Zack me arrastró hasta la puerta trasera del supermercado sin soltarme el brazo, dejando atrás aquella escena en la que se habían juntado mis reptadores con mi padre y mi hermana. Arthur se había colocado el gorro de su sudadera rápidamente, por lo que pudieron fingir que era él al que mi padre había visto y esto pudo suceder porque su color de ojos y el mío eran muy parecidos.
Llegamos a fuera donde la limusina negra aguardaba quieta y aunque yo no lo sabía, alguien esperaba dentro.
Zack abrió la puerta y me mando entrar son una sonrisa pícara dibujada en su rostro, yo, obediente, entre, aunque indecisa y temerosa.
Me senté en el mismo sitio en el cual había viajado hasta el colegio y después hasta el supermercado. Delante de mí había una silueta escondida entre la oscuridad que formaba la especie de bello n***o que llevaba puesto, esto era del mismo color que el resto de su ropa, como si viniera o iría a algún funeral.
Entonces subió la mano hasta su cara y se apartó la parte superior que tapaba su rostro, dejando al descubierto sus ojos, pero inmediatamente me percate de quien era.
—Abuela...— balbuceé.
—Tu familia casi te pilla.
—Lo... lo siento, pero por favor déjame verles, les explicare lo que sucede, les diré que no puedo volver a verles —supliqué, aunque sabía que no tendría éxito—. Solo déjame decirles que estoy bien, que sigo viva y que les quiero.
Mantuvo el silencio unos segundos sin dejar de observarme seria.
—¿Por qué crees que eso es lo mejor?
—Porque necesitan saber que estoy bien.
—Deja de pensar como una cría estúpida y empieza a pensar en los demás.
—¿Qué?
—Si saben que estás viva, nunca dejaran de buscarte, nunca perderán la esperanza y acabaran muy mal. En cambio, si creen que estás muerta desde el principio, aunque les cueste y al comienzo sea duro, algún día te olvidaran.
Me quedé con la boca abierta, intentando analizar cada palabra que había formulado, intentando encontrarle más sentido que a mi teoría cuando siguió hablando.
—¿Ese era tu padre? —Preguntó irrumpiendo en mis pensamientos,
—Ajam —contesté aun concentrada en su anterior comentario.
—¿Tu... tu padre biológico?
Sentí un escalofrió en el mismo instante que formulo esta pregunta.
—No. ¿Cómo sabe que no lo es? —Rápidamente descubrí que no obtendría respuesta alguna—. Es el marido de mi madre, pero nos trata, y nosotras a él, como si seriamos sus hijas.
—Eso me temía.
—¿Cómo supo que...? —Repetí, esta vez con esperanzas.
—No preguntes estupideces.
Fui a responderle, pero me percaté de que no serviría absolutamente para nada.
—¿Y tu madre? ¿Sigue viva?
De nuevo sentí el escalofrío recorriendo todo mi cuerpo.
—Que yo sepa no, desapareció en uno de sus viajes de trabajo.
—Lo suponía.
—¿Po...? —Me corte a mí misma, sabía que era inútil preguntar.
—Aprendes rápido, nos llevaremos bien.
Dirigí de nuevo mi mirada a la ventana intentando no parecer molesta con aquel comentario.
—Sabes que no pueden verte, sería peligroso.
—Lo sé, y creo que lo entiendo —mentí, intentando olvidar esta conversación—. No os habéis cansado de repetírmelo.
—Y aun así te has bloqueado al verles.
—Es mi padre y mi hermana —recordé molesta.
—No es tu padre biológico. —Le dirigí una mirada asqueada, le quería como si lo fuese—. Creo que tu problema es que tienes demasiados sentimientos hacia la gente, pero no te preocupes, aprenderás a dejar de sentirlos, nosotros te enseñaremos.
—No quiero dejar de sentirlo —aseguré nerviosa.
—¿Por qué no? Tú vida sería mucho más fácil si... —Comenzó a explicar, pero le corte.
—Es lo único que me diferencia de vosotros.
—Es lo que te hace humana —resumió y yo asentí con la cabeza—. Lo comprendo, aún es pronto.
Observé los ojos de la abuela, estaban apagados y húmedos, casi podía sentir frio solo de mirarlos.
—Antes de ir a donde te quiero llevar, debes cambiarte— Informó pasándome una bolsa con unas prendas negras— No hay prisa, pero ni se te ocurra intentar escapar.
La limusina freno en frente de una gasolinera, la abuela me señalo el camino hasta los baños para allí poder cambiarme.
Comencé a desvestirme y pocos minutos después acabe de colocarme la ropa, me mire en el espejo, me mojé la mano y acaricié mi cabello para poder colocármelo mejor. Cuando acabé me apoyé contra la pared y dejándome resbalar hasta sentarme en el suelo comencé a llorar.
