su mano con delicadeza, dejando que sus dedos suaves se demoraran un segundo más de lo necesario, rozando ligeramente la palma. El contacto fue breve pero cargado.
—Es un placer… Lionel —respondió con naturalidad, casi con inocencia infantil. Pero los ojos de él se entrecerraron apenas perceptiblemente. No dijo nada más. Solo asintió y soltó su mano, aunque Viola pudo notar la ligera tensión en sus hombros.
Luego de que Rachel le mostrará con entusiasmo la casa y su nueva habitación, así como un guardarropas nuevo con cosas carísimas no sin aclararle que irían de compras, con una mirada cómplice, la dejaron para que se acomodara.
Su propia habitación, era del tamaño de su última casa. Hasta tenía su propio baño. Todavía no podía creerlo y debió pellizcarse. En el.fondo la curiosidad le picaba, ¿acaso los Grant tenían algún extraño fetiche que querían cumplir con ella? Realmente no le importaba. Hacía años había dejado de ser la presa, ella podía manejarlos con facilidad, especialmente a Rachel.
La cena transcurrió en un ambiente extraño y cargado de tensión sutil. Rachel hablaba sin parar, intentando crear lazos familiares donde no los había aún y posiblemente nunca los habría, contando anécdotas y haciendo preguntas amables sobre los gustos de Viola. Lionel, en cambio, permanecía en silencio la mayor parte del tiempo, comiendo con elegancia pero observándola constantemente. Viola jugó su papel a la perfección: sonreía cuando debía, respondía con educación impecable, fingía gratitud profunda y bajaba la mirada con modestia. Pero cada tanto levantaba la vista y lo encontraba mirándola. No era una mirada de curiosidad abierta. Era evaluadora, fría, como si ya supiera que ella no era lo que parecía.
Suponía que Lionel había investigado su pasado a fondo. Los hogares anteriores, las devoluciones rápidas, las quejas recurrentes de “comportamiento inapropiado” con figuras masculinas de las familias. Pero nadie había logrado probar nada concreto, y aquello que debió probarse estaba archivado en su expediente hacía más de una década. Así que no estaba preocupada, sino no estaría en esa casa.
Después de la cena, Rachel se retiró temprano alegando cansancio. La casa quedó en silencio, solo interrumpido por el tic-tac lejano de algún reloj antiguo. Viola se quedó un rato más en la amplia sala de estar, fingiendo interés en los estantes llenos de libros encuadernados en cuero mientras, en realidad, estudiaba a Lionel. Él revisaba unos documentos en un sillón cercano, la luz de la lámpara delineando su perfil fuerte.
Horas más tarde, cuando la mansión ya estaba envuelta en un silencio profundo, Viola decidió que era momento de dar las buenas noches. Subió a su nueva habitación, ese espacio enorme y lujoso con muebles de diseño, una cama king size y ventanales que daban al jardín. Se cambió con cuidado, eligiendo uno de sus camisones favoritos: uno de seda color champagne, extremadamente corto, con tirantes finos que apenas sostenían la tela y un escote pronunciado que apenas disimulaba sus curvas juveniles. La seda se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, marcando cada contorno, dejando sus largas piernas tonificadas completamente al descubierto y permitiendo que la luz jugara con su figura. Se miró en el espejo de cuerpo entero y sonrió con satisfacción peligrosa. Perfecta.
Bajó descalza por las amplias escaleras de mármol, sintiendo el frío bajo sus pies, con el cabello rubio suelto cayendo en ondas suaves sobre sus hombros desnudos.
Encontró a Lionel en su despacho privado, con la puerta entreabierta. Estaba de pie junto a la ventana, con una copa de whisky en la mano, contemplando la oscuridad del jardín iluminado tenuemente por luces exteriores.
Viola golpeó suavemente con los nudillos.
—Vine a darte las buenas noches… papá —dijo con voz baja y melosa.
Lionel se giró lentamente. Su mirada recorrió su figura por un instante: las piernas largas y suaves, el camisón corto que se movía con cada paso, la forma en que la seda se adhería a sus caderas y pecho. La expresión de su rostro no cambió, pero Viola notó claramente cómo su mandíbula se tensaba y los dedos alrededor de la copa se apretaban ligeramente.
—Viola —respondió él con voz baja y seria—. Es tarde.
—Lo sé. Solo quería agradecerte otra vez —se acercó lentamente, deteniéndose a una distancia peligrosamente cercana, lo suficiente para que él percibiera el calor de su cuerpo y el aroma suave y floral de su piel—. Por darme una oportunidad. Por traerme a tu casa. Por… todo.
Se puso de puntillas con gracia, apoyando una mano ligera en su pecho firme, y le dio un beso suave en la mejilla. El beso duró un poco más de lo normal. Lo suficientemente cerca como para que Lionel sintiera la presión de su cuerpo joven contra el suyo y el roce sutil de su cabello.
—Buenas noches, papi —susurró cerca de su oído, dejando que su aliento cálido le rozara la piel antes de bajar de nuevo a sus talones.
Lionel no se movió ni un centímetro. Pero cuando Viola se dio la vuelta para irse, sintió su mirada clavada en su espalda.
Antes de salir del despacho, ella giró la cabeza por encima del hombro y le dedicó una sonrisa inocente, casi angelical.
—Que duermas bien.
Cerró la puerta con suavidad y caminó de regreso a su habitación con una sonrisa peligrosa y triunfante en los labios. El juego acababa de comenzar.