Capítulo 3: Bajo la superficie.

1628 Words
Vivian se sobresaltó ante la sugerencia de su amiga, la copa de champán que tenía en la mano le tembló, mientras las palabras de Adara daban vuelta en su cabeza. La idea era descabellada, peligrosa y, aunque una parte de ella se sintió atraída por el destello seductor de la venganza, no se veía siendo capaz de estar con otro hombre que no fuera su esposo. Víctor era como una especie de dios, era como esos hombres que te imaginabas en sueño y que en su caso se había hecho realidad. Aparte de eso, había sido su primer novio, su primera relación, su primer beso todo, y era difícil para ella imaginarse hacer todo eso con otro hombre. —¡Estás loca! Yo jamás haría eso, tengo a mi esposo y lo amo, no podría estar con nadie más —refutó espantada. —Eres una tonta ¿Crees que él te es fiel? Un hombre tan carismático como Víctor ¿Piensas que solo tiene intimidad contigo una o dos veces por semana como acostumbran? Vivian apretó el puente de su nariz en un gesto nervioso. —¿Por qué me dices todas esas cosas? ¿No entiendo cuál es tu empeño? ¿Qué quieres lograr con todo esto? —dijo con tono de irritación. —¡Qué vivas, amiga! Que tengas claro que hay un mundo más allá de Víctor Cáceres, que no dejes que la vida se te vaya, esperando que él en verdad te ame —expuso con impaciencia. —Si yo… en un caso hipotético decidiera tomar tu consejo y me descubrieran, lo perdería todo —suspiró con terror ante la sola idea de hacer lo que su amiga le aconsejaba—, en el contrato prematrimonial quedó establecido que, en caso de infidelidad, el culpable lo perdía todo. —¿Y él sí puede estar con otras mujeres? ¿O crees que no está con ninguna? ¿Míralo cómo está? Atrapada entre la indignación y la curiosidad, miró hacia donde ella le indicó, buscando alguna señal que desmintiera lo que Adara había plantado en su corazón tumultuoso. Pero al volver sus ojos hacia Víctor, lo encontró riendo de manera seductora con una mujer, cuya mano jugaba al borde de su solapa, descaradamente cómplice. Un nuevo sabor amargo se posó en sus labios, no era el del champán, sino el regusto del menosprecio. Sin darse cuenta, sin decir nada, sus pies la llevaron fuera de la sala principal y hacia el aire fresco de la terraza. La noche estaba adornada con estrellas titilantes que parecían ignorar el drama que estaba ocurriendo en su vida. Se sentó en un banco de hierro forjado, donde las luces y los sonidos de la fiesta se reducían, mientras las palabras de Adara seguían perforando en su interior y rompiendo algo que ni siquiera ella misma se había dado cuenta, porque aunque amaba a Víctor, había una parte de ella que lo odiaba por parecer tan perfecto y por hacerla sentir a ella insuficiente. Entretanto, Víctor observó a su esposa empezar a salir del salón y no pudo evitar que su mirada la siguiera. Una inquietud se apoderó de él, se disculpó con los empresarios con los que estaba hablando y caminó con premura para alcanzarla. El ruido ambiental pareció silenciarse durante un instante, se dirigió a donde la vio salir, pero antes de que pudiera llegar lejos, Adara se paró en frente de él. —Hola, veo que te estás divirtiendo. ¿No te cansas de humillar a Vivian? ¿No te importa herirla y hacerla el hazmerreír de la gente mientras coqueteas con todas en esta fiesta? —inquirió en tono indignado Adara —.¿No te causa temor que te dejé de querer, que ya no seas para ella el centro del universo? Porque déjame decirte que cada vez que le pones atención a otra mujer, la invitas, la rozas, su amor por ti va disminuyendo y ten la plena seguridad de que llegará el día en que te odiará tanto como te ama ahora. —Me alegra saber eso —dijo con una expresión de interés, aunque al mismo tiempo de burla que incomodó a Adara. Entretanto, ella negó con la cabeza sin poder creer el descaro de un hombre. —Mira Adara, no te preocupes por mi mujer y por mí, que nuestra relación es problema solo de nosotros dos, y si llega a pasar algo no pierdas cuidado, estoy dispuesto a cargar con las consecuencias —concluyó con desdén —, ahora apártate de mi camino y deja de destilar tu veneno frente a mí… porque voy a terminar creyendo que te molesta es que no seas tú a quien meta en mi cama… aunque eso lo podemos solucionar —declaró en tono burlón junto a su oído y la rabia se agitó dentro de Adara. Levantó una mano para golpearlo por su atrevimiento, y él se la sostuvo. —¡Ni te atrevas