Augusto retrocedió, sintiendo cómo el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Por un instante, la ira que había sentido hacia Víctor fue reemplazada por una vergüenza profunda y punzante. Había acusado, había gritado su odio a los cuatro vientos, y todo basado en una fantasía alimentada por la suposición y el prejuicio. Sintió el peso de su irreflexión caer sobre sus hombros como una losa de mármol. El error lo consumía, y con él el arrepentimiento por las palabras que había escupido como veneno. De pronto, el orgullo arrogante que había sido su compañero constante se derrumbó, dejándolo expuesto y vulnerable. —Lo… lo siento, Alicia —fue lo único que pudo murmurar, cada sílaba impregnada de un arrepentimiento tardío. —Lo... lo siento, Alicia —balbuceó, pero las palabras parecían insuficien