Maldecí el momento en el cual decidí ir a aquella estúpida fiesta, maldecí el día en el cual tuvimos el accidente, incluso maldecí toda mi vida.
Estaba confusa, asustada y triste.
Cuando acabé me levanté, con todo mi dolor, para volverme a mirar al espejo. Tuve que colocarme el pelo y mojarme los ojos, intentando esconder las huellas que habían dejado mis lágrimas. Entonces, vi una ventana medio abierta y corrí hacia ella.
Conseguí salir, daba a la parte trasera por lo que no había nadie, y justo en frente estaba un campo de trigo enorme. Me adentré en el comencé a correr.
El aire azotaba mi rostro haciéndome sentir libre, las lágrimas empezaron a caer de nuevo por mis mejillas, pero esta vez era de felicidad, no sentía cansancio, ni me molestaban los tacones que me había preparado la abuela, solo felicidad y libertad.
No obstante, pronto, alguien me agarró del brazo y me empujó contra su pecho.
No conseguía verle la cara, pero pude llorar tranquilamente, en realidad, ni me preocupaba verle el rostro.
—¿A dónde creías que ibas? —Quiso saber el chico.
Le miré insegura, en cuanto mis ojos se chocaron con aquellos ojos verdes supe quién era.
—Harry, por favor, déjame irme —supliqué.
—Sabes que no pudo.
—Solo finge que no me has visto.
—¿De qué crees que servirá? Si sigues corriendo te vas a encontrar con otro de nosotros. La abuela nos ha pedido que vigilemos toda la zona.
—Aún no confía en mí.
—¿Y te sorprendes? —Se burló sonriendo—. Te intentabas escapar.
—¿Qué harías si nueve chicos te tuvieran secuestrados?
—Si fueran nueve chicos pelearía contra ellos hasta que me dejaran libre o me matarían.
—Pues ya está, bueno... más o menos.
—Pero, si mis secuestradores serian del sexo opuesto al mío, es decir, nueve chicas, disfrutaría de...
—Vale, ya me ha quedado claro —le corté imaginándome como acabaría la frase.
—Debo devolverte con la abuela, se enfadará bastante contigo cuando se entere de que has intentado escapar.
—Lo sé... —Balbuceé sin querer imaginarme su charla.
Empezó a caminar hasta que se dio cuenta de algo y decidió dejarme primera, por lo que él me seguía por detrás y eso me intimidaba.
Mientras andaba, no era capaz de ver el suelo, por lo que, en uno de los múltiples agujeros que había, me caí.
—¿Estas bien? —Se preocupó agachándose y tocándome el tobillo.
—Me duele —confesé cerrando los ojos por el dolor.
—Tienes que intentar levantarte —pidió levantándose él y alargando su brazo para ayudarme.
Me agarré a su mano e intente levantarme, pero en cuanto apoyé el pie falló y casi me caí, casi, ya que Harry me seguía agarrando de la mano por lo que pudo sujetarme en sus brazos haciendo que se quedara a pocos centímetros de mi cara y mi corazón empezara a latir más rápido.
—Esto... será mejor que te lleve en mi espalda —propuso rompiendo.
—No te preocupes, estoy bien —mentí, intentando no crear una escena más incómoda.
—No me preocupo, pero como no vayamos rápido la abuela nos matara a los dos.
Le dirigí una mirada con odio, había rato el momento.
Se agacho delante de mí y me agarro los pies, yo le rodeé el cuello con mis manos. Unos pocos minutos después llegamos a la limusina.
—¿Qué ha ocurrido? —Quiso saber la abuela.
—Al salir del baño se ha tropezado y se ha caído al suelo —informó, aunque fuese mentira, Harry y me dejó en la limusina.
—Tiene el pie algo hinchado, pero no es nada grabe, si deja que descanse en pocos días ni se acordara —aclaró Lewis, observándome el tobillo.
—Bien, pongámonos en marcha entonces —concluyó la abuela.
Todos montamos en la limusina, en los mismos asientos de siempre, excepto Leo, quien ya no estaba en frente de mí ya que le había cedido su sitio a la abuela, y él estaba entre Harry y Zack.
Un rato después llegamos y todos bajaron del coche, no me había fijado en que todos iban vestidos con trajes negros, íbamos a un funeral, estábamos en el cementerio y había un grupo enorme de personas cercanas a mí.
—¿Qué ocurre? ¿De quién es el funeral? —Le pregunté a la abuela que era la única que se había quedado en el coche conmigo.
—Es el funeral del accidente, es decir, de Mindy, Gabriel, Dave, Jade y también el tuyo.
Al escuchar que era mi funeral algo dentro de mi murió y me dejo paralizada, estaba en mi propio funeral, pero de pronto una idea aun mayor me preocupo más.
Mi mejor amiga estaba viva, yo la había visto: ¿Cómo podía ser que también fuera su funeral?