Adara! Porque no creo que estés dispuesto a cargar con las consecuencias —siseó aportándola de su camino. Con esas palabras se dio la vuelta, sin mirar ni una vez más la reacción de Adara. Salió hacia la terraza, justo cuando la orquesta comenzó a tocar una suave melodía, llegó al lado de Vivian mientras esta miraba pensativa hacia el jardín, al escuchar sus pasos, ella se giró y Víctor extendió la mano, sus ojos oscuros se clavaron en los de ella con una intensidad que la obligó a avanzar. —¿Me concedes este baile, mi amor? —preguntó con una sonrisa seductora ante la sorpresa de Vivian. Su voz era de terciopelo sobre acero, y la ternura con la que se dirigió a ella contrastaba con el firme control que daba a entender que ejercía sobre todo el mundo. Con facilidad, Vivian puso su mano en la de él y le permitió que la sacara de allí y la condujera a la pista de baile. La tela de su vestido susurró contra la ropa de Víctor, mientras se colocaban en sus posiciones y sus cuerpos se alineaban con una elegancia nacida de innumerables actuaciones de este tipo. La música parecía aumentar, cada nota hacía vibrar en el gran salón de baile. La mano de Víctor descansó en la parte baja de su espalda, como una guía más que un toque, guiándola a través de los intrincados pasos del vals. Se movieron como uno solo, cada giro y cada caída ejecutados con una precisión impecable. Sin embargo, era Víctor quien dictaba sutilmente el ritmo, apretando ligeramente sus dedos cuando deseaba que ella girara o se acercara. En esos momentos, rodeada de los ojos vigilantes de la alta sociedad, Vivian era plenamente consciente del delicado equilibrio que mantenía. Mientras bailaban, ella no dejaba de pensar en si eso era su imaginación, un engaño, o si cada uno de los movimientos de Víctor era parte de su actuación. El baile llegó a su fin y la sala se llenó de aplausos. La mano de Víctor permaneció sobre la suya más de lo necesario, asegurándose de que todos fueran testigos de la ilusión de su unidad. Y la sorpresa vino cuando él se inclinó hacia ella y besó sus labios ante la mirada de admiración de todos, y cuando se separaron la multitud de invitados, se fijó en la serena sonrisa de Vivian que ocultaba la implacable presión que tenía por demostrar que ella si era la esposa perfecta para Víctor. Él se fijó en la expresión de ella y frunció el ceño. —¿Estás bien, Vivian? La voz de Víctor cortó sus pensamientos, su mirada aguda mientras buscaba en su expresión alguna g****a en su armadura. —Claro —mintió ella con una facilidad que contradecía el caos de su interior—. Es solo que este lugar... la gente… me abruma un poco. Su voz era un mero susurro, perdido en medio de la sinfonía de la charla y el tintineo de las copas. —Entiendo —respondió él, con la comisura de la boca levantada en lo que podría haber sido diversión—, tú no estás hecha para esto… no te gusta la gente, los contactos… eres muy insegura… —Guardó silencio mientras se quedaba pensativo y negaba con la cabeza—, definitivamente, tú no podrías sobrevivir sin mí. Aunque le molestó ese comentario, en el fondo ella creía que él tenía razón; cada fibra de su ser estaba tejida con los hilos de dependencia, de sumisión, de decoro, sin embargo, mientras estaba a su lado, envuelta por su influencia, Vivian no pudo deshacerse de las fugaces fantasías de rebelión. No se trataba de complacerlo a él, sino de demostrarle que estaba equivocado y de encontrar el valor para expresar los deseos enterrados bajo capas de seda y decoro. —Te admiro mucho, Víctor —le dijo. Las palabras sabían a traición a sus propios sueños. —. Tienes una habilidad única para navegar por estos eventos con tanta gracia y control, parece que naciste para esto. Eres como un pez en el agua. —Y tú tienes la habilidad de complementarme de manera perfecta —respondió él con suavidad, acariciando con delicadeza su mejilla, como si aún estuvieran inmersos en su baile, moviéndose a un ritmo que sólo ellos podían oír. Pero otra vez esa vena rebelde en Vivian que luchaba por tomar el control se manifestó. —¿En serio? Pues a mí no me parece… para empezar ¿Desde cuándo no me haces el amor? —preguntó con amargura, causando que Víctor la mirara con sorpresa. «El mayor acto de valentía es enfrentarse a uno mismo en el espejo y reconocer nuestras propias limitaciones como un primer paso hacia el cambio» Anónimo.
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